Margarita Padilla Rodríguez, Margara, Margot, Negra, amá, abuela. Naciste en un día de mayo, según tu, el 21 porque ese día es muy bonito. Cuando tú mamá, María, te llamaba Margarita a gritos por la vecindad de Santa Julia sabías que era para darte de cintazos con la orilla de llanta vieja. Mientras, tú padre Heraclio bebía en la pulqueria con el Tigre de Santa Julia. Cuando llegaba a casa después de gastarse lo ganado en la carpinteria y llegase a darse cuenta de tus golpes, le ponía una chinga a María. Heraclio, Luis y Manuel fueron los hermanos con los que te criaste, todos más grandes, pero se quedaron en el camino varios muertos en el tiempo en que vivieron en un vagón de tren, llendo de un lugar a otro, además de los que le ayudaste a abortar a María.

A los catorce años, salida de la primaria y en oposición a ser obrera como María quería, entraste en la primera generación de la escuela militar de enfermeras. Ahí aprendiste el oficio que te facilitó la independencia en un mundo que a fuerza de guerras internacionales cambiaba. Ayudada de ver a todos tus hermanos y padres leer, nunca se te hizo extraño el hábito y eras muy trucha para aprender. Desde que inició el seguro social comenzaste otro empleo, ahora por la noche en el hospital de la Raza en infecciosos. Entonces, la ciudad que se abría al oropel del desarrollo floreaba a tu alrededor y las novedades de la modernidad eran accesibles a una mujer que podía pisar fuerte con tacones a las tres de la mañana por San Juan de Letrán sin que nadie la molestara.

Te enamoraste de un tal Luis. ¿La boda? Quién sabe. Hijo de maestros normalistas y de formación castrense. Durante el embarazo de mi padre fueron varias veces a nadar o paseaban por las cercanías de la ciudad. A los dos años de haber nacido mi tió te enteraste de la infidelidad de Luis y lo corriste de la casa. A mediados de la década del cincuenta eras una radiante madre soltera saliendo de los treinta años sin darle cuentas a ningún hombre, en medio de una sociedad que prefería las penosas apariencias. A los niños los metiste a un medio internado durante un par de años y después fueron a la secundaria. MI padre no te daba lata pero mi tió te podía sacar mas canas de las que teñias. Les diste todo cuanto pudiste, eras feliz viendolos comer, entretenidos en la música o saliedo de paseo. Tu no te martirizaste, viajaste por el mundo apenas de jubilaste de la medico militar. Te puedo imaginar en Tokio o Paris, fumando muy pipiris nais con guante y sombrero, acompañada de tu amiga Helen, o de aquel médico que fue tu amante por mucho tiempo y al cual no quisiste como esposo.

¡Ay Margara! ¡Qué barbara! Esos regaños y esas consentidas que nos pusiste a mi hermano y a mí. ¡Ay Abuela! Que no te gusta que te digamos abuelita porque así te sientes chochita. Esa abuela Margara Pacher (Margareth Tacher) que simpre tiene libros y revistas a su alrededor, que te regañaba cuando ponías los codos sobre la mesa, que tiene un afiche de Mafalda y toda la colección, que defiende a los judíos de los palestinos y que sabe que en una pelicula los gringos siempre dicen mentiras, esa abuela Margara que escucha la radio por el día y por la noche, que se queda dormida tejiendo un mantel descuadrado, la que me tejió infinidad de chalecos y mantas.

¡Qué tranza abuela!¡Nos veremos en algún metorito!

Te amo. 

Alberto David.