Hace poco escuché una entrevista que se hizo hace años a David Chase, un director y escritor de televisión estadounidense, en la que le preguntaban por qué había decidido que para la serie que había causado la entrevista no se escribiera ninguna banda sonora específica, sino que se acompañara enteramente con música popular. La respuesta me pareció muy interesante, pues decía que a él nunca le había gustado que una serie o una película “nos dijera qué sentir”, y que eligiendo música casual como el rock popular podía salvarse esta dificultad y alentar así al espectador a que él juzgara lo que sentía con cada escena él mismo.

La suposición de que una obra musical acompaña al drama para explicarle al espectador cuál es el sentimiento de una escena parece fácilmente aceptable: reconocemos sin apuro los ritmos y harmonías que son tensos, los que son veloces y se usan para musicalizar persecusiones, los tristes y apagados, o las melodías melosas que sacan sonrisas o que preparan soluciones satisfactorias a los problemas de la trama. Sin embargo, la observación revela un problema grande que tiene esta admisión. Que la música pueda hacer que el espectador entienda el sentimiento que tiene cada escena supone mínimamente dos cosas: una, que la música es la imitación de los sentimientos, por lo que los reconocemos al oído sin problema; y otra, que de hecho el espectador entiende sus sentimientos.

Estos problemas se hacen más evidentes si pensamos en qué diríamos si alguien más, no la escena de una obra dramática, nos dijera qué sentir. Es claro que no podríamos hacerle caso, pues no es elección nuestra qué sentimiento nos toma. Podemos decidir recordar tal o cuál cosa que nos hacen sentir de cierto modo, pero eso no es elegir cómo sentirnos más que incidentalmente. La elección es un movimiento hacia lo que está en nuestra posibilidad tener, hacer u omitir, y las pasiones de los sentimientos están por completo en otro plano. Ellas son parte de esas cosas que “nos pasan”, o para no decirlo tan simplonamente, que como son formas en las que estamos siendo en determinado momento, no podemos simplemente cambiar por voluntad. La música, por otra parte, o es expresión de sentimiento sin más (y entonces no podríamos diferenciarla del llanto o el gemido), o es una forma específica de expresión del sentimiento, o es expresión de algo más aparte del sentimiento. Como la música es una manera específica de manifestar sonido hecha para que en algún sentido se note como organizado, el músico tiene por fuerza que estar haciendo algo más que sólo quejarse como cuando expresa dolor. La música, al ser ordenada, no sólo expresa el sentimiento, sino que lo hace de cierto modo. Al manifestarse al oído con el orden, el placer del ritmo reconocible, la harmonía que deja que el escucha note una proporción de los sonidos, expresa bastante más que “sentimientos”. Una pieza musical piadosa, por ejemplo, no es solamente la expresión del asombro y el pasmo ante lo divino, sino también expresión de la fe. La fe está acompañada de sentimiento, pero no es sentimiento, porque el hombre de fe tiene una cierta disposición activa hacia lo divino, no sólo se siente bien, sino que cree y hace lo que cree que debe de hacer, y está entusiasmado al hacerlo. Del amor podría decirse algo semejante, pues el amante no sólo está tomado por el sentimiento que acompaña al amor, sino que está como encendido e impelido a hacer montones de cosas. La música es capaz de expresar más que sólo “lo que nos pasa”.

La obra dramática, al mostrar a los personajes tomando decisiones, actuando en conformidad, y discurriendo sobre lo que hacen, nos mueve a cierto juicio; pero además, nos hace sentir placer o dolor según creamos que esos personajes merecen o no lo que les pase. Los vemos como si fueran personas que actúan, y lo que sentimos por ellos y sus situaciones es en algún modo nuestra propia imitación (no la del dramaturgo) de nuestros sentimientos y juicios al ver en la vida cotidiana acciones semejantes. La escena, por tanto, ya por ser ella una forma de actuación que presenta frente al espectador un cierto carácter que toma bien o mal lo que le pasa, y hace bien o mal según su personaje, ya nos “dice qué sentir”, pero no porque nos obligue a experimentar lo que el dramaturgo quiera, sino que propicia que nosotros hagamos esos juicios y comparemos lo que vemos que sucede, según como lo entendemos y cómo somos. Más que decirnos qué sentir, nos dice que sintamos.

La posibilidad de entender la música como un atenuante de la participación del espectador depende aparte, de que admitamos que ésta es “acompañamiento”. Pero, ¿por qué lo sería? Si la música es imitación en cierta forma de las disposiciones de carácter presentadas en el drama, entonces ella es parte de la acción del dramaturgo que permite que veamos lo que en la vida cotidiana no se ve. Cuando un personaje dice lo que piensa, el dramaturgo está ofreciendo esto mismo. La música está fundida con la trama y las escenas, y es sólo separable del todo que nos ofrece el dramaturgo por análisis o por descuido. Si acaso la música no es eso, sino solamente un acompañante, entonces sería lo mismo que decir que adorna la escena como los aretes adornan la cara de una mujer. Pero si así fuera, entonces no tendría para nada la fuerza de mostrarnos los sentimientos que se exponen en la escena, así como unos aretes no podrían mostrarnos nunca la belleza del rostro de la mujer que los usa.

Con todo esto, aún hay otra cosa que considero importante notar. El dramaturgo y el poeta en general logran expresar en su imitación de la vida lo que normalmente no notamos a través de un artificioso ejercicio: diseñando ellos un modo de mostrar las cosas, que es ficticio y exagerado, nos muestran las que no son ficticias, sino de lo más naturales. El drama depende de poder resaltar lo natural a través de su exposición en una forma fuera de la naturaleza. Dicho de otro modo, el poeta saca de su contexto lo que quiere mostrar y lo expone en otro contexto para que entonces brille a nuestra vista aquello en lo que no habíamos reparado. Por eso su ficción intenta decir algo sobre cómo son las cosas en verdad. Este efecto, inevitablemente, está ligado a la sorpresa y a la capacidad de propiciar en el espectador la maravilla. Cuando nos habituamos a que el drama se muestre de este y otro modo, y cuando la música se ha hecho tan rutinariamente semejante en escenas semejantes, puede ser que su efecto disminuya y deje de lograr que el espectador se sorprenda y repare en lo que el drama muestra de importante. Podría ser que, por ese lado, tuvieran algo de sentido las palabras de David Chase, y que la música en el modo en el que estamos tan habituados a escucharla durante las presentaciones dramáticas como las de la televisión o las del cine, ya no produzcan en los espectadores ninguna sorpresa. Puede ser que a eso se refiera con que “dicen qué sentir”, como que ya esperamos que aparezcan y, cuando lo hacen, ni siquiera nos fijamos en ellos. No se produce la maravilla de que allí, mientras un personaje esté preocupado según la trama, se escuche la disonancia de violines en paso tenso y recurrente; cuando que algo como eso suene preocupante es en realidad una cosa de lo más sorprendente y maravillante.