-No one should ask you
for the name of the one
who tells the story.

-B.G.

Imaginen de cerca una mano, es vieja y marcada por el tiempo pero aún así está presta a tomar un laúd con pericia de aquella que sólo tienen los expertos. En cuanto la ven no hay duda: es uno de ellos quien toma el instrumento. Ni lo voltea a ver y bien sabe cuánto pesa y cómo se mueve, cómo se acomoda sobre la rodilla ligeramente y casi nada se recarga en el regazo. Se nota que se sabe su madera, su olor y su tacto. Diez dedos para seis pares de cuerdas, y parece que la mano entera se dedica a cada una. Imaginen esa mano, pues era del rapsoda que mutó esa noche como cambia la uva en vino y cantó con una voz que no era de hombre viejo, sino de cantor de edad incontable y de experiencia invivible. Antes de escuchar las palabras, sus ropas eran coloridas, después del canto, sólo alumbraban opacos juegos grises.

Cantó rimando sobre una guerra y muchas profundas enemistades, sobre amores violentos y otros delicados y cándidos. Cantó rimando sobre el anhelo de los hombres más admirables y sobre la augusta o malhadada vida de sus hijos. Contó leyendas, describió bestias fantásticas, hombres nefastos y actos miserables. En su voz, el español no lo era más que lo habría sido cualquier otra lengua, pero nunca habría podido decir lo que dijo en otro idioma. Y cuando ya no decía más, el eco como un timbre dulce resonaba en los oídos de todos los reunidos. Podrían haber pasado tres días sin moverse, y lo mismo habría sido. El rapsoda dejó sobre una base de madera prieta a su acompañante cordado, y después se fue con ella mientras ninguno osaba rasgar el delicado silencio postrero.

Nadie, de todos los presentes, olvidó que cambió para siempre esa noche. Mas tres días después, nadie, de todos los presentes, recordaba la historia que el rapsoda había contado.