NOTA: Para comprender el sentido del juego que presento a continuación, el lector debe tener presente la entrada publicada ayer de Námaste Heptákis que podrá encontrar en el siguiente link:  https://ydiceasi.wordpress.com/2011/01/08/abrazos-por-la-patria/

Los pensadores actuales, supongo, no prestan mucha atención a la educación musical, ni a la libresca, pues es de todos sabido que tanto las canciones que entonamos desde niños como los libros que nos cuentan y leemos, también desde antaño, no tienen nada que ver con los modos en que nos comportamos. Los antiguos, que a decir de sus fanáticos no tenían canciones pero sí libros, solían vivir en la más incómoda preocupación por lo que leían: de ninguna manera les daba lo mismo encolerizarse con sus compañeros en la guerra a las afueras de Ilión que compartir el lecho con su madre y matar a su padre; no era lo mismo que sus niños cantaran los versos algún poeta lírico, que tragedias o comedias, pues cada una de éstas son formas musicales distintas que, como suelen decir algunos anticuados acerca de la palabra, colaboraba para hablar de los diferentes aspectos del mundo y así contribuir a la mejor educación de los congéneres. Paralelamente, y lo digo con toda seriedad, despreocupados cínicos mantenían posturas contrarias a las corrientes de pensamiento y actitudes morales estereotipadas, exageradas e hipócritas que llegaban a predominar en la vida cotidiana y civil, en todas las etapas de la de aquélla. En un tono más cercano a nosotros que la antigüedad clásica y, para algunos, caduca, un autor anónimo dijo en varias ocasiones: “¡Qué poca importancia tiene que los maestros presuman de su erudición en torno a la bondad o a la falsedad de la literatura; entre la que interpreta la vida así nada más, manchando y deformando la mayor parte de la personalidad humana, y la que busca con honestidad la transmisión de sentimientos e ideas, sin valerse de fórmulas vacías o lugares comunes, y sin buscar el aplauso farsante de las multitudes, acostumbradas a rendir pleitesía a cualquiera que apele a las situaciones más vulgares y estúpidas que se pueden encontrar!” Los malos maestros, sostiene este original pensador, buscan en todo momento degenerar los asuntos más honorables y dignos, con finalidades puramente egoístas. ¿En qué situaciones sucede todo esto?

A los jóvenes, que se encuentran en pleno camino hacia la conformación de la personalidad, se les enseña a jugar. ¿A jugar qué? La verdad eso es lo que menos nos incumbe. Pensemos en los juegos que renuncian a lo tradicional y que presumen no necesitar de reglas establecidas, y que se basan por completo en improvisaciones. Esos juegos en que cada quien canta lo que quiere cantar, si es que lo que le apetece es cantar y no cualquier otra cosa (como correr, escupir, saltar, golpear o dormir). Lo que debe buscar todo juego es, en ese sentido, respetar la libertad y los gustos de todos los jugadores. Da igual que al principio no se busque un objetivo en determinado o que lo que hacen unos y otros jugadores no parezca tener relación con nada en específico. Lo primordial es mantener viva la pluralidad de opiniones, valorizaciones, intereses y modos de expresarse de los individuos, pues es claro que el mantenimiento de las libertades, de expresión, de pensamiento y de modos de ser, y es lo que más nos humaniza. ¡Y no quisiéramos asumirnos como algo menos que seres humanos!

En fin, todo ese desorden que son los juegos actuales es reflejo del desorden que impera en la mayoría de los demás aspectos de la vida moderna, aunque por fortuna podemos constatar en cualquier momento que no todas las personas se han resignado a entregar sus vidas a imágenes del mundo de este tipo. Siempre nos encontramos en la posibilidad de encontrar, por un lado buenos maestros, que nos ayuden a no conformarnos con el predominio de ese tipo de actitudes y de juegos; y, por otro, juegos que mantengan un orden y lo hagan descansar en un conjunto de reglas o lineamientos que les den sentido, como sentido tiene la propia existencia humana y a los asuntos elementales para vivirla bien.[1]


[1] No debe pensarse, por supuesto, que el orden y el sentido de que se habla aquí no es nada cercano a una pretensión de homogeneidad o univocidad alienadas o enajenadas.