Cuando la suerte estuvo echada fue publicado por Tlilcóatl.
 
En supuesto la idea del estudio de la Historia es que una vez reconocido y analizado el pasado, se aprenda de él para comprender el presente y avizorar el futuro; dicho ciclo se ve truncado al percatarnos de la incertidumbre con la que caminamos por las sendas del tiempo y de la duda que nos acosa al intentar plasmar algo sobre el libro histórico. El asunto es aún más extraño puesto que mientras se hace Historia –Historia con “H” mayúscula, la historia del día a día es un tanto más nimia, aunque claro que la Historia se compone de historias– no se cae en cuenta de que se está haciendo, es decir, cómo saber que lo que haces en el ahora como una consecuencia obvia de alguna buena causa va a ser algo trascendente, como si el que se estuviera haciendo fuera sólo un hecho más, de este modo las historias no son Historia hasta que algún grupo determinado de hombres arbitrariamente eligen una historia para que se convierta en Historia y quede redactada de un modo, según dicen algunos, fiel y con miras a su permanencia. De igual modo causa extrañeza su estudio, ya que al igual que cualquier otro problema de índole más bien epistemológico, éste conlleva la vacilación; además del peso terrible que carga la Historia como el saber si lo que se lee es verdad y no una deducción más mítica que verídica de lo que acaeció –apelando a la corriente constructivista–; o si creemos que lo que se lee tiene que adaptarse a un contexto espacial y temporal, el estudiar Historia sería un acto totalmente anacrónico, obstinado y en otras palabras, casi inútil. Luego pues, avizorar el futuro, con lo que se ha dicho líneas arribas, deja mucho que desear. –Añadámosle la posibilidad de mirar los acontecimientos como circunstancias meramente azarosas, en donde resulta inasible o impredecible lo venidero–. Ahora bien, parece que la Historia al dejarse plasmada ya sea por una tribu remota con algún gráfico ambiguo o por hombres civilizados en libros con pastas de oro, pretende alcanzar un fin. Nadie escribe sin intención de ser leído, esta es precisamente una de las características de la escritura. Qué fin pretende, esa ya es una cuestión un tanto más oscura que a primera vista podría resolverse con lo antes dicho acerca de su avizoramiento y su presuntuosa comprensión del presente; pero cabalmente no encuentro una razón de verdad para dejar el referido testimonio.
Entonces, en qué sentido se puede tomar la Historia como un estudio serio, bien conformado y constituido por esquemas aceptables, siendo que sus sustentos parecen ser dubitables, no tiene una finalidad práctica de adivinación ni tampoco parece brindar una enseñanza, en el sentido del que tentativamente veíamos una especie de anacronismo. Lo que entrega es sólo especulativo.
Parece que olvidar es la única opción.
La Historia bien puede ser mirada como una bonita narración medio ilustrativa y correctamente redactada, pero de ser tomada así, pierde sentido y casi cualquier película o cuento –sin importar su autenticidad– harían el papel de la Historia –quizá hasta de un modo más didáctico o entretenido–, se creería que para resolver dicho problema se puede evocar a una base empírica que le daría realismo, pero mucho de lo que se halla en la Historia no tiene ningún sostén más que la buena fe. Habríamos que pensar si dicha ciencia se abstiene de entrometerse y mezclar sus conocimientos con intereses políticos o sociales, pero por la salud mental de todos, creeremos que sí –aunque la experiencia nos refiera otra cosa–.
Nuevamente parece que olvidar es la única opción.
No nos alecciona, no nos previene, no nos da sustento, no nos ayuda a comprender, no tiene bases fuertes. Entonces para qué nos sirven la Historia y su estudio. Si creemos –tal como ya lo he escrito acá– que el pasado es lo que nos ha concretado y delineado y que por tanto, ha pasado a ser parte de nuestro Ser, parece tener ya cierto cometido. Sólo que al formar parte de nosotros, en qué sentido ha de ser estudiado.
Recordar, recordar para qué.. parece más difícil que el olvido –salvo ciertas horribles y deprimentes situaciones– y mucho menos saludable.

La cigarra

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