El sol se levanta en el horizonte. La obscuridad que lo cubría todo se va diluyendo en el mar de luz que ahora aparece. Puedo distinguir claramente unas cosas de otras. Se desvanecen las fantasías espantosas que mi mente había creado.

¡Qué tranquilidad! La tempestad ha pasado. El astro rey ha emergido para mostrarme el orden que yo había hecho devenir confusión. Mi intento de emancipar mi voluntad de todo lo demás ha fracasado. He perdido. No obstante, creo que es mejor así. Después de todo, lo único que hube logrado fue atentar contra mí mismo. Y ¿de qué ha de servir ser libre si con ello se elimina toda posibilidad de existir? La vida llevada, perdido en la obscuridad creada o imaginada por uno mismo, no es vida. No plenamente.

¿Acaso se puede decir que he vivido todo este tiempo? No lo creo. Pero ahora sé que lo haré. ¡Qué oportunidad más maravillosa se me presenta! Todo depende de mí. Nada malo puede pasar ahora. La luz. El orden. Veo ahora cómo son las cosas con una claridad que nunca antes noté. Todo será fácil de aquí en adelante. Sin embargo… Sigue faltando algo, creo estar seguro. ¿Qué puede faltar en este claror innegable? No hay dudas en mi razón, como no las hay en lo que ven mis ojos. Supongo.

Siento en algún lugar de mi ser que eso no es todo, empero. Debería haber algo más, aunque no puedo imaginar de qué se trate. No tiene sentido pensar en eso. Todo está bien. Nada me puede faltar ahora. Debe ser un truco. Un hado maligno que no me quiere dejar en paz y que provocó la confusión ya superada. ¡No lo permitiré! Ya todo ha pasado.

Salgo de mi cuarto para encontrar todo en donde debe estar. Mis cosas están como siempre. Está algo sucio pues no he limpiado en muchos días; pero se ve muy bien. ¿Quién iba a pensar que una noche de insomnio pudiera ser tan pesada?

Afortunadamente la falta de sueño no me ha vencido. Me siento tan fuerte y animado. Cosa será que el día de hoy procure dormir temprano y listo. Tengo hambre. No hay nada de comer: solamente un plato con sobras. ¿Desde cuándo estará allí? No lo sé. No me importa, lo engullo con rapidez y bebo un líquido medio amarillento que se encuentra en un vaso sobre una pila de papeles. Ya está. Creo que me siento un poco mejor.

¿Qué hora será? No suelo cargar con relojes ni tenerlos en casa. Me desesperan. De hecho nunca me pregunto la hora que es; pero ahora deseo saberlo. Qué extraño. Debo saberlo. Pensaré. Si me acosté ya bien entrada la noche y no pude dormir sino hasta que el delirio terminó, y esos delirios tienden a durar siempre lo mismo: seismil cuatrocientos latidos; y no dormí absolutamente nada, entonces con seguridad el sol estará a punto de llegar a su cenit. Seguramente eso es. Pero si considero que el sol tarda cerca de ocho mil latidos en llegar a él, aún debería faltar bastante. Algo no concuerda. Quizás al sol se le ocurrió jugarme una broma. El individuo que lo controla suele jugarme bromas de muy mal gusto. ¿A quién, si no a un enfermo, puede ocurrírsele que el sol salga antes de lo acostumbrado? Sólo a él, y lo ha hecho porque está en mi contra. Sabe que el calor me desquicia. Aunque por fortuna el sol aún tiene cierta independencia de aquél, y hoy no acalora como otros días lo ha hecho. Eso me da confianza para salir.

Debo ir al templo de ese controlador. Debo terminar con él pues sólo así me dejará en paz por fin. Es evidente que eso debo hacer si quiero que los delirios terminen.

Me apresuro a ponerme mis zapatos de siempre y a tomar mi chaqueta gris. Tomo la perilla de la puerta. Está atorada con algo. La empujo con todas mis fuerzas hasta que se abre con una gran fuerza.