LA CEREMONIA

 

Una vez adentro, ya acostumbrados a la sutileza y tranquilidad del ambiente, entra el anfitrión con los utensilios de la ceremonia y nos los va pasando lentamente para que admiremos su rara belleza mientras despertamos nuestros sentidos a la ceremonia… que ya tiene tiempo de haber comenzado desde el roji. Una vez colocada la tetera en el fuego no hay más que esperar a que las hojas de té comiencen a hervir y a desprender su característico aroma. Las imágenes que sugiere dicho aroma son las de aquel monje hindú que llevó a china la milenaria doctrina. Bodhidharma sentado en posición de loto, meditando. Con toda su concentración y su voluntad puestas en sí mismo, pero hay algo que no va bien. Algo que lo está afectando. La cabeza comienza a ladearse hacia un lado mientras los párpados se le cierran poco a poco. El sueño se apodera rápidamente del viejo maestro, pero éste en un repentino acto de violencia y lucidez decide arrancarse los párpados para poder continuar con su meditación, los cuales, al caer al suelo se convierten en las primeras hojas de té.

En sus comienzos, el té fue utilizado por los monjes budistas para mantenerse despiertos durante sus largas meditaciones. Sin embargo, poco a poco comenzaron a ver que en el hecho de tomar té había algo más que un mero remedio contra el sueño. Como se puede deducir de la leyenda de Bodhidharma, el té parece tener ciertas características que nos hacen llegar a ver la realidad última de las cosas. El Primer Patriarca al cortarse los párpados estaba buscando la concentración total y en todo momento. La utilización del té como una forma de curarnos de nuestra ceguera cotidiana y de abrir los ojos a la realidad, a lo que está ahí, a la mismidad.

La llegada del té a Japón se le atribuye generalmente al maestro zen Eisai (1141-1215), quien llevó las semillas de té desde China y las cultivó en el monasterio. Eisai acabó siendo conocido de este modo como el padre del cultivo de té en Japón. Pensaba que el té tenía algunas cualidades medicinales y que era bueno para diversas enfermedades. Aparentemente no enseñó cómo se llevaba a cabo la ceremonia, que debió haber observado mientras se encontraba en los monasterios chinos. Dicha ceremonia era una forma de recibir a las visitas en el monasterio, o incluso una forma de mantener relación entre los propios ocupantes.

El monje que llevó el ritual a Japón era Dai-o, (1236-1308), aproximadamente medio siglo después de Eisai. Después de él, vinieron varios monjes que llegaron a ser maestros del arte, y finalmente Ikkyu (1394-1481), conocido abad de Daitokuji, enseñó la técnica a uno de sus discípulos, Shuko (1422-1502), cuyo genio artístico la desarrolló y consiguió adaptarla al estilo japonés. Shuko se convirtió así en el fundador del arte del té y lo enseñó a Ashikaga Yoshimasa (1435-1490), shogun de la época, que era un gran mecenas de las artes. Más tarde, Jo-o (1504-1555), y especialmente Rykyu lo desarrollaron más y dieron el toque final a lo que ahora se conoce como el cha-no-yu – ceremonia del té o culto del té.

Si hay un elemento con el que se podría definir tanto el Zen como la ceremonia del té es el de la sencillez. De lo que se trata es de abandonar todo lo innecesario, todo lo artificioso para poder captar la Realidad Última. El arte del té aparece, entonces, como la expresión estética de ese ideal de simplicidad. Esto se observa en el hecho de que la ceremonia se lleva a cabo en un entorno de naturaleza, bajo el resguardo de un tejado de paja en una habitación que apenas tiene unos cuantos metros de ancho, pero que se encuentra artísticamente decorada. Lo que busca el Zen es abandonar todo lo que se posee – hasta la vida misma – para volver al estado supremo del ser, a la Morada Original – de ahí que la consideración del Satori como ese regreso a casa, que ya estaba en uno mismo, pero que por nuestra misma ceguera no habíamos visto. A esto se le considera la fase última de la simplificación, puesto que ya no se puede reducir más.

Como parte del arte japonés, en el corazón del cha-no-yu se encuentra la pobreza, la soledad y el anhelo de lo Absoluto. Cuando la habitación del té comienza a llenarse, incluso con pocas personas, su espíritu es violado, por lo que el arte exige ciertos principios regulatorios. “La habitación de té está realmente reservada a una persona que, sola, se sienta allí con el mismo espíritu que inspiró a Buda cuando, en su nacimiento, exclamó: <<El cielo arriba, el cielo abajo, sólo yo soy el más honorable.>> Cuando entra una segunda persona, el Uno se escinde y comienza un dualismo a partir del cual se genera un mundo de multitud.” [1] De aquí que la habitación demanda unas normas por las que prevalezca la paz original. De esta forma se convierte en un lugar de enseñanza espiritual donde se aprende sobre lo trascendental, sobre la vacuidad. No por nada los samurai acogieron este arte como un escape de sus labores violentas, como una forma de encontrar un poco de tranquilidad antes o después de las batallas. Y por eso la habitación es conocida con el nombre de Residencia del Vacío.

Las normas mencionadas son las siguientes: Armonía (Wa), Reverencia (Kei), Pureza (Sei) y Tranquilidad (Jaku).

En japonés, Armonía sirve también para designar “suavidad de espíritu”, que es el estado de ánimo que debe presidir todo el procedimiento del arte del té. La armonía se refiere más a la forma, a la acomodación del espacio, de los instrumentos, mientras que la suavidad siguiere más bien un sentimiento interior.

