La lucha por la igualdad entre los hombres que da fundamento a la revolución francesa, también da lugar a un movimiento social que originalmente buscaba igualdad de derechos políticos para las mujeres y que devino en un desagradable movimiento de guerra contra los hombres, me refiero al feminismo.

Concuerdo con Cigarra en su texto publicado el día de ayer, cuando señala que el feminismo ha caído en una guerra de mujeres contra hombres, y a ello añadiría que es a partir de una comprensión muy simplona pero primara respecto a lo que significa la lucha de la igualdad del hombre y la mujer que inicia la lucha por la igualdad política que caracterizó al principio al movimiento feminista. Lucha que ha caído en la búsqueda constante de domesticar al hombre, y de cambiar de lugar con él.

Acerquémonos un poco al feminismo, a fin de ver con mayor claridad lo que hay tras sus buenas intenciones.

Es claro que las mujeres francesas que lucharon por la igualdad política entre hombres y mujeres, y que fueron quienes acuñaron el término feminisme, del que proviene nuestra palabra en español, consideraban como aspecto fundamental de la vida política la necesaria igualdad entre hombres y mujeres, en especial cuando ya se había decretado la igualdad entre todos los hombres. Desde la revolución francesa ya no hay lugar para jerarquías entre los individuos, ahora todos son ciudadanos, y como tales todos pueden acceder al poder.

Sin jerarquías que gobiernen en la vida pública de la comunidad, la pérdida de las jerarquías en la vida privada era de esperarse. Antes de la igualdad entre los hombres, que ahora son ciudadanos con igual posibilidad de acceder al poder público, era claro que el lugar del ente masculino era la plaza pública, pues desde ahí buscaría llevar lo necesario para el sustento del hogar. Quien se ocupaba de la vida privada y de lo que ocurría en el lugar donde ésta se llevaba a cabo era la mujer; ella tenía una labor que si bien no brillaba públicamente sí era de vital importancia para el mantenimiento de la comunidad y hasta de la especie, pues en el hogar es donde se forman los individuos formal y biológicamente hablando.

Quien educaba para lo privado era la mujer, y como lo privado es fundamento de lo público, el valor del primero no es menor, sólo diferente. Del valor que tiene el gobierno de lo privado da cuenta Fray Luis de León, cuando señala la importancia de que la mujer se ocupe del gobierno de su hogar, antes que de las vanidades propias de quien se presenta en público, tales como la vestimenta y el maquillaje.

Pero, una vez que se ha determinado la igualdad entre los hombres, lo que supone hacer a un lado las cualidades propias de cada uno de los sujetos que conforman a la comunidad, las diferencias entre lo público y lo privado también se hacen a un lado, y la educación de los nuevos miembros de la comunidad es vista como algo nimio ante la posibilidad de acceder al brillo que trae consigo el gobierno de lo público.

Esta disolución entre lo público y lo privado hace que las feministas sean las primeras en considerar que el trabajo propio del hogar es insignificante comparado con el que se lleva a cabo en la plaza pública, de ahí que busquen el reconocimiento público de lo que ocurre en el hogar, que es donde se encuentra la cama, o al menos se encontraba hasta hace algunas décadas, pues ahora éste objeto propio del hogar se exhibe con honores en la plaza pública para señalar con ello que es más importante que el reconocimiento de las diferencias y por ende de las cualidades propias de cada sujeto que conforma a la comunidad.

Así pues, el feminismo en tanto que lucha por la igualdad entre hombre y mujer, y a veces degenera en la búsqueda del dominio de la mujer sobre el hombre, enseña que virtuosa es aquella que domina lo público y que entierra al hombre en lo privado y que descuida lo privado para ocuparse primordialmente de lo público.

Triste es pensar que desde la lectura del feminismo más virtuosa es Climtemnestra por haber matado a su marido que la dulce Penélope tejiendo en su telar.

 

Maigo