Si se le brinda a algo o a alguien una segunda oportunidad es porque se confía en que ese algo o alguien logrará algo conveniente, según los fines, esa próxima vez. Según creo, para llegar hasta el momento de brindar una segunda fue porque la primera oportunidad dada ha sido agotada y no favorablemente, ya que de lo contrario no habría necesidad de otra más, se permanecería en el estado devenido de la primera sencillamente. Dar una segunda oportunidad a lo que sea, es signo claro de que aquello no funcionó en una primera instancia pero que, empero, se puede fiar en que en una segunda ocasión funcionará. Ahora bien, el punto que considero extraño de cifrar en el asunto de las segundas oportunidades es cómo, llanamente, se puede esperar tan plácidamente a que en un futuro suceda algo que no ha ocurrido empíricamente con anterioridad.  Es decir, en qué suerte de fe se basa una segunda oportunidad siendo que ha sido ella misma necesaria, debido a que la
primera vez ofrecida, no funcionó.

Ya exponiéndolo de ese modo, sí resulta algo ingenuo dar aquella segunda vuelta a las cosas esperando que ahora sí funcionen, pues nada dice que lo harán pero como tampoco nada lo desdice, he ahí la confianza. Confianza ésta que parece más bien ciega antes que de otra clase y no es que sea francamente empirista o que me atenga a la consecuencia obvia de los aconteceres cotidianos, sino simple ilación. No funcionó una vez, la segunda parecería que tampoco (la tercera es la vencida, dicen algunos). Espíritu malpensado éste que cree que todo se sucede necesariamente según uso y costumbre, pues algunos un tanto más benévolos son los que dan ocasiones para resarcir el inoportuno que se ha cometido y brindan una segunda oportunidad; pero que quede claro, no he equiparado benevolencia con ingenuidad, la una es de veras ser
bueno y la otra es vil carencia de malicia. Sólo el bueno da la segunda oportunidad, el bobo –o perverso u hombre de negocios– confiaría en lo dictado por su experiencia, luego no la daría, ni lo pensaría por lo menos y el ingenuo ni siquiera caería en cuenta de que se está mudando hacia una segunda circunstancia o en principio, de que ésta es necesaria.

Quién sabe en qué pues, se sostenga la confianza destinada para procurarle a algo o alguien una segunda oportunidad, creía que quizá en una clase de conocimiento previo a la decepción primera o en un afán de pensar positivamente sobre el porvenir o en razones totalmente externas y ajenas al objeto de atención o probablemente en una obstinación poco fundamentada y nada cabal, relacionada antes bien con una apetencia privada del mismo individuo que ha decidido darla.

 La cigarra