Hay personas que dicen que recordar es vivir, y viviendo en consecuencia buscan reencontrarse con el recuerdo de lo sucedido, es decir, buscan ver nuevamente a los amigos de antaño, aquellos seres que no sólo figuran como testigos sino como participantes de un mismo tiempo pasado. Por el contrario hay quienes evitan recordar ciertas cosas y conforme evitan el recuerdo evitan el reencuentro con determinadas personas, las cuales también figuran como testigos y participes de aquello que se pretende dejar a un lado, en los terrenos propios del olvido.

Estas posibles actitudes ante el recuerdo, es decir la búsqueda o la huida del mismo, nos habla un tanto sobre el modo de ser de la memoria que recuerda. En cierto modo el memorioso recuerda voluntariamente, por eso busca traer nuevamente a su corazón lo vivido, quizá por ello busca reencontrarse con los fieles testigos de lo hecho o lo omitido. Pero también recuerda sin querer, pues no puede decidir plenamente qué recordar y qué no, tener tal poder supone la capacidad de anteponerse al recuerdo sabiendo lo que se ha de recordar.

Recordar con ayuda de un testigo es, en cierto modo, quedar a merced de la buena o mala memoria de dicho testigo, pues aquello que nos recuerde no necesariamente es lo que buscamos recordar y bien puede tornarse lo que sería un buen reencuentro con el pasado en un reencuentro doloroso con aquello que se pretende dejar en el olvido.

Un recuerdo no puede ser elegido a ciegas, yo no puedo decidir plenamente qué recordar y qué no si no recuerdo al menos una parte de aquello que pretendo traer a la memoria. En cierto modo la disposición para recordar algo con detalle, depende en gran medida de ya haberlo recordado a grandes rasgos, por ello aceptamos o rechazamos un reencuentro con aquellos fieles testigos de lo vivido. Por lo general, pensamos en esos testigos, con los que queremos recordar algo, no como meros testigos, sino como amigos, los cuales no siempre se encuentran a nuestro lado.

No creo que la amistad memoriosa sea reducible a mera permanencia física o a los comentarios sobre los eventos del momento o de la vida, más bien radica en la formación de recuerdos, es decir, en la sucesión de encuentros sinceros que permiten el reconocimiento de dichos testigos como tales, aún a pesar de los grandes cambios que se presentan a lo largo de la vida.

Sé que este modo de pensar en la amistad no es claro y evidente, pues depende más de nuestra experiencia amistosa, memoriosa e indagadora de recuerdos que de una definición de diccionario. Sin embrago, considero que esta oscura experiencia es un buen punto de partida para comenzar a ver la naturaleza voluntaria y no voluntaria del recuerdo.

 

Maigo.