No hay sentimiento más fuerte que el amor. Quien dude de la veracidad de esta afirmación que se piense cuando ha estado enamorado. El dudoso que reflexione sobre el amor notará que bajo el influjo de Eros es posible realizar actos que parecen dignos de locos como Don Quijote. Después de todo, no es racional que un hidalgo dé maromas en la sierra de Morena para demostrar con ello su amor a una doncella ausente, del lugar y del mundo.

El enamorado es quijotesco, y como tal es devoto a lo que ama, no pierde de vista a su amado, aún cuando éste no se halle presente, todo acto, toda respiración, todo latido del ardiente corazón se realizan en pos de aquello que es visto con el brillo que Eros le dota.

Esta devoción es juzgada por aquellos que no han sido tocados por Amor como mera locura, como una enfermedad de la que hay que curar a toda costa al enamorado, pues no es difícil que la vida se le vaya minuto a minuto persiguiendo al escurridizo amado, y que esta persecución sea un desperdicio del tiempo a los ojos de los hombres racionales y productivos de los que se rodea el quijotesco enamorado.

De todos los enamorados, los más locos, y por ende los más devotos a lo que aman, quizá sean aquellos que están enamorados de la palabra. Esos seres extraños que no poseen nada en las manos, pero que dedican sus días, sus noches, y hasta sus sueños, a cazar milagros, a buscar la más bella de las expresiones para retratar el brillo de todo lo que contiene el corazón del hombre y de la naturaleza.

Algunos se ven tan arrastrados por ese impulso erótico que llevan consigo a muchos Sanchos cautivos, sin siquiera reparar en ello. Esto despierta la envidia de aquellos que sin amar a la palabra la buscan para conquistar seguidores y hacerse de un séquito que les traiga lo que realmente aman, fama y fortuna.

El amante de la palabra, cuida lo que ama, es decir, no habla descuidadamente ni al tuntún con tal de atraer Sanchos; el amante de la fama, en cambio, usa a la palabra y la prostituye hasta que obtiene de ella las ganancias que buscaba, no se cuida de lo que dice más que para no ofender a quien le sigue más de lo necesario. El primero vive para la palabra, el segundo vive de ella y la desecha cuando encuentra algo más placentero que hacer o más productivo, siempre que productivo signifique atender a lo que realmente se ama.

El amante de la palabra es como Don Quijote, pues su vida pierde razón de ser cuando la razón alcanza a sus actos, cuando escribir y leer y hablar es algo que realiza conforme a cálculos que según a lo dictado por un Eros que no entiende de pesos y balanzas. El otro, deja de ser lo que es, un ser que finge amor, cuando comienza a hablar, leer y escribir sin atender a la existencia real de una ínsula de Barataria.

Maigoalida.