Supongamos por un momento que vivimos felices, que nuestra felicidad se debe al conocimiento exacto y preciso de nuestra esencia, y que esa exactitud y esa cabalidad las debemos a nuestra hermosa razón, esa facultad propiamente humana de aprehender la esencia de todo lo que es y de dar cuenta de ello a otros hombres mediante el discurso, que todo hombre tiene, tan sólo por ser eso que es. Supongamos, entonces, que ya sabemos quiénes somos, pues desde antaño nos han enterado de ello los discursos de personas sabias. Nuestra vida estaría solucionada así. Las dudas serían cosas del pasado. No tendríamos preocupaciones de ninguna clase y podríamos dedicarnos al ejercicio libre de esa misma facultad en la entrega al escrutinio racional de todo lo que nos rodea. Sabiendo el hombre lo que él es, lo que es todo lo demás habría de resultar cosa fácil, y nuestra felicidad estaría asegurada por los siglos de los siglos, pues ese conocimiento de lo que somos es algo que podríamos heredar a la posteridad. ¿Acaso no es eso lo que todos buscamos en nuestra vida? ¿No deseamos el conocimiento y la felicidad sobre todas las cosas? ¿Y acaso no es preferible la felicidad de la mayoría que la infelicidad de la mayoría?

Parece ser que las respuestas a las tres preguntas anteriores son afirmativas: todos los hombres buscamos la felicidad y el conocimiento, y mientras más personas tengan conocimiento y sean felices es mejor. Y tal parece que, a través de la historia humana, las explicaciones científicas,  filosóficas o de cualquier tipo que discurran en serio se han dedicado a eso precisamente, a conocer cada vez más (ya sea a nosotros mismos o al mundo en el cual habitamos y que nos complementa en nuestro ser). Si así son las cosas, entonces ¿qué sentido tendría dejarnos seducir por las palabras de algún autor que quisiese envolvernos en un manto de melancolía, tristeza y terror, que deseara echarnos en cara que hay algo más, en nosotros y en nuestro mundo, que escapa a toda explicación exacta y precisa? ¿Qué actitud tendríamos que adoptar ante un escrito que nos dice que esa felicidad, tranquila y libre, es una mentira, una parcial y cruel falacia que se encarga de ocultar uno de los fundamentos de nuestro humano ser? Lo mejor que podríamos hacer en ese caso sería no prestar atención al supuesto autor que tuviese esas pretensiones, ya fuera desterrándolo como un loco de nuestro alegre mundo de conocimiento y prosperidad, o bien admitiendo sus discursos como una curiosidad divertida, como mentiras eufónicas capaces de entretener a los poseedores de gustos extravagantes, pero que no dicen nada importante ni verdadero respecto a nosotros mismos.

Pensemos ahora en el caso de Edgar Poe, poeta norteamericano, conocido tradicionalmente por ser una de esas almas atormentadas, no pertenecientes al tiempo ni al espacio en que por fortuna les tocó nacer; uno de esos inadaptados a las costumbres y las convenciones sociales, a quienes lo único que les resta es refugiarse en el ejercicio de las letras, y en la entrega plena a formas bellas y novedosas de desnudar el alma humana al través de aquéllas. Pero mejor no pensemos en él como el personaje que la historia de la literatura se ha encargado de crear, sino como nuestro interlocutor; un individuo que intenta decirnos algo que él piensa que es fundamental que los demás conozcan. Lo que es más, no pensemos en él directamente, ni en su persona ni en su vida ni en sus acciones, todo ello llegado a su fin hace tiempo; mejor pensemos en sus palabras, en alguno de sus discursos poéticos, e intentemos ver qué es lo que nos quiere decir, y si acaso ese discurso nos dice algo de nosotros mismos. Os invito, lectores a que lean alguna de las muchas obras que tiene Edgar Poe, ya poemas, ya cuentos, ya ensayos, para que se acerquen, sin descartar de inicio, a una nueva manera de entendernos a nosotros mismos, quizás no peleada con la que ya tenemos. Tal vez así podamos descubrir que somos algo más de lo que siempre pensamos (y que ese algo más no contradice lo demás que ya pensábamos).