Salud del alma.

¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y lo embriagues, para que olvide yo mis males y me abrace a mi único bien, que eres tú?
Agustín. Confesiones I, V.

Ausencia de Dios significa enfermedad en el alma, y ésta se aprecia en la miseria de los actos que lleva a cabo el enfermo. Quien no deja que Dios gobierne en su corazón actúa con miras hacia lo bueno, entendiendo por bueno lo que no necesariamente es lo mejor, pues la luz que lo guía para hacer determinadas cosas emana de la valoración extrema del poder del individuo, valoración que le impide ser consciente de sus propios límites.

El enfermo del alma, procura satisfacer al origen de la luz que guía sus actos, es decir, sólo se procura a sí mismo, de modo que no le importa contagiar a otros con la vileza de espíritu que le caracteriza, es incapaz de amar, y lo único que genera con sus actos es injusticia y la violencia que de ella se desprende.

Considerando que la violencia se genera en la miseria del alma, y que la violencia genera más violencia, tal parece que el único remedio para sanar a un conjunto de almas enfermas, como una comunidad asediada por el terror de las heridas abiertas, es la búsqueda de la divinidad abandonada, la cual parece del todo imposible cuando ya no existe la fe que sustente dicha búsqueda.

Por desgracia para nosotros, hombres sin fe, sólo Dios es tan misericordioso como para sanar a un alma enferma, es decir, sólo él es capaz de traer la miseria del corazón enfermo hacia su corazón mismo, y hacia el corazón de aquellos que han  sido tocados por la miseria de quien, enfermo, actúa afectando a los otros y a sí mismo. Sólo la presencia de Dios trae consigo el perdón que tanta falta hace a quien necesita perdonar, además de que impide que la miseria que vacía al corazón enfermo vacíe más corazones.

Por desgracia para nosotros, hombres sin fe, sólo la presencia de Dios sana a quienes actúan miserablemente y a quienes de manera dolorosa son tocados por la privación de Dios que impera en el corazón de quien hiere a los otros.

Por desgracia para nosotros, ahora no somos más que hombres sin fe…

 

Maigo.