Viene de la quinta parte

¿Para qué meditar sobre la violencia? ¿Qué sentido tiene adentrarse en el pasmo doloroso que su fría presencia nos suscita? ¿Acaso algo cambia en algo?

Preguntando a nuestros poetas sobre la violencia y la muerte que ahora nos tienen pasmados hemos aprendido, por parte de Octavio Paz, que no es lo mejor transmutar nuestro pasmo en rabia, en ira -aunque algunas teorías así lo digan-, pues haciéndolo sólo nos distraemos de lo más importante: la comprensión del pasmo.

José Emilio Pacheco nos enseñó que nada ganamos en nuestro intento de comprensión acusando culpas formales o acumulando cifras, sino que más nos acercamos a entender el pasmo cuando consideramos que el mal que ahora nos sorprende pide más de la claridad del corazón que de la exactitud de la razón. Demos lugar a la palabra sentida, antes que al argumento amañado.

Javier Sicilia nos mostró que sólo toma su lugar la palabra sentida cuando esa palabra nos une, y sólo puede unirnos en verdad en la medida en que nuestra vida no es esencialmente trágica, en que hay posibilidad de bien y mal, y el segundo es sólo un error respecto al primero.

Alfonso Reyes, el caballero de las letras, nos sugirió que si buscamos palabras que nos unan, nos deben unir primero en la amistad comprensiva que en el odio combativo; que valen más las palabras buenas que las razones eficaces, como que las primeras nos ayudan más a comprendernos ante la violencia que el realismo político y sus terribles engendros.

Si finalmente algo nos han enseñado nuestros poetas es que por suerte todavía es difícil permanecer incólume ante la violencia, que el desconcierto y el pasmo son una buena noticia que nos avisa que al menos no todo está perdido.

Si en estas tinieblas en que nos

debatimos dejamos de amar y de

luchar, Dios se hará más ausente

Javier Sicilia

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 6262 ejecutados hasta el 21 de junio.

Voces del diálogo por la paz.

“Contra las fundadas dudas de que el diálogo no servirá de nada lo hemos aceptado porque estamos convencidos de que el diálogo es fundamental como una práctica de la democracia para construir los caminos de la paz, que son los más difíciles de recorrer. Si no somos capaces de construirlos, lo que nos aguardará será esta espantosa violencia que ya vivimos, pero multiplicada exponencialmente. Lo hemos aceptado también porque creemos que, a menos que el corazón se haya oscurecido a grados demoníacos un hombre puede escuchar todavía el latido humano de su corazón”. Javier Sicilia.

“Es tiempo de que usted mande un mensaje al mundo de que la violencia no termina nunca con la violencia y así no sea recordado como el presidente de los 40 mil muertos y nosotros como una nación de salvajes y cobardes”. Julián Le Barón.

“No es ético, no es justo, no es cristiano derramar tanta sangre, sembrar tanta desolación en el país y dejar intactos a los principales beneficiarios de la industria del narcotráfico”. Araceli Rodríguez Nava.

“No dejaremos de luchar por esta causa, lucharemos hasta el final, no importa cuántas batallas perdamos y que vayamos perdiendo partes del corazón, no importa que nuestros sentimientos se marchiten, lucharemos por esta causa hasta el final”. Norma Ledezma.

Coletilla. El camino a la paz al que nos ha invitado Javier Sicilia está, misteriosamente, lleno de símbolos religiosos; el más reciente: el diálogo por la paz se llevó a cabo el día de la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la celebración de la Eucaristía, Jueves de Corpus. ¿No es interesante?