Newton, Isaac, Sir. Principios matemáticos de filosofía natural. Tecnos. España, 1987. Escolio general[1]

La completitud del apartado traza, tal como su nombre lo indica, una explicación a su obra. En este caso a todo ella, pues es un escolio general. Me parece grandioso que los puntos que han sido considerados para poseer un panorama íntegro de lo que un filósofo quiere plantear, se vea tan correctamente ilustrado en este texto, de ahí una de las razones de por qué lo escogí. El pensamiento que Newton apunta en su Escolio, aborda paso a paso cada uno de los puntos referidos, más allá –y es lo que lo hace perturbadoramente interesante– da una vuelta totalmente filosófica a lo que en principio aspira resolver un problema de raíz más bien científico.

El pensar es visto claramente en la primera parte del texto cuando da cuenta de todos los descubrimientos que han sido revelados a la luz de los experimentos científicos y que explican, en primera instancia, los fenómenos de los cielos y del mar por la fuerza de gravedad. Se plantean los resultados, que según su postura e intereses, explicarían el acaecer del movimiento planetario y su relación de estos con el Sol. Cree que las más de las explicaciones fenoménicas de los astros, se pueden concebir o resolver a partir de demostraciones asequibles entendidas en términos matemáticos y no es algo que sólo mantiene como opinión, sino que tiene una fiel certeza de ello. Conoce sus propuestas matemáticas y además, está seguro de dicho conocimiento por haber realizado la cantidad suficiente de experimentos. Sin embargo, al percatarse de que si hay un esclarecimiento de causas de los fenómenos, las hay sólo de las más próximas. Conoce lo que da lugar a los movimientos estelares, la práctica de los cometas, las leyes de las órbitas y demás, a saber y según lo dicho, todo por acción de la fuerza gravitatoria. Pero entonces nota alguna carencia y abre paso al asombro, sorprendiéndose de que habiendo movimientos tan perfectos, tan cabalmente constituidos y tan elegantes, cabe la posibilidad de que ello “… sólo pudo originarse en el consejo y dominio de un ente inteligente y poderoso.”[2].

El problema descansa justamente allí, en el maravillarse. En el caso de Newton, es evidente que se asombra de que sus demostraciones, las cuales él tenía como la panacea, no aportan sino apenas un mínimo de lo que se necesita para descubrir Verdad como tal; la Verdad, que versa sobre el origen prístino de los efectos o sobre el principio estrictamente, notará que se halla en esta causa primera, no en las causas próximas. El problema será entonces: ¿Cómo explicar o qué decir de una causa anterior –que no puede ser asida con formulas ni explicaciones físicas– de lo que se tiene ya matemáticamente resuelto? Es decir, el paso que notó que debía existir algo más allá de lo evidente que justificara o fundamentara lo que ahora nos salta a la vista, fue un paso enorme, pues no es cualidad característica de los físicos apelar a causas remotas de las que no se sabe demasiado y de las que ni siquiera se puede considerar cierto que existen. Ese asunto de la causa primera fue tachado por mucho tiempo de ‘fantasmagoría aristotélica’. Lo que sirve para algo en la ciencia, es lo real sin más o lo verdadero es aquello que funciona, lo otro son meditaciones obstinadas por las que no vale el esfuerzo preguntar, pues quién sabe a qué se llegará con ello o qué fin puede tener.

Las preguntas en este discurso, entonces se esbozan más o menos así: ¿Qué explicaría la grandeza de lo que ahora ya damos por hecho? ¿Existe alguna causa primera que sostiene la gravedad y así, todo lo que existe luego de ésta? ¿Quién dicto las leyes que ahora sirven para mover los astros con tan escrupulosa rigurosidad? Como es bien sabido, con las interrogantes vienen las respuestas o al menos el intento de éstas y lo que con ello asomará Newton, dará a este texto un fino carácter filosófico. Su respuesta se bosqueja de este modo: “… rige las cosas, no como alma del mundo, sino como dueño de los universos. Y debido a esa denominación suele llamársele señor dios, pantokrator, o amo universal.”[3] Tenemos así, que existe algo que rige las cosas y por su modo de regir, se le ha llamado dios.

La hipótesis es esa: hay ‘algo’ que no se puede señalar ciertamente qué, pero que se sabe que existe por medio de los efectos, este ‘algo’ conduce, rige, ordena e incluso creó todo lo existente con parámetros perfectos y teleológicos. Se supone pues, que dados los efectos, las causas deben existir también. En el caso específico de esta obra: teniendo efectos tan perfectos, debe preexistir una causa perfecta. Ahora, la causa primera será algo más noble según las circunstancias de los mismos efectos, en otras palabras, qué explicaría la perfección en algo sino que fue proporcionada o propiciada por algo aún mejor. Y aunque se empeñe en saber, por medio de sus disquisiciones sobre la idea newtoniana de dios –la cual, cabe decir, es harto diferente de las ideas corrientes del mismo– al final dirá Newton que: “… hasta el presente no he logrado descubrir la causa de esas propiedades de gravedad a partir de los fenómenos, y no finjo hipótesis.”[4] En otras palabras, que no osará en sostener una solución siendo que su deducción experimental no le da nada de esto y las hipótesis con cualidades ocultas no tienen lugar en la filosofía experimental. Aunándole la connotación más bien peyorativa que Newton tiene para con el término hipótesis. Al fin científico, no quiere explicar ello por no contar con los suficientes experimentos. El discurso comienza con un claro problema filosófico, pero termina resolviéndose recelosamente con un argumento científico, no sostiene nada puesto que tiene por imposible probar la existencia de una causa primera, eso al menos físicamente. Los efectos no dan para eso y, cree Newton, que es bastante y suficiente que la gravedad exista realmente y que actúe constantemente tal y como ha sido predicho en determinados estudios[5].

Este tipo de argumento para finalizar su Escolio, creo que hace que se pierda un concepto o una idea lineal de lo que quiere sostenerse, pues más que concluir que algo es algo, temerosamente retrocede ante la idea de cometer un asalto a la filosofía experimental con argumentos metafísicos –como si la física no tuviese algo de oculto e inexplicable también–. Al respecto de la idea de los Trascendentales, muchos quedan menguados por lo que ya decíamos acerca de no aventurar en concluir de manera tajante algo. Al menos el texto, en primera, cumple con Ser: pues si lo observo, lo tomo y ahora lo leo parece que es; es Uno: pues se sigue consecuentemente del pensamiento que desarrolla a lo largo de su obra –cosa admirable es la coherencia– y todo el discurso va de lo mismo, se planteo al inicio un problema e intenta Newton analizarlo; si enuncia o no Verdad, creo prácticamente imposible de juzgar, así como tampoco me concebiría calificando su Bondad; me parece, no obstante, un discurso Bello, constituido recta e íntegramente. No creo que se pueda concluir que algo es medianamente valioso por cumplir con únicamente algunos de los caracteres que le darían este título, abruptamente, algo vale o no. Cosa que, en tanto aportación con tintes filosóficos a la ciencia, podría decirse que sí, mas como reflexión puramente filosófica que acometía llegar a la producción de una respuesta verdadera, quién sabe.

La cigarra

 


[1] Newton, Isaac, Sir. Principios matemáticos de filosofía natural. Tecnos. España, 1987. pp 617-621

[2] Íbid. p 618

[3] Ibíd. p 618

[4] Ibíd. p 621

[5] Cfr. Ibíd. p 621