Al acercarse a una obra de arte el espectador puede o bien tomársela seriamente, o no. No hay en realidad opciones aparte de éstas, pues tomarse algo medio en serio es tomarlo sin seriedad. Cuando uno juzga que el autor de una obra no tiene nada interesante o bueno que decir, no ponemos atención a sus palabras, solamente las dejamos suceder: no son serias para nosotros. Consideramos que el poeta es un loco y entonces no lo escuchamos porque su discurso no tiene que ver con nosotros. Si pensamos que más bien es un tonto, nos compadecemos de él por pensar que lo que hace en realidad sirve para algo, y le damos por su lado mientras lo miramos con sonrisa hipócrita. Si pensamos que el autor es un anticuado, ya no tenemos por qué prestar atención tampoco, pues las cosas de las que habla no existen ya, y si aún lo hacen, ya no se tratan así. Cualquiera de estos casos nos deja ante la obra de arte como algo que no tiene mucho sentido más allá del entretenimiento o el pasatiempo. Pero pasar el tiempo es algo que se puede hacer con muchos menores trabajos que por los que pasa un artista para realizar su obra.

Ahora bien, hay casos en los que este modo de no tomarse en serio el arte está oculto por la apariencia del estudioso o el académico. Por ejemplo, la mirada del historiador: pretende que dice algo serio y verdadero sobre la poesía, pero en realidad no la escucha a ella porque al pensar que la causa de que diga lo que dice es su época, la juzga sin otra opción como anticuada y caduca. El historiador del arte no puede tomarse al arte en serio. Otro sería el antropólogo, que juzga que la obra de arte es expresión de cierta cultura y de cierta organización de las costumbres. Por las mismas razones que el historiador, no está dispuesto para que la obra de arte le diga algo valioso; las costumbres no son las razones para hablar que tiene el poeta serio, si acaso, sólo son su modo. Finalmente se me ocurre el caso del psicólogo, que considera que la poesía es la expresión de algo más que se deja ver a través de la poesía. Éste tampoco se la toma en serio porque supone que ella es en realidad la fachada del espacio en el que se dice la verdad. Ella, sin embargo, no hace más que lo que hace una máscara para revelar la verdad sobre el rostro.

Se puede usar el arte para tener nuevas experiencias, pero es vano; se puede placer uno con el arte que se deja admirar por su técnica y su estructura, pero eso es independiente de lo que la obra tiene que decir por ella misma. Pensar por el otro lado: ¿qué disposición me permite estar bien ante una obra de arte?, nos obliga a reconocer que ésta algo tiene que decirnos ella. Nuestro ímpetu para acercarnos a la obra es que queremos conocer algo, queremos que ella nos deje saber algo que no sabemos aún. Hacer esto implica admitir que hay alguna forma de decir la verdad que tiene que decirse como lo está haciendo el poeta, y que los otros modos son incompletos o insuficientes para el caso específico de lo que esté comunicando. Consecuentemente, adoptar la apertura para observar y escuchar una obra de arte sin juzgar con anticipación su posibilidad para decirnos algo verdadero nos acerca también a aprender de ella, cosa que no podíamos hacer en ninguno de los casos anteriores. Si el poeta es un hombre que merece respeto por tomarse lo que dice en serio, y es capaz de enseñar algo a través de su composición, entonces más nos vale que nosotros nos acerquemos a la obra de arte igualmente en buena forma para admitir que pueda hacernos aprender, y así aún cuando no lo logre estaremos sin haber perdido nada y sin riesgo de perder algo de suma importancia.