La música del cello refleja perfectamente el tono profundo del lamento, y por eso la madera que resuena esas largas cuerdas imita con tanto celo los ánimos decaídos. La nostalgia y la tristeza hallan un eco harmonioso en este instrumento. El piano, por otro lado, es más conciso cuando se lamenta, porque su voz es más profunda pero menos duradera. Cada tono suyo es como un respiro completo, tiene su límite como cuando se nos termina el aire y nuestras vocales suenan más y más suaves, hasta que tenemos que volver a inhalar. Cuando el piano suena música sombría y cabizbaja parece sollozar, más que alargar sus gritos. También por eso es tan buen imitador de tantos otros humores. El pintoresco sonido juguetón que causan las teclas cuando se golpean como dando saltos recuerda ánimos alegres con más facilidad que cualquier pizzicato. La flauta, por su parte, es casi sin duda como un silbido, pero más brillante y grueso. Difícilmente silba uno cuando está triste, y hay muchos más conciertos para flauta en escalas alegres que en escalas lúgubres. Aún así, la voz humana al cantar es imitadora más cercana de las emociones que cualquier otro instrumento, aunque más difícil de perfeccionar. Las posibilidades que nos dan los instrumentos musicales de imitar las disposiciones anímicas y su afinidad con la melodía de la voz me hacen pensar que el canto, y el habla son de algún modo imitaciones también.  No sólo nos ponemos tristes o nos alegramos, sino que nos sabemos tristes o alegres, hablamos de maneras tristes o alegres, y nos vemos a nosotros mismos actuar cuando estamos tristes o alegres. Quizá haya algún sentido en el que también hablar sea imitación de nosotros y de nuestra disposición, y que nuestra voz entone alguna melodía sobre nuestra vida.