“A hundred other words blind me with your purity”

I

Cuando pienso en la pureza, encuentro que lo más sólido que puedo decir de ella hablando de ella por sí –sin mezclar ni confundir—, es que es algo que se predica de otra cosa, de algo que se reconoce en sus propios límites, como de algo que propiamente hay que señalar como una propia naturaleza. Éste predicable refiere pues, al momento en que reconocemos en ese otro ente la cualidad de permanecer idéntico a sí mismo, sin alteraciones impropias, es decir, idéntico a sí mismo: sin corrupción, contaminación ni enfermedad.

Aún así, considero que no hay que darle muchas vueltas para darnos cuenta de que una definición así de razonable no puede ver la luz  sin que a cambio se pierdan los sentidos y contextos donde podemos sospechar la pureza en sus matices más definitivos: la naturaleza, el amor, las acciones,  la religión.

II

Frecuentemente ligamos la pureza a los orígenes o a las primeras juventudes, como si en la madurez esto fuera incompatible, innecesario o propio de un estadio a superar en la vida. No es raro que se piense en los niños como plenamente inocentes. Hasta pareciera que es requisito perderla para llegar a ser adulto. Tener un poco de corrupción y degradación es lo que podría llamarse la dosis necesaria para la madurez, cosa que es aparente.

Ya en la vida adulta se asocia la inocencia con la ingenuidad. Lo que en la infancia se considera valor, aquí es un defecto, ya que se trata de la impericia de alguien por ver los engaños que acechan en la vida de los hombres, las dobles intenciones, o toda bajeza disfrazada.

Considero aquello como aparente: la dosis de malicia necesaria para alcanzar la madurez no debe llegar a tales extremos a no ser que asumamos que la figura regular de las relaciones humanas es la hipocresía. Más bien dicha malicia debe ser entendida como un obstáculo a superar. Como un contrincante de cuya derrota o victoria depende nuestra vida en el sentido más fundamental que si de una lucha a vida o muerte se tratara. Es por ello que son ilusorias las formas de entender a la pureza como algo propio de la infancia, o como absurdamente ligada a la ingenuidad.

III

A veces me gusta imaginar que hay una pureza propia del cuerpo y otra propia del espíritu y que sin embargo ambas llevan por denominador común alguna clase de higiene –sólo que más comúnmente llamamos ascesis a la que es propia del alma. Tal higiene ha de ser por definición contraria a la corrupción, degradación, contaminación o suciedad.

La higiene ha de buscarse por una procuración de salud, pero más originariamente podríamos decir que es una clase de autoconservación. Las medidas que tomo para conservarme necesariamente reposan en lo que —confusa o claramente— pienso que es la vida. Por introducir el problema de la vida, creo que ya podemos irnos haciendo de lado las resonancias darwinianas que usualmente conlleva el término autoconservación. Tal autoconservación ha de llevar consigo consideración de las condiciones que cada quien considera completamente necesarias, imprescindibles, para su vida.

Como toda valoración, la salud tiene la dinamicidad de ser en un aspecto relativo en cada persona, pero universal en el sentido de que no puede prescindirse de ello. De igual modo al imaginarnos una salud del cuerpo y otra del alma, no hay complicación en comprenderla en relación con la religión, el amor, la acción moral. De aquí que la pureza sea entendida en la ética, como la acción realizada sin adulteración de intenciones contrarias, acciones desinteresadas; en la religión, con la conducta recta y en conformidad con la divinidad; En la realidad natural con el estado de un elemento que se halla sin mezcla. De ahí también las variaciones en su nombre, sinceridad e integridad, santidad, y simplemente pureza, respectivamente.

Que es posible, alcanzable y hasta deseable es cosa que me parece evidente, pero asunto distinto al que tratamos.