Es virtud del habla ser clara y no baja.

Hace poco leí un escrito que hablaba sobre el amor, y lo retrataba como una enfermedad altamente peligrosa. Más lo sería ahora que llegó la primavera. Decía en tono juguetón cuáles eran las recomendaciones que podían dar los expertos para alejarse lo más posible del evento de contraer el “espantoso bicho”, recordando constantemente lo inútil que era intentar prevenirlo de todos modos.  Comentándolo en la semana me fui a dar cuenta de que esa posición sobre el amor es bastante común y me extrañé, pues aunque fue una lectura divertida, me parecía más evidente que hablar así del amor no hace más que en la superficie tratarlo a modo de juego. Sólo puedo explicarme esa facilidad para aceptar hablar de lo que nos concierne tan cercanamente sólo a modo de juego, y de adoptar ese discurso como afirmación de nuestra posición al respecto, como suma desconfianza en la palabra.

No desdeño, claro, que la analogía pueda decir algo, pues el escrito atinaba a resaltar varios aspectos de la experiencia amorosa. Un ejemplo de ello es el primer momento en que uno se sabe enamorado, pues al sentir la impotencia ante ese cambio que ha ocurrido en uno, podría pensarse en la caída a una enfermedad ya ineludible y latente; o por decir algo más, el martirio de no ser amado del mismo modo en que uno ama parece dejar al sufriente peor de débil que las migrañas o las infecciones estomacales.

Por otra parte, las recomendaciones preventivas de los médicos se dan en un tenor de método veloz y fácil de seguir, y hablar así del amor es superficial y desapasionado: no es cierto que pensemos en alejarnos de quien amamos como nos alejamos de los infectos de gripe. ¿Y cómo se compararía con una patología aquel momento en que el amor lo consume a uno mientras intenta dormir y, como atrapado por la fiebre, cierra los ojos sólo para ver más vívidamente las imágenes de las que se quería escapar en primer lugar? ¿O qué clase de desorden sería éste cuando se torna amarga la sensación en el pecho y la boca del estómago al quebrarse el amor y tornarse en desamor?

Las ventajas de esta metáfora del amor como enfermedad son menores a sus desventajas. Es evidente que el poder del amor nos altera, haciendo que nos sintamos otros distintos, y que no nos expliquemos su procedencia; algo como cuando nos airamos y nos “salimos de nosotros” (o de quicio). La claridad del juicio y la capacidad de sopesar con cuidado los proyectos y las alternativas de lo que hacemos se vienen abajo por completo como lo hace la capacidad del cálculo con la fiebre alta, o la fuerza con el dolor de estómago. Sin embargo, pienso que exactamente lo que hace del amor uno de los más grandes misterios es aquello que esta metáfora oculta: no es un cuerpo ajeno ni tampoco un transtorno del estado natural. El hombre sin amor no hace nada. El enfermo está por definición peor que el sano, pues no está como debe de estar. El enfermo sólo lo nombramos así porque está en falta, o lo que le sobra le excede y, como veneno, lo destruye. Mas el amor es sólo en muy poco semejante a aquellos estados, pues el juicio difuso que lo caracteriza es a la vez un ímpetu endiosado e inspirado, y lo que le sobra al enamorado es el vigor para acercarse a aquello que quiere cerca (y si acaso algo lo destruye, no es ese vigor, sino la falta de lo que anhela).

Si una metáfora está bien hecha, logra que lo que es obscuro se aclare, y que quien no había podido ver algo llegue a observarlo gracias a la nueva comparación. Mas si hablando resulta que lo que era obscuro se entiende aún menos, la metáfora sobra. Por fortuna, no es enfermedad el amor, que si lo fuera, los médicos en su ingente progreso encontrarían la manera de ahogarlo con pastillas y librarnos para siempre de él.

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