Hoy amanecí con comezón, pero es una comezón que no se calma con cualquier rascada. Muchos se espantan ante esta sensación que aguijonea el cuerpo y más se escandalizan con aquellos que a falta de hipocresía deciden rascarse en el momento y en el lugar en que son atacados por esta comezón.

Definitivamente hoy me hace falta una buena y sustanciosa rascada, no tengo ganas de soportar esta sensación. Yo no soy una tumba blanca por fuera y podrida por dentro como seguramente lo son todos aquellos idiotas que deciden darse baños de pureza y sentirse grandes por su incapacidad para encontrar la mejor manera de rascarse. ¡Qué necedad tan grande es la de negar el poder que tienen los más puros y profundos deseos!

Como podrás darte cuenta me gusta actuar en consecuencia y conforme a lo que van pidiendo mis caprichos y antojos. Tal vez por ello te dé la apariencia de que mi carácter es volátil, pero créeme soy mucho más estable de lo que es cualquiera de los seres hipócritas con los que te has topado hasta ahora.

En fin, hoy salí de mi madriguera en busca de un instrumento apropiado para calmar mi insana comezón. Así la llaman los puritanos que incapaces de calmar sus propias ansias se entretienen en juzgar lo más puro y sincero de mis actos. Lo que quizá te importe saber es que durante esa búsqueda te consideré a ti como el mejor de los instrumentos posible; por ello estás aquí, si no te hubiera juzgado como un bocadillo apetecible créeme que hace tiempo ya te habría desechado.

¿Recuerdas cómo es que acabaste aquí, desnudo, atado de pies y manos, amordazado, casi estrangulado y en el fondo satisfecho con todo lo que te he mostrado eres capaz de hacer? Nunca te imaginaste que podrías conseguir tanto placer en una misma noche y menos al caer en manos de una desconocida a la que nunca le has visto el rostro, y a la que estás a punto de vérselo por única y última vez.

Tu rostro de sorpresa al escuchar todo eso hace que se renueve el antojo que sentí por ti desde que te vi. Aunque no dejo se sentirme decepcionada a causa de tu falta de voluntad inicial para acudir a mi llamado; pocas veces tengo que usar del elixir de amor que derramé en tu copa para tener entre mis manos lo que quiero, pero comprende que no quería esperar a que se terminara un absurdo juego de conquista.

Cuando se tiene comezón hay que actuar con rapidez pues se corre el riesgo de que el instrumento seleccionado para calmarla no sea el adecuado. Entiende que si usé de mi elixir fue para no tenerte cuando ya estuviera aburrida de ti, o cuando ya no me parecieras apetecible debido a la presencia de un mejor bocadillo.

Además aún cuando me miras con cierto odio, sé bien que en el fondo me agradeces tu estado, nunca habías tenido tan cerca a alguien como yo, nunca habías sentido el abrazo de unas piernas como las mías rodeándote la cintura, tampoco habías sentido el placer que viene después del dolor; no te quejes pues de las horadaciones que te hicieron mis dientes en el pecho y el cuello, o de los rasguños que extrajeron la tibieza de la sangre que circula por tu espalda. Mejor disfruta sabiendo que lograste calmar esa comezón que dominaba a mi cuerpo esta mañana.

Veo que sigues terco con la idea de ver mi rostro sin el antifaz que lo oculta desde esta mañana, te he tenido con la incógnita de cómo es desde hace doce horas, y tomando en cuenta que es muy improbable que se me vuelva a antojar un bocadillo como tú, quizá lo menos que puedo hacer es mostrártelo antes de decirte adiós.

Está bien, te quitaré la venda de los ojos y retiraré el antifaz de mi cara, sé que te fascinará lo que verás y dirás adiós con una sonrisa de satisfacción. Por mi ya no queda decir algo, pues mi comezón ha variado y me es necesario encontrar a otro instrumento para rascarme, tú ya no me sirves más.

 

Después de todo lo dicho la mujer de largos y abundantes cabellos negros le afloja la atadura del cuello al hombre sobre el que se encuentra sentada, él respira por fin y se siente aliviado por el libre paso del aire hasta sus pulmones. La mujer lo besa una vez más sólo que esta vez ya no muerde sus labios o su lengua y mientras lo hace le va retirando la venda que cubría sus ojos.

Ella se quita el antifaz y muestra al hombre el rostro que tanto ocultaba, él se sobresalta al notar que es su propio rostro incrustado en el voluptuoso cuerpo de una dama que ahora no busca atraerlo sino alejarlo. La decepción del hombre por lo que se encuentra es tan grande que queda dibujada en su rostro aún después del disparo piadoso con el que la mujer vuelve a cegarlo antes de retirarse y abandonar los despojos de aquello que alguna vez le pareció apetecible.

Maigoalida.

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