EN EL UMBRAL DE LA ESTÉTICA JAPONESA

 

Una vez purificados, luego de despertar nuestro tacto con la suave y reconfortante caricia del agua, levantamos la mirada y encontramos en la parte más solitaria del jardín la chaseki, Casa del Té, conocida también como la Residencia del Vacío. De una estructura tan frágil que sugiere la sensación de impermanencia y de vacuidad de todas las cosas, descubrimos que nada en ella hay de simétrico ni de ostentoso, sino que de alguna forma se yergue en perfecta consonancia con el entorno natural.

Cuado nos acercamos, percibimos que la entrada es tan pequeña y tan baja que tendremos que inclinarnos para poder pasar, y lo hacemos con la reverencia y la humildad debida, pues hemos dejado todo nuestro orgullo atrás, como el samurai deja su espada en la entrada antes de continuar. En el interior encontramos la misma atmósfera de calma y soledad que en el jardín: no hay colores brillantes, sino un gris tenue que lo envuelve todo. Al fondo, en el tokonoma (nicho) observamos el kakemono (lienzo de seda con alguna pintura) embellecido por una sutil flor que danza juguetonamente en un asimétrico y pequeño jarrón. En esta sencillo e inspirador ambiente comenzamos a preguntarnos, ¿qué es esto? ¿De dónde viene toda esta inspiración que acomoda las cosas de manera tan precisa y ordenada y, sin embargo, sin excesos ni ostentaciones?  Todo a nuestro alrededor es sencillo. Incluso durante nuestro recorrido por el roji nos fuimos volviendo más sencillos; tan sencillos que parecíamos pobres; como pobre es esta casa en la que estamos, y pobre es el kakemono y pobre la decoración de la Residencia del Vacío. En otras palabras, estamos en Wabi.

Si la cultura china se caracteriza por la practicidad y la cotidianidad, la cultura japonesa la sobrepasa, “se esfuerza en fundir los pensamientos indio y chino en la cotidianidad de su vida diaria, por eso lo transforma todo en algo experimentable en un plano artístico elevado… el japonés posee un gran genio para transformar la filosofía en arte, el razonamiento abstracto en vida, el trascendentalismo en inmanentismo empírico.”[1] El Zen impregnó todos los aspectos de la cultura japonesa, desde el bushido, la pintura, la escritura, hasta el arte del té. Y uno de los conceptos fundamentales para entender el arte japonés es el de Wabi.

Wabi significa literalmente “pobreza.” Ser pobre quiere decir no depender de las cosas terrenales, mundanas, y sentir en el interior de cada uno algo valioso que va más allá de cualquier época y condición social. En la vida cotidiana significa estar satisfecho con poco. En la vida intelectual significa quedar plenamente satisfecho con la contemplación mística de la naturaleza. En este caso aparece el Zen como una disposición de romper radicalmente con toda forma de artificiosidad humana, buscando más bien lo que se encuentra detrás de ella, esto lleva a entablar una armonía con la naturaleza misma, apreciando su simplicidad.

Este sentimiento de pobreza – que bien puede caracterizarse como vaciarse uno mismo, como experimentar el Sunyata – lleva a una concepción de belleza como algo no acabado, como algo carente, incluso vacío: belleza como forma imperfecta, incluso como fealdad.

 

“Aplicando al arte el principio del vacío, alcanza su valor preponderante en la sugestión. No decidiéndolo todo el artista, deja al espectador la ocasión de integrar su idea y es así como una obra maestra verdaderamente grande cautiva irresistiblemente nuestra atención hasta el punto de que creemos formar parte de ella. Descubrimos allí una cavidad, en la que podemos insertarnos y llenarla con la medida toda de nuestra emoción artística.”[2]

 

Ahora bien, cuando esta belleza imperfecta va acompañada de un halo de antigüedad o tosquedad, tenemos lo que se denomina Sabi. El Sabi consiste en “una rústica sencillez sin pretensiones, en una arcaica imperfección, en la aparente simplicidad o carencia de esfuerzo en la ejecución.”[3] Literalmente significa “soledad” o “aislamiento.” Cuando tenemos un objeto en soledad lo contemplamos con cierta grandeza. No se necesita de lo ostentoso, de lo espectacular, es más, rehúye a eso y por lo mismo se nos muestra más grande, más bello. La soledad invita a la contemplación e incluso puede presentarse como algo totalmente miserable, insignificante y lastimero.

Por otro lado, tenemos un tercer término dentro de la estética japonesa, el yugen, que se ha descrito como “lo sutil en oposición con lo obvio; la insinuación en oposición con la afirmación.”[4] Este es un principio que busca señalar, nunca explicar. Es una forma de mostrar que la vida no puede ser revelada o explicada del todo por ninguna técnica artística, sino que hay algo inasible que siempre se nos escapa y hacia lo que el artista nos llama la atención con apenas señalarlo. Ocultando se muestra, y el artista dice más en una breve pincelada que en un intento de plasmar cada uno de los detalles.

De todo lo anterior encontramos que el arte japonés prefiera la asimetría a la simetría. El ejemplo más claro es la arquitectura, donde las principales estructuras – como la puerta principal, el Salón del Dharma, el Salón de Buda y otras – pueden estar trazadas a lo largo de una línea recta, pero las estructuras complementarias – y que a veces llegan a ser de mayor importancia – no aparecen simétricamente ordenadas, sino que pueden encontrarse esparcidas irregularmente.

Puede que los maestros Zen no se caractericen por ser grandes filósofos, pero indudablemente son grandes artistas. Y si hay algo que se encuentre en sus obras es la vida misma. Pero la vida en el sentido de mismidad, de eso y no otro, de Tathata, Sunyata, Absoluto. Y el maestro así los ve y los expresa. De esto se trata la creatividad del artista Zen. “La misión del pintor no es, pues, copiar o imitar la naturaleza, sino conferir a su obra un hálito de vida. Lo mismo ocurre con el maestro Zen. Cuando dice que el sauce es verde y que la flor es roja, no nos está dando una descripción de cómo ve la naturaleza, sino que nos ofrece algo por lo que verde es verde y rojo es rojo.”[5] Sunyata es lo que no tiene forma, pero es el orden de todas las posibilidades, tanto en el arte como en el espíritu, y esto nos recuerda la vacuidad Taoísta, donde hay que vaciarse para que todos quepan en uno.


[1] Suzuki, Daisetz T., Op. Cit. p. 205

[2] Okakura, Kakuzo, Op. cit. p. 47

[3] Suzuki, Daisetz T., Op. Cit. p. 27

[4] Watts, Alan, El espíritu del Zen p. 134

[5] Suzuki, Daisetz T., Op. Cit. p. 35