El sol lanza sus primeros rayos. Todo comienza a distinguirse poco a poco, dejando ver sus figuras y contornos. Abro los ojos después de una dura noche.

Me resultó difícil conciliar el sueño. Pasé horas inquietas, agitadas. Un frío que me hizo pensar en una inmensa soledad carente de todo fue lo primero. Después un calor asfixiante que no me permitía respirar. Me sentía agobiado. Cuando finalmente me sentí liberado, mis ojos no se cerraban. Se negaban a abandonar la vigilia de la que yo quería escapar. Pensamientos confusos y sin orden llenaban mi cabeza y me atormentaban. De repente, el inconmensurable cansancio venció y dejó que mi cuerpo inerte yaciera por algún tiempo; aunque algo así como el descanso brilló por su ausencia.

Con todo, ya ha pasado. Con las pocas fuerzas de alguien que no ha dormido en días logro ponerme en pie. Siento un agudo dolor en el hombro izquierdo. Hago un esfuerzo hasta que logro sobarme con la mano derecha. Muevo un poco el brazo y ya está. Seguro no es más que el síntoma de una mala noche. Pronto pasará.

Escucho que tocan a la puerta. Me acerco lentamente a ella y la abro. ¡Allí está!

¡Es la melodía que tanto esperé! ¡Eso era lo que faltaba, lo sabía! Se acerca a mí, roza mi cara y se va. Se funde en el panorama que se presenta a mis ojos. En las nubes del cielo, en el verde durazno frente a mi casa. En la mariposa que revolotea juguetona a través de mi jardín. Y en el bello y abundante rosal que se encuentra en el rincón.

Esa hermosa música que lo llena todo me hace abrir los ojos de verdad. Me percato de que no importa la noche anterior. No es que no exista. Allí está y fue vivida por mí. Pero ha terminado. Eso es lo que importa. Sigo aquí y en medio de todo este colorido.

¿Cómo es posible que ni siquiera se me ocurra prestarle atención a aquello? Una vez que termina la tormenta, todo es tranquilidad en el valle y la vida se reanima.

Una sensación rara, pero bella, invade mis miembros. La piel se me enchina y siento algo mágico moviéndose en mi ser. Despertando.

¿Cómo pude creer alguna vez que los árboles no pueden hablar? ¿Qué las rocas, las flores y las nubes son mudas? ¡Por supuesto que no! Es sólo que nunca me había detenido a escuchar. Nunca me interesé en interpretar el lenguaje en que todo ello se expresa.

Siempre me había parecido algo tan ajeno, lejano a mi persona. Inaccesible. Pero así sólo me tapaba los ojos ante la verdad y la belleza que subyace al mundo, a la naturaleza.

Por mi libre elección opté por seguir un camino tortuoso, difícil y lleno de obstáculos. Y cuando había llegado al fondo de mis artificios, de mis ocurrencias e ideales falaces, algo sucedió. Algo que me obligó sin violencia a voltear y ver lo que yo no había visto.

Algo sucedió. Unos ojos aparecieron y llenándome de tranquilidad abrieron una zanja en las profundidades de mi orgullo. Éste fue perdiendo su fuerza hasta que el exceso devino la justa proporción.

Después de eso ya nada será igual. Con mi orgullo controlado comencé a ver las cosas como son. Por supuesto que no es que no existan las dificultades, los obstáculos o las complicaciones. Es sólo que ellos no representan a la totalidad, aunque sean muchos; y no por ellos he de darme por vencido y tirar todo lo demás como si fueran desperdicios. Algo hay allí.

Esos ojos que permanecen siempre en el mismo lugar.  En todos lados, recordándomelo. Me encantan esos ojos llenos de melodía y vida. No me conformo con verlos desde aquí. Corro sin cesar y sin pensarlo. Cuando por fin llego al límite, me arrojo y vuelo hacia ellos.

¿FIN?