“Eso es lo que se llama hablar.

Creo que ése es el término.

Cuando las palabras salen, vuelan por

el aire, viven un momento y mueren.

Extraño, ¿no?”

(Ciudad de Cristal)

Yo creí que todo iba a ser como era antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Un ambiente muy cordial nos acompañaría de nuevo, después de tantos días de no estar juntos; y es que yo creí que el volver a estar con él nos recordaría los días pasados, la amistad de antes, en la que no importaban las presunciones, la erudición ni las jactancias. Pero es que no contaba con el hecho fehaciente de que ya no somos los mismos de antes. De hecho comienzo a dudar de que alguna vez fuimos quienes decíamos y pensábamos que éramos, cuando creíamos que éramos; antes de saber que éramos (en cuyo caso ya no sé en qué pensaba cuando pensé que sería como antes). Y es que en eso de ser siempre es diferente el creer que el saber. A este último se le tiene en tanta estima, y a aquél se le ve tan mal. Yo no sé por qué, y la verdad no me interesa saberlo. ¡Ya estoy harto de que todos digan que saben todo! Me es indiferente que lo sepan o que no lo sepan. Al fin yo sólo sé que no sé, aunque sé que creo y que en esto de las creencias casi siempre estoy mal. (Y no es que presuma ser como ese antiguo personaje que decía que no sabía cuando era evidente para todos que sí sabía). Tampoco es el caso que yo finja que no sé lo que sí sé, pues todo el tiempo me echan en cara que no sé lo que digo como si lo supiera, aunque estoy seguro de que no lo sé. De esto sí estoy seguro, o al menos eso creo. La verdad es que eso no me importa. Me he dado cuenta de que no estoy aquí para saber, ni lo he estado nunca; a decir verdad (no le vayan a decir a ellos nunca) ninguno de nosotros lo estamos ni lo hemos estado. Pero eso ya no importa. Más bien creo que eso no importa. No me interesa que eso sea cierto o no lo sea.

En fin, yo creí que todo iba a ser como antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Pero un ambiente muy cordial no nos acompañó esta vez. ¿Para qué perder el tiempo diciendo lo obvio? Ya todos lo sabemos. A nadie le importa qué piense yo al respecto. Después de todo son sólo creencias, y esas no pueden ser verdaderas. El criterio para juzgar a las creencias no es el de la verdad y la falsedad. Honestamente, no estoy seguro que las creencias sean susceptibles de juicio, aunque sí estoy seguro de que siempre hubimos actuado como si sí. Ya no importa, y tampoco me interesa. ¿Para qué hablar al respecto? Pura vanidad.

Lo bueno es que no estoy hablando. Más bien todo lo estoy imaginando. Nadie se enterará de lo que imagino, aunque crean saber que sí se enteran por las palabras que ven escapar de mis dedos. ¿Quién lo hubiera dicho? Los dedos son ahora los que dejan salir a las palabras. ¡Y seguimos creyendo lo que ellas dicen! Pero es que, si no lo hiciéramos, todo estaría perdido para nosotros. Mejor dicho, para ellos. Para esos de nosotros que confían en los dedos, como antaño confiaban en la lengua, esa babosa que descansa (o no descansa) dentro de nuestras cavidades bucales (o en algún otro lugar).

Yo, por mi parte, no confío en mis dedos parlanchines. Por lo menos no mientras asumen su papel de parlanchines. Ese papel dado por nadie, sino impuesto por la ausencia de rostros. Esa ausencia que domina todo lo real de unos años para acá. ¡Maldita la hora en que nos dejamos seducir por el anonimato! Ahora nuestros dedos son los que hablan y nadie hay que pueda escucharlos. ¡Pobres dedos! ¡Ingenuos! Ingenuos como nosotros lo somos. Y es que tan sólo de pensar que me estén poniendo atención, como siempre lo hacen. Como piensan que saben que lo hacen, sin hacerlo ni saber que lo hacen realmente. Ya me imagino la expresión en sus rostros, antaño amigables, según mi creencia. Honestamente, lamento no estar allí, para verlos, pero eso es imposible, pues no nos hemos visto desde hace millones de segundos. Segundos que abarcan todo ese espacio infinito que llamamos tiempo por ignorancia. Segundos perdidos. Segundos desperdiciados. Segundos sin importancia. Y son irrelevantes porque los relevantes son los primeros. ¡De los segundos nadie nunca se acuerda! A pesar de que tantos y tantos segundos nos terminan agobiando. Lo bueno es que agobian a los que saben, o a los que dicen que saben; no a los que creen. Y yo creo que creo. Eso no es necedad, por cierto. No vayan a pensar que sólo hablo por hablar. Mucho menos vayan a querer llevarme a una cadena infinito de creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias y así sucesivamente. No vayan a intentar eso, porque los necios serían otros. No yo.

Pero bueno… ¿En qué estaba? ¡Ah, sí! En que yo creí que todo iba a ser como era antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Yo creí eso, y eso no fue. Sin embargo, no tiene caso afligirme ni sentirme mal, pues, como ya dije, eso que creí, como todo lo que creo, no tiene ningún fundamento ni lo tendrá jamás. Así, pues ya mejor no les cuento cómo sí fue todo. Todo fue como ahora, no como antes. Y el ahora no me gusta como me gustaba el antes. Por eso lo mejor será callarme, o más bien callar a mis dedos, de acuerdo con lo sugerido con anterioridad, y esperar a que intenten averiguar cómo es ahora, para lo cual espero que baste lo ya dicho por mis dedos parlanchines y mudos que nadie escucha.

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