Me ha sucedido en muchas ocasiones que, conversando con alguien, me doy cuenta de que con mucho ímpetu intentamos persuadir al otro de que estamos diciendo la verdad sobre lo que hablamos. Lo hacemos de montones de modos, y muchos de ellos hasta son inmencionables por lo sutiles; pero con gestos, con movimientos de manos y de cejas, con aclaraciones aparentemente vacuas, asentimientos y demás, en esas ocasiones nos aseguramos de que el otro acepte visiblemente que nos cree lo que decimos. Cuando alguien nos muestra incredulidad, hasta resulta molesto. Cuando nos dice de frente que lo que decimos es falso, o es mentira, la molestia nos inclina desde a indignarnos hasta a quebrar la conversación allí donde esté, violentamente.

La pretensión de decir lo que es verdadero, sin embargo, nunca ha sido en las conversaciones casuales (no en las mías, por lo menos) idéntico a “relatar los hechos”, y lo digo como lo diría un noticiero. Pensamos que sí existe tal cosa como los hechos porque vivimos rodeados de los medios de comunicación que pregonan interminablemente un caudal de halagos a sí mismos, casi todos ellos enraizados en la creencia de que tienen la capacidad de darnos un recuento de lo que sucedió con veracidad, con confianza paralela a la que siente el matemático frente a sus demostraciones aritméticas. Nos hacen creer que detrás de sus vestimentas de reporteros hay científicos escondidos, y luego nos hacen creer que eso es suficiente para que dejemos de dudar de que nos están diciendo todo cuanto fue como fue. Y no solamente en la televisión, también en el radio y los periódicos.

¿Y tenemos tanta claridad sobre qué cosas pasaron cuando pasan? Yo, francamente, tengo mis dudas. Pues tan pronto comenzamos a decir lo que vimos, ya estamos inmersos en el relato que nos incluye y en nuestra propia comprensión de lo que es importante de lo que relatamos (y lo que no es importante y que omitimos). Tenemos que elegir qué decir, y tenemos que elegir dónde empezar a contar, y qué causó lo que vamos a decir. En general no podemos contar lo que sucedió antes de armar bien nuestro cuento. Vestir a un testigo de traje, darle un micrófono, poner su nombre debajo de la pantalla y enseñarlo a hablar como robot no hace más que sazonar el espectáculo del cientificismo vano que tanto celebramos (hasta en los ridículos anuncios de rastrillos). La sazón y los adornos se amontonan al grado de hacer la faramalla escandalosa y con el ruido se nos olvida que frente a nosotros no hay un experto en los hechos, sino un sujeto contándonos una anécdota. A los extremistas que en todos lados leen extremistas les recuerdo: con esto no niego que haya plenas mentiras y también francas confesiones. Más bien, recordando yo mismo qué es escuchar una anécdota y qué es contar alguna, me doy cuenta de que la pretensión por la verdad en la conversación no es un deseo por la cientificidad.

Buscamos que el conversador nos diga la verdad, y cuando platicamos amistosamente lo normal es que nosotros queramos también decirla; pero lo que se nos habla no puede ser exactamente lo que las palabras nombran, pues el discurso es en el tiempo y muestra por partes lo que en la naturaleza yace completo. Queremos decir bien logrando que se entienda por qué nuestros nombres son las cosas, y al mismo tiempo no son las cosas, que nombran. La imagen de lo que nos muestra la charla, el hecho, el evento o simplemente la idea que quiere decirnos, nos la hacemos comprendiendo que en la palabra se da la verdad, pero se da humanamente. Esto pensaba mientras intentaba atender mi propio ímpetu por persuadir de la verdad en la conversación; mas ahora que lo escribo me doy cuenta de que bien distinto es tratar de redactar persuasivamente sobre estos asuntos que hacerlo frente a alguien que responde y que con su voz y su mirada puede decirle inmediatamente a uno qué es lo que están pensando ambos; creo que acaso dicho muy obscuramente, pero dicho al fin, a eso me refiero cuando hablo de que se da la verdad humanamente en la conversación.