Se supone que hoy debo hablar de erotismo. ¿Por qué? Francamente no lo sé. Yo no soy ningún experto en el tema ni tengo especialización alguna al respecto. Existen teóricos que han abordado el tema de manera profunda, haciendo análisis cuidadosos de la experiencia erótica en la vida humana y adentrándose en asuntos que tal vez no todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en el erotismo o cuando nos vemos involucrados en alguna de las maravillosas experiencias de ese tipo, pero que son fundamentales para comprender mejor el papel que juega lo erótico en las vidas de cada uno de nosotros, siendo aquél (el erotismo) una de las bases de toda vida humana, quizás, y que en ese sentido ninguna vida podría ser considerada humana si prescindiese del contacto con lo erótico. Asuntos de matiz estético, antropológico, psicológico o inclusive metafísico son descubiertos o sugeridos dentro de los discursos expertos acerca del erotismo. Yo no puedo decir mucho al respecto, pues si he de ser honesto, desconozco los discursos de ese tipo y, si lo que se supone que debo hacer aquí en este momento es presentar una reflexión acerca del erotismo en algún pensador, filósofo, psicoanalista, artista, esteta, antropólogo, literato u otro, entonces creo que debería detenerme, dejar de escribir y apagar mi computadora para entregarme a alguna otra actividad de la que tenga mayor noticia. Otra opción que tendría sería la de escribir de cualquier otra cosa que tal vez no tuviera mucho que ver con el tema del erotismo, e inventar algún pretexto para conectar lo dicho con aquél. Tampoco voy a hacer eso, aunque he de reconocer que más de uno estará pensando que es precisamente lo que estoy haciendo al dar tantos rodeos. Eso no lo puedo evitar así que ya ni modo.

Si no se han retirado y continúan leyendo las palabras que ahora escribo, me alegro porque sí les voy a decir algo del erotismo. No voy a llenarlos de citas de libros ni de frases de los sabios ni de referencias a películas ni nada parecido, pues eso cada quien lo puede buscar por su parte (iba a escribir “solo”, pero no, porque lo erótico siempre se ve mejor justamente cuando uno no está solo). En fin, lo que voy a hacer aquí es presentarles mi opinión llanamente respecto de lo que, según yo, es la decadencia del erotismo que vivimos al día de hoy.

Lo erótico puede verse desde dos puntos de vista por lo menos: el cotidiano, popular, vulgar o de moda (estadísticamente hablando); y el culto, erudito, experto, serio y de moda (ya sin tanta carga estadística). Este último es el que muchos pregonan cuando quieren causar una gran impresión en el auditorio, sea éste íntimo o público, singular o plural, adolescente o adulto, masculino o femenino. Cuando alguien quiere presumir de sus cualidades intelectuales o literarias ante alguien, un tema que deja buena impresión cuando se aborda bien es precisamente el del erotismo. Que si lo erótico es el puente que nos permite a los seres humanos superar el estado de soledad en que nos encontramos todos, llegando a vislumbrar la plenitud dentro del éxtasis que nunca podremos alcanzar más allá de esos instantes, cuya fugacidad nos recuerda nuestra propia finitud y mortalidad. Que si el erotismo es ese aspecto de nosotros mismos que la vida en sociedad se ha encargado de reprimir y ocultar debido a que es el único en el que podemos decir con justicia que somos libres. Que si, por eso mismo es el aspecto que debemos buscar y fomentar si es que queremos ser más plenamente humanos, es decir, que el erotismo es el que nos puede ayudar a soltarnos de las pesadas cadenas de la racionalidad excesiva para abrirnos el horizonte hacia la verdaderas fuerzas que mueven el mundo de lo humano. Todo eso se puede decir, ciertamente, y, si el que lo dice lo sabe decir, muy probablemente cautivará a más de un individuo y dará la impresión de ser inteligente, culto y tantas otras cosas. La gente inteligente, liberal e intelectual habla de erotismo, y de su frecuente compañera la sexualidad, sin pelos en la lengua y en su justa medida. Además, todo eso que se puede decir puede tener su sustento en alguna experiencia o vivencia de lo erótico que los escuchas de los discursos bien pueden reconocer como similar a la suya propia, y es que cuando intentamos reconocer nuestras experiencias con lo erótico en algún discurso que verse sobre el tema, es fácil que estemos de acuerdo con casi cualquier discurso que hable al respecto sin caer en lo grosero, debido a la obnubilación del juicio que suele acompañar a las experiencias con lo erótico. Basta con que las palabras rocen siquiera las mismas pasiones que son estimuladas por lo erótico para que estemos dispuestos a admitir que se está hablando de lo mismo. De allí que lo erótico en las palabras, las imágenes, las obras, los actos, o lo que sea, tenga tanta fama y popularidad. Y si lo que se dice vincula a lo erótico con otros planos de la realidad, seguramente les haremos caso, y tal vez esté diciendo alguna verdad, pero eso es otro asunto.

