(Viene de la segunda parte)

José Emilio Pacheco, Panteones

Veo entre la niebla el cementerio en silencio.

No pienso en otro mundo: me indigna éste

que se deshace así de los muertos.

Da horror pensar en los restos abandonados,

más durables que afectos y gratitudes.

Hay que acabar con los panteones y su intolerable perpetuación del olvido.

Todos debemos ser ceniza arrojada al aire,

volver cuanto antes al polvo

que en su misericordia nos absuelva y acoja.

La escena es clara entre la bruma: un hombre en el panteón. Los versos parecen como sentencias lapidantes; pero ahí está el efecto poético. No es un poema de visiones, sino de pensamientos. Un poema tejido en un revés. Un revés sugerido por la sonoridad de los dos primeros versos; ambos se dividen en dos partes esencialmente contrastantes. Ver entre la niebla el cementerio en silencio es saberse entre los muertos no por la presencia de los cadáveres, sino por la ausencia de su voz: entre la niebla realmente no se ve nada, y la penumbra se origina en la uniformidad del cementerio; cuando todos los muertos son iguales, estadística policiaca, no hay ninguno que hable, estamos sumergidos en la bruma de las demasiadas muertes. Por ello, la ausencia de la voz impide pensar en otro mundo, ahora ausente, y obliga a pensar en éste, en este mundo indignante en el que se pierden las voces de los muertos. No nos deshacemos de los muertos enterrándolos, sino abandonándolos al silencio: nuestros muertos apilados a la orilla de las calles, nuestros daños colaterales, son algo de lo que no queremos hablar, algo que queremos sepultar en el silencio. Los queremos sepultar en el silencio pese a los afectos y las gratitudes: si al ejecutado debo algo y lo reconozco en público arriesgaría inútilmente mi propia vida, y desde Maquiavelo nadie quiere eso…

         La segunda estrofa abre con el verso más largo del poema. Parece una declaración contundente. Sin embargo, es falso que busque acabar con los panteones, sino que busca hacerlos hablar, busca que dejen de perpetuar el olvido y que se vuelvan huella imborrable en el recuerdo, que en los panteones vuelvan a hablar los muertos. Que todos debamos ser ceniza arrojada al aire es pedir que todos muramos con nuestros muertos, que nuestras muertes no nos sean indiferentes. Volveremos al polvo cuando seamos nuevamente uno como comunidad. Lo lograremos con la misericordia: soportando nuestras muertes con piedad.

         Doble enseñanza de nuestro poeta: primero, que de poco sirve preocuparnos por los aspectos formales de nuestra matanza; segundo, que el origen de nuestra matanza está en el malestar del corazón.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011: 4657 ejecutados hasta el 11 de mayo.

Coletilla: Y al final la gravitación arquetípica de las pirámides –notablemente descubierta en el alma nacional por Octavio Paz- llevó a nuestro poeta a pedir que ruede la cabeza de un hombre de honestidad cuestionada, mientras las ménades revolucionarias festejaban su alucinación sanguinolenta. Ojalá podamos evitar la demagogia y hagamos de la no violencia nuevamente el principio.