“… all are there forever falling

falling lovely and amazing…”

La mano que sostenía la pluma se movía como inspirada por algo más que su voluntad. Él sólo sentía cómo iba escribiendo sin que pudiera decidir qué o cómo hacerlo. Su asombro era grande al percatarse de que no le faltaba coherencia a lo que iba apareciendo escrito en la hoja. Una sensación como de liberación y bienestar lo llenaba. No se lo podía explicar.

 

Llevaba varias semanas intentando escribir algo que valiera la pena; pero hasta entonces, nada. Se empeñaba en forzar a su imaginación a concebir situaciones extraordinarias y fantásticas, que valiese la pena contar, y que su inteligencia fuera capaz de articular de la mejor manera, para hacer algo magnífico; algo totalmente fuera de lo común, que le permitiera al lector, al leerlo, tanto como a él, al escribirlo, escapar por un tiempo de la gris vida cotidiana, hacia lugares mejores y bellos.

Siempre había pensado que tenía madera de escritor y de hecho ése era su sueño desde pequeño. Era sólo cuestión de tiempo para que llegara el momento preciso: aquel en que finalmente pudiera dedicarse de lleno a la escritura, y a la creación de mundos y personajes ficticios y hermosos: felices. Sólo tenía que esperar pacientemente. Hasta seis meses antes de ese día, invariablemente había estado saturado de actividades y compromisos con los que debía cumplir, tanto con la escuela, como con su familia, compañeros y novia.

Como era todavía bastante joven (contaba con poco más de 23 años de edad en esos días) también era normal que ocupara parte de su tiempo en distracciones, charlas y pasatiempos con sus congéneres y amigos. Nunca le quedaba tiempo para dedicarse a su sueño. La vida social y académica lo dejaban bastante cansado como para no hacer nada en sus tiempos libres, aparte de relajarse, divertirse y reponerse para seguir cumpliendo con sus obligaciones.

Por fin todo eso había terminado. Se hubo graduado del colegio de leyes el semestre previo, y adquirido el título de jurisconsulto que le permitía ejercer cualquier oficio relacionado con el Derecho. Todos sus conocidos estaban orgullosos de él. Después de tanto estudio y desvelos, por fin su esmero estaba por rendir frutos. Era cosa de que se decidiera a ejercer y se vería recompensado con creces. Después de todo, había sido uno de los mejores estudiantes de su generación. Con un promedio impecable, además de la participación en varias actividades y eventos complementarios al plan de estudios de su carrera, gozaba de la mejor reputación que se podía esperar de un estudiante de licenciatura en esos tiempos. Además, tenía muy buenas relaciones tanto con sus compañeros como con los docentes y con los encargados de la administración escolar, lo cual siempre podía servirle en cuestiones académicas. Su futuro era prometedor.

Cuando caminaba por las calles de su vecindario, no faltaban las voces que, refiriéndose a él, soltasen una multitud de elogios y cumplidos. Al verlo pasar, la gente lo saludaba con el mayor de los respetos. El que alguien de esos rumbos terminara una carrera universitaria era algo muy respetable por extraño y difícil. Esa era la opinión usual; por eso lo reconocían e incluso envidiaban. Seguramente se trataba de un individuo diferente, quizá superior en cuanto a inteligencia y agudeza. Todo indicaba que su logro tendría que llenarle de orgullo y autoconfianza; pero no era así, por lo menos no en los meses anteriores.

Justamente después de su egreso del colegio, se había dicho que ahora sí se podría dedicar a la escritura. Ya no se vería limitado en cuanto a tiempos ni confinado a pasar el día en la facultad, dedicado a trabajos que sólo lo aburrían o molestaban. Los artículos, investigaciones, cédulas y documentos relacionados con su carrera ya no lo ocuparían ni le quitarían más tiempo del que ya lo habían hecho. Escribir esas cosas era tan fastidioso y repetitivo que esperaba no tener que emprender la redacción de algo así en su vida. Por supuesto que esa molestia no se alcanzaba a notar en los escritos mismos, pues fascinaban a todos sus colegas y lectores. A nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido dudar de que ese joven hubiera nacido para las leyes, con el gusto y la vocación por ellas.

En un principio se había intentado convencer a sí mismo de que así era, y efectivamente lo hubo logrado: llegó a creérselo por mucho tiempo; de lo contrario no hubiera soportado los siete años que duró su carrera. A excepción del primero y el último semestres, en los demás se las había arreglado para estar seguro de que eso era lo que deseaba y para lo que estaba hecho. No obstante, siete meses después del término ya recordaba que no era así. Él quería ser escritor de novelas, narrador de historias y cuentos, todos ellos salidos de su propia mente y fantasía.

