¿Qué es esto, Dios Mío?

¿En tan peligrosa vida hemos de vivir?

Santa Teresa de Jesús

A varios ha sorprendido la rapidez del proceso de santificación de Juan Pablo II. Los más sorprendidos, sin duda, son los que no ven en el futuro santo rastro alguno de santidad: aquí y allá lo acusan de proteger pederastas (Marcial Maciel), de solapar movimientos sociales subversivos (movimiento de Solidaridad en Polonia), de sostener posiciones políticas conservadoras (oposición al uso del condón e indiferencia a la pandemia del VIH, oposición al aborto); en suma, ven en él a un hombre más, con los mismos errores de todos los hombres, tan imperfecto como cada uno de nosotros. Y qué bueno que así lo vean, porque sería esencialmente profano sostener que los santos, los hombres tocados por la santidad, siempre fueron hombres intachables. Sabemos por la pluma de San Agustín que él fue un gran pecador; sabemos por confesión de Santa Teresa de Jesús que ella fue una gran pecadora; debería ser necesario que Juan Pablo II hubiese sido un gran pecador, y que precisamente por eso pueda ser santo.

         No se confunda lo que digo con lo que no quiero decir, pues de ninguna manera ando jugando al maniqueo que afirma al camino del pecado como el camino de la santidad, de ser así nuestro santo mundo no tendría problemas en reconocer la santidad de lo santo. Como lo pienso aquí, lo santo es una categoría de lo noble, lo noble en una sociedad religiosa. Para reconocer lo santo el requisito será la experiencia religiosa. Veámoslo en un pasaje clásico: Éxodo 32, Moisés baja del monte Sinaí con las tablas de la ley y descubre a su pueblo en la adoración de un becerro de oro. Ahí están presentes dos modos distintos de vivir la religión: por un lado está el Moisés de la Teofanía, aquel que escucha las palabras de la ley y centra su vida religiosa en la Revelación; y por otro está el pueblo judío para el que la ausencia visible de Moisés le origina la duda de su propia actividad religiosa y por tanto le hace nacer el deseo de un nuevo símbolo religioso; es decir, se contrapone la religión revelada con la religión de culto, las palabras divinas que se escuchan frente a los símbolos sagrados que se ven. El modo en que los adoradores del becerro de oro llevan su vida religiosa es ajeno a la experiencia religiosa, pues la religión se reduce al cumplimiento del culto; en cambio, Moisés nos deja ver la experiencia religiosa: la vivencia personal de la revelación divina. Lo santo en su sentido primero sólo puede verse cuando hay experiencia religiosa. Por ello los santos fueron pecadores, porque sus nobles vidas fueron tocadas por esa noble experiencia –dicen que casi sobrehumana- conocida como caridad, amar a quien nos ofende. Reconocer nobleza en la caridad es imposible mientras lo noble siga siendo el oro.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011: 3884 ejecutados hasta el 22 de abril.

Coletilla: ¿En verdad cree el gobernador Adame que podemos creer en una declaración obtenida bajo tortura? Sería como un gobierno criminal volviendo criminales a sus gobernados.