La respuesta más próxima y sencilla es: porque nadie puede amar a nadie que presuma un epíteto de esta clase. Quién sabe con certeza qué pretenda señalar la palabra cabrona en todo este asunto, pensando que en su usanza coloquial ésta siempre guarda relación con el hacer pasar mal, disgustar o propiciar el mal humor de alguien y en el sentido más prístino del término, significa solamente el aumentativo de la palabra cabra. Así que la pregunta que subyace dicha lectura es: ¿por qué un hombre amaría a una gran cabra? Concepción de feminista –en cualquiera de sus miles de vertientes– es mirar a los individuos del sexo contrario, como animales viles que sólo buscan su bienestar; así lo único que nos queda a las mujeres, es la búsqueda de tácticas y la concepción de estrategias para protegernos y no sólo eso, además tenemos que hacerlas del conocimiento del resto de las mujeres, dado que estamos solas contra ellos y nos debemos protección entre congéneres. Figurando la brillantez de quien escribió el título –seguramente una fémina– y justificando que haya usado esta palabra como una nota graciosa que daría cuenta del tipo de lectura que habrá de esperarse, aceptemos la palabra cabrona en el sentido en que fue explicado, a saber, la mujer fuerte, misteriosa, segura de sí misma, graciosa e independiente. Una mujer de S XXI que carga pues, toda esta historia del feminismo de modo consciente o no,  que se siente orgullosa de poder decidir sobre su cuerpo, su empleo, su voto, sus modos, gustos y actitudes, es decir, que sabe que las leyes también se encuentran a su favor. La mujer que siente que el equipararse en capacidades o facultades o en cualquier otro ámbito con los hombres, es lo mejor que puede pasarle, la manera más respetuosa de ser tratada.

En principio, el feminismo era un movimiento social que lo que pretendía era igualar el papel jugado por la mujer al desenvuelto por el hombre. En la primera etapa que tuvo esta lucha (S XIX y principios del S XX) se peleó al lado de quienes pretendían una abolición de la esclavitud, lo cual se medio logró pero en la contemplación de motivos raciales. Así que lo poco que las feministas lograron fue que se les concediera el voto, aún con ciertas restricciones y únicamente en algunos países. La segunda etapa (1960-1970) pugnaba por la igualdad ya no legal sino de hecho, así como el empleo, la sexualidad y cuestiones propias de la reproducción. Si pensamos en lo que históricamente se le atañe a este periodo, sabremos cuáles fueron sus impresionantes logros feministas. Y la tercera y vigente etapa (desde 1990) pelea por cosas más extrañas, como aceptar que hay múltiples tipos de mujeres y que, por eso, cada afán que tengamos así como cada cosa que queramos ha de ser bien recibido. Entrometiendo el asunto de que se han sumando al movimiento feminista los intereses de las comunidades de transexuales, transgénero, lesbianas y bisexuales, por lo que es evidente que el tema central que mueve la batalla tiene que ver más con aspectos de índole sexual, antes que con los ideales que en un primer momento defendió el feminismo de antaño. Pues bien, sería una osadía sostener que la corriente se ha ido desvirtuando y que se pelea, ahora, más que por la libertad del género por los antojos de cada una; no obstante, me resulta evidente que los fines perdieron nobleza –si es que alguna vez hubo tal–.