La popularidad y la fama de que gozan quienes saben hablar acerca del erotismo nos lleva a hablar del otro punto de vista que mencioné antes, el cotidiano, popular o vulgar, esto último sin tono despectivo. Como ya dije, es muy frecuente que se vincule al erotismo con lo sexual, y es en esa vinculación en donde podemos encontrar a este punto de vista. Cotidianamente, la opinión que se tenga del erotismo o de lo erótico, va de la mano con la opinión que se tiene del sexo, y resulta que la opinión que tenemos del sexo no es siempre la misma: a veces pensamos en lo sexual desde la consideración de la belleza que hay en ello, y a veces lo pensamos desde el pudor y la ausencia de éste, es decir, desde lo impúdico. Por ende, el erotismo a veces parecerá bello, portador del ritmo y armonía característicos de la vida, y a veces nos parecerá ofensivo y opuesto a todo recato y decoro. Lo que sucede, a mi parecer, es que lo sexual no sólo se relaciona con lo erótico, sino también con lo pornográfico y, en el contexto económico en que nos encontramos, con el negocio, pues el sexo es una mercancía más. Cierto, el sexo y el erotismo pueden apuntar hacia el germen de toda vida, hacia la más excelsa experiencia que como seres limitados podemos llegar a tener, pero también, y esto en muchas ocasiones, hacia el morbo, que es la atracción o afición por lo desagradable u obsceno. En ese sentido, soy de la opinión que desde este punto de vista, el que he decidido mentar popular o cotidiano, lo erótico a veces se comprende como aquello fascinante o encantador, y en otras ocasiones como algo impúdico e irreverente, desafiante de las buenas costumbres y cosa de morbosos.

Desde mi particular punto de vista, creo que ambas perspectivas, la culta e inteligente y la popular y cotidiana se complementan, pues no podría haber ese prestigio intelectual y cultural de quienes tratan el tema sin la fascinación popular por lo que, sin dejar de ser misterioso en cierto sentido, representa un desafío al rigor inmovilista de ciertas corrientes.

Ahora bien, resta explicar por qué me he referido a todo esto como algo decadente. Pienso que la manera de comprender al erotismo que se deriva de todo lo que aquí he dicho es la de que el erotismo aparece como algo lejano a nuestras vidas; como cosa de personas especiales y en cierta medida superiores al común de las personas que no dejan de vivir sometidos a una multitud de reglas y lineamientos de vida (ya civiles y sociales, ya morales y éticos, ya religiosos o ideológicos). Es decir, el erotismo no se deja de entender como algo que, al menor originariamente, debería estar prohibido o por lo menos escondido, algo que no se debería ostentar sin ton ni son, sino ser tratado con respeto, a veces con miedo. Todo ello ocasiona que, en ocasiones, quienes se sienten parte de esos pocos que sí pueden hablar de lo erótico o de manera erótica, sin ningún problema, volteen a ver desdeñosamente al conjunto de párvulos que viven llenos de vergüenza por sí mismos, y que éstos, a su vez, vean como algo extraño y fascinante a aquéllos. En ese sentido el erotismo está en decadencia, según yo, por la extrañeza con que se le mira y asume, pues, incluso quienes fomentaran una vida desenvuelta y libre de prejuicios ante lo erótico (y ante lo sexual en general), estarían pasando por alto la presencia innegable, en mayor o en menor medida, algún aspecto de la vida humana.