 

“La atmósfera general de la habitación del té tiende a crear esta clase de suavidad en el ambiente: suavidad de tacto, suavidad de olor, suavidad de luz y suavidad de sonidos. Si coges una taza de té, hecha a mano y de forma irregular, el vidriado probablemente no será uniforme, pero a pesar de este carácter primitivo, el pequeño utensilio tiene un peculiar encanto por su suavidad, armonía y discreción. El incienso que arde no es nunca demasiado fuerte y estimulante, sino suave y penetrante. Las ventanas y tabiques son otra fuente de suave y difuso encanto, pues la luz que entra en la habitación es siempre tenue y tranquila. Adecuada para propiciar el estado de ánimo de la meditación. La brisa que pasa a través de las agujas del viejo pino se mezcla con el chisporroteo del hervidor de hierro sobre el fuego. Todo el entorno refleja así la personalidad de quien la crea.”[2]

 

El principio de la armonía tiene relación con la concepción Taoísta del yin y del yang. Lo que se intenta es conservar una armonía con la naturaleza, en este caso una armonía entre los principios masculino y femenino, e incluso un fluir con todo lo que está ocurriendo durante la ceremonia.

La Reverencia es el principio que regula las buenas relaciones entre las personas. Es un principio moral en el que nadie es superior ni inferior a nadie. Por este hecho se ha llegado a afirmar que la ceremonia del té promueve una verdadera democracia, ya que provoca la armoniosa relación de todos los que participan. El de rango superior no apelará a la autoimportancia, ni el de rango inferior a la autodepreciación servil. Ni siquiera el anfitrión se presenta como jerárquicamente superior, sino que todos se reverencian mutuamente.

Ahora bien, la reverencia que se necesita es la reverencia misma a lo que debe ser reverenciado, a qué nos referimos, un monje Zen puede quemar todos los sutras, todas las estatuas de los budas e incluso los templos para obtener calor durante el invierno, pero nunca se olvida de adorar el desencadenamiento de una tormente o la humilde hoja de hierba manchada por el lodo. El Zen sabe cómo reverenciar porque sabe cómo desdeñar. Conoce el valor relativo de las cosas terrenales.

 

“Cuando se vierte el agua en el tazón, no es sólo el agua lo que se vierte en él, muchas cosas entran en él, buenas y malas, puras e impuras, cosas de las que uno tendría que avergonzarse. Si se analiza, el agua del té contiene toda la suciedad que perturba y contamina la corriente de nuestra conciencia. Un arte es perfecto sólo cuando deja de ser arte, cuando se da la perfección de la ausencia del arte, cuando la sinceridad más interior de nuestro ser se manifiesta, y ese es el significado de la reverencia en el arte del té. Reverencia es por consiguiente sinceridad o simplicidad de corazón.”[3]

 

La pureza es la limpieza y el orden que deben observarse en cualquier lugar que esté relacionado con el arte. Y el objetivo de ello es liberar la mente de las impurezas de los sentidos. Un maestro de té dice:

 

“El espíritu del cha-no-yu consiste en limpiar los seis sentidos de la contaminación. Viendo el kakemono (seda) en el tokonoma (nicho) y la flor en el jarrón, el sentido del olfato se purifica; escuchando el borboteo del agua en el hervidor de hierro y el goteo del tubo de bambú, los oídos se purifican; saboreando el té, la boca se purifica; manejando los utensilios del té el tacto se purifica. Cuando todos los órganos de los sentidos son así purificados, la mente se limpia de suciedad. El arte del té es después de todo una disciplina espiritual, y mi aspiración para cada hora del día es no separarme del espíritu del té, que de ninguna manera pueda considerarse un asunto de mera distracción o entretenimiento.”[4]

 

El último y más importante de los principios es el de la “tranquilidad,” que está asociado tanto con el Wabi como con el Sabi, y que expresa, a su vez, el sentido del Sunyata. Como vimos anteriormente, dichos sentimientos tienen que ver con la pobreza, con la soledad, con la carencia, en fin, con el vacío. Sin embargo, con respecto a la ceremonia del té, esta carencia, esta pobreza tiene un sentido estético. Por un lado sugieren entumecimiento, frialdad, oscuridad, pero por otro lado tienen una cualidad que los conduce a un elevado éxtasis estético. El hombre de té definiría esto como lo que es “objetivamente negado pero subjetivamente afirmado.” Es decir, de alguna manera la vacuidad externa se llena con la riqueza interior.

Una vida de Wabi se puede definir como una inexpresable y tranquila alegría que se encuentra profundamente arraigada y oculta detrás de una completa pobreza, detrás de la completa vacuidad, y es esta idea la que trata de expresar el arte del té. Sin embargo, un solo rasgo de insinceridad y todo queda completamente arruinado. “El inestimable contenido debe estar ahí de forma completamente auténtica, debe estar como si no estuviera; más bien, debe ser descubierto accidentalmente… Retiene su realidad, esto es, su autenticidad para sí mismo, indiferente a las circunstancias. Wabi significa ser verdadero para sí mismo.”[5] Por esta razón el japonés da tanta importancia al hecho de tomar el té, como si hubiera algo ahí que misteriosamente tocara el fondo mismo de la realidad. En Wabi este sentimiento estético se funde con la moralidad y la espiritualidad, por esto es que los maestros declaran que el té es vida en sí misma y no meramente una placentera. Además, es una excelente forma en la que se le facilita la comprensión de la práctica Zen a los no iniciados.


[1] Ibid,  p. 203

[2] Ibid,  p. 184

[3] Ibid,  p. 188

[4] Ibid,  p. 189

[5] Ibid,  p. 192