Todo el presente escrito parte del extraño supuesto de que todos los cumpleaños representan algo más que comer pastel o cantarle al festejado las tan afamadas “Mañanitas”, mejor aún, parte del raro supuesto de que la celebración tiene un pretexto más noble que el de emborracharse copiosamente de modo gratuito –que es de lo que van las más de las fiestas– y tampoco quiere creer que se trata únicamente de una fecha especial para recibir un sinfín de regalos materiales –si bien estos se agradecen cuantiosamente–. De lo contrario esta entrada, que quiere ser una indagación seria, se tornaría objeto franco de exageración o mofa y mi discurso se formularía más bien en sentido de sabores de merengue o lugares para conmemorar. Claro que mi supuesto parte de poca cosa, observación cuando mucho, hasta donde veo se organiza una fiesta sólo a quien se quiere y se felicita sinceramente a quien se quiere aún más, ir simplemente al convite o abrazar comprometidamente se deja para quien apetece bocadillos y para quien queda bien con un tercero, respectivamente.

Todos cumplimos años una vez al año, el cumpleaños es eso pues, el aniversario del nacimiento, es recordar anualmente el día exacto en el que se vino al mundo. Y aunque la explicación suene a vil perogrullada, creo que de verse exclusivamente en ese aspecto, parecería algo no digno de tanta atención o algo de muy poca importancia dado que ya hay mucha gente y vive por muchos años; es decir, todos los días en cualquier momento y en cualquier lugar, hay alguien formalizando un aniversario más. Así como cada día en cualquier momento y en cualquier lugar hay unos tantos que establecerán especialmente ese como el día de su cumpleaños y hay otros más que no lo celebrarán nuevamente. Sin embargo, creo que precisamente eso es lo que hace de un cumpleaños, como llano aniversario de nacimiento, algo digno de festejo. La fiesta al cumpleañero, según mi parecer, es la celebración de la vida misma, el regocijo de seguir vivo. Se recuerda el cumpleaños con alegría porque se está contento de haber nacido. La manera particular de la celebración es algo diferente que dependerá del sujeto a festejar, pero el fin –practicado conscientemente o no– es el mismo. Así entender el cumpleaños de esta manera explica el por qué se festeja legítimamente sólo a quien se quiere, la celebración es por el gusto de que el otro esté vivo también. Es decirle al otro que te place que siga viviendo y desearle lo mejor es esperar que siga presente en condiciones favorables.

Ya sabemos, medianamente, qué significan las fiestas y qué se está diciendo cuando se desea bonanza. Por lo que la pregunta podría ser: ¿Felicidades? ¿Para qué felicitar? Coloquialmente se dice al cumpleañero: ¡Felicidades! Pero, felicidades de qué o por qué. Quizá por seguir vivo. Se podría felicitar el acto de conservar hasta ahora la vida. Desear felicidades a secas dista bastante de decir: ¡Feliz día! –aunque esto también puede ser dicho, y bien dicho, el día de Luther King o el día de la Raza o un día cualquiera– o ¡Feliz cumpleaños! En cuyo caso se puede pensar que se le procura el bienestar en la celebración que se realizará en honor de su nacimiento. Creo extraño que no se diga más bien: ¡Feliz vida! o ¡Feliz posteridad! o ¡Sigue vivo!, estas frases van más con la idea que he querido bosquejar de lo que son los festejos de cumpleaños. Vamos, el simple hecho de pluralizar la palabra felicidad a fin de darle esta connotación, se me hace extrañísimo.

Como sea, el argumento es que el que dice las palabras que engalanan al festejado o el que le lleva pastel y lo obliga a soplar las velas o el que está allí para darle un abrazo de veras, es aquél para quien la vida del que ahora celebra su aniversario de llegada al mundo, es importante en su propia vida, le representa algo valioso; es decir, lo aprecia a grado tal, que le entusiasma tenerlo un año más y su cumpleaños es el momento que encuentra normal para hacerlo del conocimiento del festejado. Cuestión rara es que se celebre un año de crecimiento biológico en un solo día. Es extraño dormir de 42 años y amanecer ya de 43, crecer todo un año en una sola noche parece más que imposible. La vida y ese año cumplido se construyen a lo largo de 365 días o ciclos similares, pero se considera más visible el día exacto en que se cumple el aniversario. Sería divertido percatarnos de que cada día a cada momento nos hacemos más viejos, cada día “cumplimos años” –en cierto sentido– a discreción.

Recordar un natalicio es harto diferente de recordar un aniversario luctuoso por ejemplo, pero no lo es tanto de rememorar un aniversario de bodas o un aniversario corporativo; estos nos hacen traer al presente la felicidad sentida en el principio de ellos. Los cumpleaños son eso, felicidad anual devenida del gusto de tener a alguien aquí, emoción que se tiene porque la persona siga envejeciendo y lo más importante, la satisfacción porque esa persona lo sepa.

Así que: ¡Felicidades, mamá, por seguir viva! ¡Sigue así! Te quiero, Guadalupe.

La cigarra