“Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Él te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás!”.

Génesis 3, 17-19

Por lo general, cuando se piensa en el trabajo se le juzga de dos maneras opuestas entre sí. Hay quienes consideran que el trabajo denigra al hombre, en tanto que supone la renuncia a su libertad, y hay quienes, por su parte, juzgan que el trabajo dignifica al hombre en tanto que ven en él una forma de apropiarse del mundo.

Ambas posturas parten de supuestos muy diferentes. La primera ve al trabajo como una pena impuesta a quienes se encuentran viviendo en un régimen esclavista, es decir, parte del supuesto de que no hay igualdad entre los hombres, unos son libres, por lo que no tienen que trabajar; y los otros son esclavos pues tienen que realizar las actividades necesarias para mantenerse y para mantener a sus amos.

La segunda postura ve al trabajo como una actividad liberadora, pues mediante lo hecho el trabajador se va apropiando de un mundo enajenado, ésta manera de ver al trabajo tiene como supuesto fundamental a la igualdad entre los hombres, todos necesitan trabajar para ser dignos de ser considerados como tales, quien no trabaja no conoce al mundo, y por ende se va volviendo cada vez más ajeno a éste.

Sin embargo, a pesar de las diferencias que hay entre las posturas antes mencionadas, hay una idea que las unifica, y ésta es la idea de que el trabajo, aún cuando da dignidad al hombre no deja de ser penoso, es decir, implica cierto sacrificio, que provoca cansancio y con ello distancia respecto a lo que resulta placentero.

Así pues, la idea de trabajo en general, tanto si defiende a la igualdad como si acentúa las diferencias, tiene como eje fundamental para su comprensión una marcada oposición respecto al placer, es decir, trabajo es lo que no es placentero, aquello en lo que no es posible encontrar gozo alguno.

Pero, ¿qué tan cierta es esa oposición entre trabajar y gozar con lo que se hace?, ¿acaso la obtención de la dignidad humana no es gozosa?, o lo gozoso es el resultado obtenido una vez que se ha realizado el sacrificio que supone el trabajo realizado.

Entre aquellos que ven al trabajo como una actividad propia del esclavo es claro que el juicio sobre éste no será favorable, absurdo sería pensar que una sociedad esclavista considere al trabajo como una actividad gozosa, y que siendo un hacer placentero se deje en manos de quienes han perdidos su libertad.

Pero, entre aquellos que suelen afirmar que el trabajo dignifica, absurdo resulta que juzguen el valor del trabajo realizado por lo producido con el mismo, porque en ese sentido el trabajo no es el que dignifica, es el medio que permite al hombre ser digno de recibir tal nombre por la apropiación del mundo que le ha permitido el sacrificio realizado. ¿Será que esta última forma de ver al trabajo carece de coherencia, o más bien nos muestra que tan alejada está nuestra idea de dignidad con nuestra idea de lo placentero?

 

Maigo.