La pelea está peor que nunca, nuestra lucha se contenta con proferir improperios hacia los hombres o con anteponer desconfianza a todo lo que de ellos venga. Al redactar libros, lugares comunes, técnicas para la seducción o cosas por el estilo a favor a las féminas, los hombres dejan de ser nuestros iguales y se vuelven mucho menos. Los sujetos del sexo masculino son esos animalitos que requieren ser truqueados para su trato. El feminismo de ahora ya no busca equipararse a la figura masculina, sino superarla y dominarla. La lucha de ahora ya no se interesa por valorar a la mujer sino por desvalorizar al hombre. Las féminas fatales cargan los estandartes. Nuestros contrarios son esas bestias salvajes de los que hay que cuidarse pues planean acostarse con todas, emplearnos para su propio bienestar, encerrarnos en un casa a cuidar a sus hijos, hacernos dependientes económicamente y, en el peor de los casos, usarnos con fines meramente carnales. Los hombres, creencia vulgar,  ya no sienten anímicamente sino gustativamente y son malvados en esencia. Yo preguntaría ¿Cómo un hombre amaría a una mujer que piensa eso de él? Un hombre que quiere amar de veras o que pretende sentir algo profundo hacia una mujer, se ve seriamente desanimado cuando sabe que todas las mujeres partimos de supuestos similares. Claro que sería una estupidez generalizar a las mujeres, tanto como lo es generalizar a los hombres. Ni todas tenemos como biblia libruchos de esta categoría, ni todos son tan malos como nos los pintan –por más que resienta aceptarlo–. Somos de la misma especie y si, vagamente, luchamos por perpetuarla, de qué daño podríamos huir. Por supuesto, casi lo olvido, el amor. Todo dependerá de la concepción de amor que se posea, pero podría sostener que no todos los hombres aman a las cabronas, así como no todas las mujeres aman a los mandilones; como sea que se quiera interpretar amar.

La mujer se quedaba en la cueva a resguardar el fuego mientras el hombre salía a cazar, ¿es un acto menos valioso que el otro? Ambos tienen su mérito y no creo que en esa instancia se haya dejado en la cueva a la mujer por cuestiones de machismo o similares, lo que mucho se ha entendido como subestimación de la mujer, se relaciona más con asuntos de hecho físicos. La fuerza física del hombre es irremediablemente superior a la de la mujer: ¿queremos igualdad? Porque entonces pocas mujeres realizan su Servicio Militar. En realidad sí hay mujeres quienes se enlistan en el ejército, ya hay mujeres presidentes, astronautas, deportistas, mecánicas, escritoras, artistas porno, maestras, ejecutivas y demás, la lista es verdaderamente extensa. Las mujeres ya llegaron a casi todos los ámbitos sociales –dije: casi, evocando los requisitos de la religión, pues aún no hay papisas ni sacerdotes con cromosoma XX–. Por otro lado, es impactante la cifra de padres solteros –en 2000, sólo en México la cifra era de 841 mil– que va en aumento por asuntos de divorcio o abandono. Entonces ¿la lucha está ganada? Los individuos del sexo masculino han abandonado sus herramientas de caza y ahora ayudan en la casa, los hombres ya lavan, planchan, hacen la comida y hasta cambian pañales. ¿Por qué se lucha ahora? Qué otra prueba de igualdad sino el tenerlos domesticados se apetece. En cierto sentido, las  mujeres se hicieron cabronas y tomaron las riendas, los hombres cedieron y se nos han vuelto un tanto mansos.

Extrañamente las mujeres no dejamos de desconfiar, nos estamos defendiendo de un ataque que no ha sido todavía infringido, de uno que es supuesto y quizá hasta inventado. Seguro hay hombres golpeadores y borrachos, pero también sabemos que las mujeres cometen violencia contra los hombres, es difícil de imaginar pero en verdad acontece. Insisto, la lucha primera se perdió –perder no de derrota, sino que dejó de ser lo que era– y lo que se busca pretextar en la actualidad, con todo este espectáculo de feminismo, es la idea absurda e imprecisa de que la mujer, cual y como sea, será siempre y bajo cualquier circunstancia superior al hombre, por el hecho simple de ser perteneciente al género femenino. La dignidad tiene que ser de la especie no del género. Y que quede claro que no se ama al superior, se le idolatra o, en el peor de los casos, se le teme. He ahí el motivo de porque los hombres no aman  –ni amarán– a las cabronas.

La cigarra

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