Aqueste cielo caduco

donde sea un monumento

para los siglos futuros,

desengaño, de que son,

o ya justos, o ya injustos

los celos –dígalo yo-

el mayor monstruo del mundo.

Calderón de la Barca.

 

Felipe:

 

Raro os parecerá que también me dirija a vos mediante líneas. Lo hago porque no soporto tanto tiempo vuestra ausencia, sé bien que os vi esta mañana, y que os tendré nuevamente frente a mis ojos esta noche, cuando volváis de cacería o quien sabe de dónde.

No soporto la idea de que vos estéis con otra, no me importa si noble o campesina y me he tomado la libertad de enviaros esta misiva con una de mis damas de confianza, aún cuando bien me aconsejan que no debería perseguiros más cuando salgáis a los jardines de palacio a entreteneros con el deporte de la caza de la zorra, me gustaría saberos completamente mío, y estar segura que la zorra que estás cazando efectivamente es un animal y no a otra mujer.

Confío en la dama que lleva esta carta, no porque sepa que es una persona íntegra, sino porque bien sabéis que es fea, al igual que todas mis damas de compañía, por vos me rodeado de fealdades, pues no soporto que volváis la mirada a una que no sea yo.

¡Ah!, si pudiera Felipe, os tendría encerrado en una torre para que no tuvieras más ojos que para mí, pero no puedo, y aún así no tendría la certeza de vuestra fidelidad, no sé porque no soy suficiente como para que vos no busquéis en otros brazos lo que bien sabéis que nunca os niego.

He demostrado ser buena esposa, os he dando hijos e hijas demostrando con ello mis cualidades y la bondad de la fertilidad que Dios me ha concedido para vos, sólo para vos vivo, y siempre atenta a vuestros deseos. No entiendo porque me engañáis tantas veces, porque vuestras miradas no son sólo para mí, quizá gozáis con mis celos, quizá no os he demostrado suficiente mi amor por vos.

Comienzo entonces a demostraros, aún a sabiendas de que vos estáis de cacería, que espero realmente sea así, espero que me contestéis esta misiva, necesito saberme dueña de vuestros pensamientos, de vuestras miradas cuando lleguéis a mi lado.

Contestad por favor, pues así me percato de que vos efectivamente me decís la verdad, que ya no me engañáis, espero poderos encontrar fácilmente, pues quizá después de mi carta llegue a visitaros hasta el claro donde se encuentra el amor en que me pierdo.

 

Juana