No lograba concebir que hubiera personas, incluido él mismo durante el tiempo que duró su carrera, que eligiesen ocuparse de asuntos tan vacíos, aburridos y terribles como el Derecho y otras tantas disciplinas con los mismos defectos. Su opinión era que la belleza inherente a la vida y a la naturaleza nada más podía animar al espíritu humano a actuar y esforzarse en el mismo sentido: hacia lo bello, lo vivo y lo armónico. Frente a eso, las leyes, las teorías y los discursos de su área, por ejemplo, parecían tan carentes, limitados y contrarios a la plenitud del mundo alegre y vital. Por supuesto que él prefería buscar esto último y expresarlo bellamente, lo cual únicamente era posible, según se daba cuenta, desde los terrenos del arte. Su ineptitud técnica en lo concerniente a las otras artes, como la pintura o la música, lo habían hecho saber desde antaño que lo suyo sería la literatura. Ahora ya no tenía pretextos.

De allí la gran frustración que lo había llenado durante el último medio año. A pesar de sus múltiples intentos por iniciar alguna narración valedera, nada. La mayor parte de las veces no lograba vencer el estupor ante la inmensidad imponente de la hoja en blanco, lo cual lo hacía retirarse sin haber escrito una sola letra. Otras, comenzaba con algo pero pronto se percataba del sinsentido de lo que escribía y se detenía. Entonces se sentía derrotado ante ese montón de papel y tinta que se negaba a dejarlo sacar las innumerables visiones y ensueños que su alma había estado creando. Incluso había llegado a pensar que nunca lo lograría; que se había engañado toda su vida por una quimera idiota. Claro que no podría ser un escritor. Los escritores eran hombres con vidas emocionantes y magníficas, llenas de aventuras y eventos extraordinarios, de los que su corta existencia carecía por completo.

Con todo, ese día, cuando la resignación ya había llegado a ser casi absoluta y llevaba ya varios días de haber abandonado la esperanza y guardado sus cuadernos y bolígrafos, se sentó al escritorio, sacó una hoja y tomó una pluma. Algo había sentido ese día. No lo hubiera hecho si la sensación que lo embargaba desde en la mañana no hubiera sido atípica. Casi se diría que se sentía emocionado porque esa vez el aburrimiento no lo había invadido por completo. A pesar de haber llevado a cabo la misma rutina de todos los días, en esta ocasión había habido algo distinto.

Por supuesto que la sensación no había logrado sacarlo de su escepticismo respecto a sus capacidades literarias; pero decidió sentarse a su escritorio por lo menos para darse cuenta de su fracaso por última vez y renunciar del todo. Al estar sentado con papel y pluma sobre la superficie plana, sorpresivamente, todos los eventos del día fueron llegando a su mente, uno después de otro, cada uno lleno de detalles en los que no había reparado al momento y que los hacían parecer totalmente otros que los que había vivido realmente; mucho más distintos eran a los de los días anteriores, en que hacía exactamente lo mismo. Se dio cuenta de la inmensa riqueza de detalles de que estaba llena su rutina: encuentros con otras personas, visiones de paisajes y situaciones, charlas menos vacías de lo que había pensado, todo ello con un sentimiento contrario al de la inmensa soledad en que siempre había creído que se encontraba. En verdad no recordaba haberse sentido tan bien como ahora se daba cuenta de que había sido. Era como si algo dentro de él se empeñase en negarse a ver todo lo que había allí, y a aceptar el bienestar que lo quería llenar, lo cual podía ayudarle a que la frustración y el enojo no fueran absolutos.

El ánimo llegó a su ser al instante y su mano comenzó a hacer que la pluma escribiese, como poseída por alguna fuerza más allá de su propia voluntad; pero que no iba en contra de ella. En ningún instante sintió ganas de resistirse a esa sensación que movía su mano, pues no era para nada violenta. Era como si la riqueza descubierta en la cotidianidad le mostrase que no hay que pensar en hacer cosas fantásticas e increíbles más allá  del mundo cotidiano, e incluso contrarias a él; que basta con confiar en la belleza de todos sus detalles, que hacían que lo repetitivo no tuviese un lugar dominante en él. No hay razón suficiente para pretender escapar a realidades mejores; simplemente hay que asimilar lo bueno, lo bello y lo verdadero de la propia realidad, la mejor de las posibles, y así, emergerán aquellos otros mundos, sin abandonarla a ella del todo.

 

A partir de ese día, no volvió a intentar escribir algo extraordinario y opuesto a lo cotidiano y, sin embargo, con el tiempo se convirtió en el mejor escritor de literatura fantástica que hubiera nacido en su joven patria: la estrella  Ganz Syngetraumfühlt XXIV.