Cierto es que el año hace ya algún tiempo que comenzó –hace 46 días con exactitud–, sin embargo no puedo dejar pasar la oportunidad de hablar de una de las creencias que colorean hasta en el rostro del más pesimista, la posibilidad de un nuevo horizonte. Ésta es, la ocasión de hacer un cambio de veras radical en su vida.

Se cree que cuando al calendario se le desprende la última hoja, hay una extraña pero certera magia que hará que las cosas a partir de la colocación de uno nuevo, podrán lucir diferentes. Creencia basada en cuestiones poco atinadas que, según creo, tienen más relación con promocionales de fin de año o con el cursi sentimiento de temporada, que con asuntos cabalmente viables. Ahora, como lo dicho, el cambio de cosas que se espera en la nueva vida que correrá a partir de la primera hoja es ya bien de actitud, apariencia, rutina, inmuebles o posesiones y el más común de todos: de situación sentimental. De hecho, el lugar común de Año nuevo, vida nueva, es prácticamente por antonomasia el antojo de cambiar de aires emocionales. El nuevo año, se espera, traerá consigo un nuevo y mejor motivo sentimental.

Claro que el cambio que se espera cada madrugada del año nuevo debe ser benéfico, debe tender a la perfección, en supuesto el cambio mejorará la vida llevada hasta entonces. Así, la cosa a preguntarse aquí no es el por qué de la necesidad del cambio de vida, pues creo que eso es algo medianamente evidente, ni es cómo se ha decidido ello, por la misma razón; sino, la pregunta seria es ¿es tal cambio en verdad posible?. La respuesta a quemarropa es no, no si pensamos en lo pasado como cosas que sucedieron –en la acepción prístina de la palabra– a lo actual y que, necesariamente, constituyeron el presente. Como la roca que ha sido arrastrada por la corriente de un río y que su forma ha sido delineada por el invariable golpear con otras. La roca es lo que es, porque su arrastre así la conformó, es ella por su tránsito. Pero la respuesta a quemarropa no me persuade –quizá tampoco me conviene– tan fácilmente, aún así, la respuesta elaborada habrá que revisarse. Si bien es cierto que no se puede comenzar repentinamente cual tabla rasa cuando se ha arrastrado toda una serie de hechos, dicen que la decisión de actitudes que se tomarán con la idea de Año nuevo… es algo en lo que sí se puede incidir, y ¡listo! …vida nueva. Mas la respuesta aunque supuestamente elaborada es tramposa a la vez, dado que se decide qué habrá de hacerse pero no qué pasó, lo pasado es eso, lo pasado y sobre éste no se puede hacer nada. El problema del suceder de nuevo. Y si ya hemos aceptamos que la vida presente se concretó necesariamente con lo que se ha pasado, es decir, que el presente es la mera consecución de lo realizado, entonces la vida presente no podría modificarse estrictamente en ningún sentido si no se altera esencialmente el pasado. Lo cual, ciertamente, no es posible. Pensando en que cada acción tomada por más novedosa que parezca, implica un tipo de experiencia previa que sostendría el hecho de tomarla, que aunque se quisiera ser impredecible, se podría predecir que se quiere ser impredecible de acuerdo a lo que pasó. Así que eso de Año nuevo, vida nueva, puede ofrecer aliento o esperanza para los más, pero no se acerca ni un poco a un cambio real. Así que ni la otra respuesta puede sostener la posibilidad de un cambio. Un cambio de actitud quizá, pero sería sólo una mudanza fingida u obligada muy a la mala. Aunado a ello, está la pregunta coloquial de si auténticamente las personas cambian. Los paranoicos creen que no, pero los avispados creen algo similar.

Los libros de superación personal, tan estimados por todos, dictan que un cambio de actitudes son suficientes para un transformación de vida, que dejar el mal humor o las tendencias suicidas hacen un cambio de vida. Digo, no lo dudo, pero la vida se innovaría únicamente a partir del momento de la decisión, de lo anterior –el pretérito también es parte de la vida– queda la obstinada acción de recordar. Y recordar no sé qué tan favorecedor le sería a una pretensión de vida nueva.

No sé, pues, si el cambio de vida radicaría en un acto puramente volitivo, tener el deseo bárbaro de ser otro y que luego eso pase, así sin más. No me parece que el pasado se pueda echar por la borda con el hecho simple de así quererlo, el futuro sí parece prestarse a ello, se construye una posteridad a cada instante sin esperar a que sea el último día del año. Empero, de allí a que en realidad se pueda hacer un cambio radical ya es cosa harto distinta. Modificar o incidir en el futuro, según la sentencia Año nuevo, vida nueva, podría ser cambiar de vida, pero sólo parcialmente.

La cigarra