EL ROJI DE LA TRADICIÓN MAHAYANA

Nos encontramos en un hermoso jardín bellamente decorado. En cada uno de sus aspectos podemos observar la sobriedad y sencillez características del temperamento Japonés que, con gran habilidad, ha logrado crear la impresión de un tranquilo y solitario valle entre montañas. Todo en este lugar nos transmite serenidad y armonía mientras caminamos a lo largo del roji, que es “el sendero que atraviesa el jardín y lleva a la sala del té, simboliza el primer estadio de la meditación, esto es, el de la auto-iluminación.”[1] Con cada paso que damos se va quebrando todo vínculo que nos une con el mundo exterior. Comenzamos a sentir la presencia del vacío, o mejor dicho, nos vamos vaciando de toda artificialidad, de toda pesadez que nos impida tener un verdadero contacto con nuestra propia naturaleza.

En este lugar, donde las cosas parecen ser más bien sugeridas, donde una atmósfera un tanto vaporosa nos despierta los sentidos con viva sutileza, nos surge la pregunta ¿a dónde vamos? Y aunque la respuesta, “a la Casa del Té”, la conocemos de antemano, no es sino una segunda pregunta – una pregunta totalmente sugerida, que se encontraba oculta pero permeándolo todo – la que nos asalta repentinamente: ¿De dónde venimos? ¿Qué ecos son los que escuchamos resonando en la belleza de este jardín y que se pierden frente a nosotros más allá de donde termina el roji que recorremos – ecos de un pasado milenario que parecieran enfatizar la misma vacuidad a la que nos conducen?

Por un lado, los ecos de la vacuidad nos envuelven, a cada paso que damos nos arrojamos al vacío y nos deshacemos de todo lo inútil, lo artificial, lo agregado; incluso nos vaciamos de conceptos, de palabras – especialmente de ellos. Y por otro lado, lo que estamos haciendo es una práctica que nos ayudará a comprender mejor ese vacío que proclamamos como destino final. Estos son los ecos del Budismo Mahayana que encontramos en el Budismo Zen, específicamente lo que se considera el sincretismo Madhyamika-Yogacara.

Para la vertiente Madhyamika la Realidad Última, el Absoluto, Tathata, representa una realidad que trasciende lo empírico y de la cual no podemos decir nada, pues es inefable. Todo concepto y toda proposición que utilicemos para describirla no hacen más que ocultárnosla, pues dicha realidad no se ve afectada por el dualismo y la escisión que fundamentan el lenguaje. La única forma de acceder a ella es a través del desarrollo de la más alta intuición, siendo éste el fin de la vida religiosa. Esta concepción de una realidad vacía de dualismos y de conceptos llevó a los Madhyamikas – encabezados por los estudios realizados por Nagarjuna – a rechazar todo tipo de teorías – como la del karma e incluso la de la causalidad.

“El análisis Madhyamika de que los conceptos son inadecuados para denotar la realidad condujo probablemente al rechazo de la tradición escritural. En conexión con esto, la tradición Zen parece haber ido más allá que los Madhyamikas al rechazar completamente la tradición escritural, ya que los Madhyamikas, aunque consideraban los conceptos como inadecuados para representar la realidad, sostuvieron el valor de lo convencional para un entendimiento de lo “fundamental.”[2]

Por su parte, los Yogacaras difieren de los Madhyamikas al sostener que es la mente o conciencia la que constituye la realidad. De igual modo, aceptan una Realidad Última no constituida por dualidad alguna ni susceptible de conceptualización, que trasciende todo lo mundano y cuya única forma de acceder a ella es a través del éxtasis yóguico más alto, en el que la conciencia logra disolver la dicotomía sujeto-objeto. “Mientras que los Madhyamikas tuvieron poco que decir con respecto al yoga o dhyana, los Yogacaras lo enfatizaron. Propugnaban por retirarse absolutamente de todo siguiendo el tradicional método del yoga.”[3] El Zen, por su parte, aunque asimila profundamente algunas prácticas de yoga y meditación – hay que recordar que Zen significa dhyana, meditación – enfatiza, como lo hacía el budismo en sus orígenes, los límites de la meditación. El buda histórico practicaba la concentración mental no sólo durante la meditación, sino en todo momento, incluso durante sus actividades diarias.

Así, los maestros Zen se vieron en la necesidad de lidiar con un gran fardo de especulaciones Mahayanas impuestas por la tradición misma – de las cuales aceptaron algunos presupuestos, como la concepción de una realidad subyacente, un Absoluto indescriptible, indefinible y vacío. Sin embargo, aunque el Zen de alguna manera representa la culminación de las escuelas Madhamika y Yogacara en China, cada una de ellas parece haber retenido sus aspectos fundamentales desembocando en dos tipos distintos de zenismo. Por un lado está el zenismo de inspiración Yogacara, que postula la “iluminación gradual” a través del cultivo paciente de la meditación. Por otro lado está el de inspiración Madhyamika, que sostiene la “iluminación repentina” y que se encuentra totalmente influido por la concepción del Sunyata (vacuidad). Este último es el más conocido, enfatiza los ejercicios ko’an como medio para llegar a la iluminación y es sobre el que estaremos hablando a lo largo de este escrito.


[1] Okakura, Kakuzo, El libro del té, Trad. Norberto Tucci, Madrid, Ediciones Librería Argentina, 2006, p. 58

[2] Kalupahana, David J., Buddhist Philosophy: a historical analysis, Honolulu, The University Press of Hawaii, 1976,  p. 167-168

[3] Ibid, p. 143

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