se entretienen con juegos tan humanos

que parecen personas desde niños

Juan de Dios Peza

 

Los filósofos clásicos, es sabido, prestaron cuidadosa atención a la educación musical, pues creían que las canciones que entonamos desde niños tienen mucho que ver con nuestro modo de comportarnos. Nosotros, que a decir de algún filósofo contemporáneo ya no tenemos libros sino música, solemos vivir en la más confortable indiferencia sobre lo que escuchamos: lo mismo nos da seguir siendo el rey que estar tan enamorados de la negra Tomasa; da lo mismo que los niños canten narcocorridos, cumbias o reguetones, son sólo canciones que, como dice todo posmo acerca de la palabra, ni nos hacen ni nos dicen nada. Al mismo tiempo, y sólo lo digo por decir, preocupados puristas se escandalizan por la degradación moral y piden la revaloración de la educación cívica desde las ternuras de la vida. En un tono más cercano a los clásicos que a nosotros, Pedro Henríquez Ureña dijo alguna vez: “¡Cuánta importancia tiene que el maestro sepa distinguir entre la genuina y la falsa literatura; entre la que representa un esfuerzo noble para interpretar la vida, acendrando los jugos mejores de la personalidad humana, y la que sólo representa una habilidad para simular sentimientos o ideas, repitiendo fórmulas degeneradas a fuerza de uso y apelando, para hacerse aplaudir, a todas las perezas que se apoyan en la costumbre!”. El buen maestro, enseña don Pedro, busca enseñar buenas cosas. ¿Qué buenas cosas se enseñan a los niños?

A los niños –todavía- se les enseña a jugar. ¿A jugar qué? A jugar juegos de corro. Pensemos uno muy conocido: la naranja dulce. Para jugar “naranja dulce” se requiere un número de niños impar, de modo que, en el primer canto, se escoja a uno de los niños que quede al centro de un círculo formado por los demás participantes tomados de las manos. Los niños cantan y al terminar la canción se abrazan con otra persona de manera que alguien queda sin pareja, en quedando así el solitario toma el lugar del centro y se vuelve a cantar. ¿Qué se canta? Aquí comienzan los problemas, pues versiones del juego hay al por mayor. Una, por ejemplo, dice:

Naranja dulce,

limón partido,

dame un abrazo

que yo te pido.


Si fueran falsos

tus juramentos

en otros tiempos

se olvidarán.

 

Toca la marcha,

mi pecho llora,

adiós señora,

yo ya me voy.

Algunos añaden una estrofa más:

A mi casita

de sololoy

a comer tacos

y no le doy.

En otras versiones se añaden dos estrofas más:

Si acaso muero

en la batalla,

tened cuidado

de no llorar.


Porque su llanto

puede ser tanto

que hasta pudiera

resucitar.

El cambio más interesante se da, sin duda, en el segundo verso de la indiscutible segunda estrofa. Mientras las versiones más antiguas, que yo he revisado, de la canción dicen “tus juramentos”, las más modernas dicen “mis juramentos”. ¿Qué pasó allí?

Busquemos el significado del juego por estrofas. Tanto “naranja dulce” como “limón partido” son interpretaciones de la vida humana: un abrazo anhelado es un momento “dulce”, es decir que es suave y agradable, placentero y gustoso de llevar; la separación de alguien estimado es, por el contrario, “agria”, no nos gusta por agraz, porque del abrazo deseado nunca tenemos suficiente. Los siguientes dos versos sólo confirman nuestra interpretación.

Segunda estrofa. No se entiende si no nos preguntamos por la causa de la separación. Notemos que el poema nos dice que la otra persona plantea un compromiso trascendente a la separación, por tanto es quien da razones para la separación –no porque falten razones, sino para suavizar el pesar ante lo inevitable, i.e. palabras de aliento- y también para futuras reuniones. El poema narra una separación que se promete temporal y yuxtapone la temporalidad de la separación con la atemporalidad de la promesa (por eso se dice “en otros tiempos”, que no tiene ubicación en una línea temporal), atemporalidad que supone una estructura anamnética del alma. Nuevamente, la segunda estrofa de la “naranja dulce” interpreta la vida humana: nuestras promesas no son proyecciones temporales, nuestro compromiso con la verdad va más allá de nuestra necesidad de efectividad y certeza. La segunda estrofa le enseña al niño a no prometer en vano, a reconocer el justo valor a la palabra.

La tercera estrofa revela la causa de la separación: la guerra (“suena la marcha”). Lo importante es que aquí no se despide el soldado broncíneo que deja un amor en cada puerto, sino un hombre abatido por la separación de su amada (“mi pecho llora”) que, a pesar de su pesar, cumple cabalmente con su responsabilidad civil. Además, la despedida no es lastimera: él se va como caballero, ella se queda como buena señora que es.

Es por el sentido honroso de la tercera estrofa por lo que carece de toda razón enseñarle a los niños la estrofa de los tacos, pues no sólo insulta la civilidad, sino también el amor y el respeto a la amada. Igualmente, el cambio que se da de “tus juramentos” a “mis juramentos” tiene que ver con la poca dignidad que en nuestros tiempos se asigna a la guerra.

Por último, el añadido del soldado caído y la prometida lloriqueante no es más que el giro romántico al poema. Sin embargo, no creo que le sea muy conveniente, pues, a pesar de ser un par de buenas estrofas, resta fuerza a la despedida original.

Enseñar compromiso con la patria, respeto por la mujer amada y el buen uso de las palabras es una buena enseñanza; poco importa que tan buena enseñanza se enseñe en juegos, sólo hay que enseñarla bien. Motivos para seguir enseñando este poema no faltan; quizá lo que faltan son los buenos maestros.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011: 102 ejecutados hasta la mañana del 8 de enero.

Coletilla: Dicen que también habrá gran elector entre los azules para decidir al candidato por la gubernatura del Estado de México, pues tanto la diputada Vázquez Mota, como el senador Ramírez, como el ahora mudado de puesto Bravo le son cercanos.