Al atravesar al otro lado de la puerta no puedo describir lo que veo. Son demasiadas cosas. O no es nada. Una obscuridad abrumadora. A decir verdad no puedo asegurar que logro ver algo. Todo se está moviendo en un gran desorden. Mis ojos no logran atrapar nada que puedan distinguir con claridad. Mucho menos logro encontrar palabras para describirlo. Cuando empiezo a ver algo determinado, lo cual no pasa sino en instantes muy efímeros, inmediatamente se escapa dentro del mar de confusión que me rodea. Siento mucho miedo. ¿Serán puras fantasías mías? ¿Y si la realidad en verdad se ha convertido en este desbarajuste? Puede ser cualquiera de las alternativas. Y muy seguramente aquéllas no son las únicas dos. No me interesa preguntármelo. Perdiendo el tiempo en preguntas así no lograré ver nada; la confusión solamente aumentará debido a ellas. De cualquier manera, mientras sienta este miedo tan intenso no podré lograr la calma que ha de requerir un buen preguntar. Ahora sólo puedo pensar en la desesperanza que me embarga.

Podría decir que veo luces… Aunque no puedo garantizar lo que digo, eso es todo lo que presumo poder decir.

Resulta extraño. Según yo, recuerdo que no ha sido siempre así. Antes, al salir de casa, todo era cotidiano, normal. Yo estaba acostumbrado a lo que me esperaba afuera. Los mismos rumbos de siempre, día a día los mismos rostros conocidos aguardando a mi salida. Todo era igual una y otra vez. Hubiera podido asegurar que saldría a esa normalidad de nuevo. Deseaba salir a ella, pese al tedio que me había dominado en tantas ocasiones previas. Era sólo una vacía repetición y lo sabía; aunque necesitaba salir de esas cuatro paredes que me aprisionaban, respirar aire puro. Pero al abrir la puerta sucedió algo asombroso e inesperado: no logré ver nada en absoluto. Y después…

No sé en qué lugar me encuentro. De hecho me parece haber entrado a algún sitio en vez de haber salido. Es raro. Siento como si estuviera encerrado en un lugar que, paradójicamente, no parece tener límite alguno. Todo me da una sensación de inmensidad.

¡Luces! ¡Sí, son luces! Pasan tan rápido y sin cesar que ni siquiera las puedo perseguir con la vista. Me siento mareado. No sé qué hacer. Quiero gritar. No tiene caso: mis gritos se confundirían con todo lo demás y se perderían a final de cuentas. Sin que yo me percatara siquiera de que hube gritado.

Se me ocurre cerrar los ojos, confiando en que es mi imaginación y que, al abrirlos, todo volverá a ser como antes. Otra opción es no abrirlos nunca más. Quizás así todo adquiera alguna coherencia. ¡Eso es! Renunciaré a todo contacto con el exterior para estar seguro conmigo mismo, dentro de mi mente.

He de buscar en mis pensamientos algún recuerdo o noción que me sirva de protección y de alivio. Así, tal vez llegue a obtener tranquilidad.

Inicio la búsqueda… Nada

Busco en mis razonamientos, en mis sueños, en mis recuerdos, en mis creencias… Nada.

Busco alguna imagen que me brinde calidez o familiaridad. ¡Nada! No hay nada.

Incrementa la desesperación. ¡Es aterrador!

No encuentro nada aparte de un gran vacío que todo lo abarca. No puedo soportarlo.

Abro los ojos y todo sigue igual. El mismo lugar obscuro y cambiante. Todo en él se mueve. Sin embargo, creo que fue peor la nada con la que me acabo de enfrentar. Comienzo a resignarme. ¡No puedo hacerlo! Rompo en llanto. Ni siquiera puedo asegurar con toda certeza si estoy dentro o fuera; ni dentro o fuera de qué. Si al menos pudiera regresar por la misma puerta que me arrojó aquí; pero ya no está. Ahora no sé si alguna vez estuvo allí.

De repente siento que algo toca mi hombro. Es un contacto cálido y suave que parece animarme un poco. Volteo para ver de quién o qué se trata, aunque anticipo que ya no estará allí. Sin duda no veo nada; pero continúa esa especie de alivio en mí. Me dejo llevar. Me aferro a la idea de que ha llegado alguien a hacerme compañía. Sé perfectamente que no hay nadie; que mi idea no es nada. Eso no me importa. Permito que esa idea me atraiga a sí y me lleve consigo. La embriaguez me llena. ¡Me siento tan bien!

Mi idea es tan bonita que la abrazo con todas mis fuerzas. La beso y la hago mía con lo que sospecho que es cariño. Supongo que ahora soy feliz. Por un momento me olvido de la confusión. Me siento tan seguro y lleno de confianza que me desnudo ante ella. Me dejo mirar tal y como soy por esta idea que, después de todo, no es nada. Me fío de ella como si fuera alguien. Como si se interesase en mí. Como si me quisiera.

El caos alrededor ya no me puede afectar. No podrá hacerlo en tanto yo esté sano y salvo con mi idea. Nada me hace falta. Me digo a mí mismo que la amo. Ya no me preocupa siquiera el vacío dentro de mí que me aterró. Pareciera increíble pues fue hace tan sólo un momento. ¿O no? Simplemente hago como si no estuviera allí y no está allí. Llego a pensar que en realidad es así.

¡Mi idea! Creo haber vivido momentos tan alegres con ella, que me imagino que así será siempre. Que siempre estará allí conmigo. No obstante, mi idea no está de acuerdo conmigo. No le agrada eso de estar a mi lado para siempre, pues es egoísta y solamente le interesa no aburrirse. Con el tiempo se ha aburrido de mí. Desea que yo la suelte para ir en busca de alguien más. Es una ingenua. ¡Cree que hay alguien más! Pero estoy yo solo. Le hago ver que incluso ella no es nada sin mí y la aprieto más contra mi cuerpo. Ella se resiste. Lucha con todas sus fuerzas hasta que la suelte. Lo hago porque veo una gran amenaza con sus ataques.

La dejo ir.

Ella dice que se va…

Pero no lo hace. Permanece junto a mí.

La confusión ha regresado. La veo de nueva cuenta. Y ahora que mi idea está en mi contra, todo parece más grave.

No sé qué hacer.

Debo buscar una manera de entenderme con ella para hacer que se vaya, tal como dijo que era su deseo. Finalmente, así será mejor para ambos. No se me ocurre cómo lograr eso. Tal vez requiera un magnífico esfuerzo de mi parte tanto el tratar con mi idea como el acabar con la confusión. Es posible; pero yo no puedo hacer semejantes cosas. El esfuerzo no es lo mío. Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez, por lo que mejor los vuelvo a cerrar. Para no toparme con el vacío, procuro no concentrarme ni pensar en nada esta vez.

Después de algún tiempo, me canso.

Creo haberme quedado dormido.