Al ir caminando de regreso a casa, lo sacó del bolsillo. Lo miró atentamente como buscando algo más de lo que seguramente encontraría allí. Quizás eso se debió al mareo que lo invadía en ese preciso momento. Después de un rato se sintió cansado y asumió que no iba a hallar nada aparte de lo de siempre así que decidió volverlo a guardar.

En el camino que iba desde su mano de regreso al bolsillo, algo sucedió. No supo de qué se trató; algún transeúnte que pasaba a su lado, una ráfaga de viento más fuerte de lo acostumbrado, algún proyectil arrojado por quién sabe qué o simplemente su estado actual de desorientación. Podría ser cualquier cosa. Tal vez, con su actual mareo, sus movimientos habían tornado torpes y haciendo que que lo soltara sin más. Era posible también que el sudor de sus manos lo hubiese hecho resbalar. Cualquiera que fuera la causa, de todos modos, la caída era inminente.

¡No! Era seguro que se rompería, al hacer contacto con el concreto de la banqueta. Sus partes saldrían disparadas y él lo vería hecho trizas. Tal vez no se rompiera; pero era cierto que se echaría a perder.

Observó con horror el recorrido que hacía hacia abajo, aumentando su velocidad poco a poco mientras la fuerza de gravedad ejercía su influencia en él. Observaba todo esto pero se veía impedido para intervenir. Era inminente: lo perdería. Por su mente pasaron imágenes, palabras, personas. Todas tenían que ver, de una u otra manera, con él, con su situación actual. Todo ello se vería afectado por el desenlace previsto. Era una pena.

El impacto con el suelo se dio, y en efecto volaron un par de piezas. Estaba roto. Él sintió que su mundo se derrumbaba, o que por lo menos sufría un duro golpe del que no sabría cómo recuperarse. Se sintió muy mal.

Mientras observaba el funesto panorama, su amigo F, que pasaba por allí, viendo todo esto, le dio una palmada en la espalda y le dijo, con una sonrisa que denotaba mucha tranquilidad: “No te preocupes. Estaba padre; pero esas cosas pasan. Después de todo, sólo era un pinche celular.”