A Mario Cornejo, por hacerme partícipe de su sentir

 

 

“Es el amor, ese insondable impulso hacia la belleza,

Lo que provoca a un racionalista querer ser Res Extensa”

Mario Cornejo

 

Hay cosas que definitiva e irreprochablemente son bellas. Pero afirmaría que no hay nada mejor que la belleza que salta a la vista en algún espécimen humano, la belleza del hombre. Aunque también tengo presente que se dice de cierta belleza emocional –interna, como dicen los más– en los hombres, por el momento referiré a la belleza corporal, pues la otra es difícil de juzgar, de encontrar y quizá hasta de distinguir, es ese cúmulo de “no sé qué” que nos hace hablar de filantropía y sazones por el estilo. Sin embargo, como lo he dicho, por ahora quiero que pensemos en la belleza del cuerpo, de las formas y del rostro, no porque sea menos complicado hablar de ésta, sino porque me resulta mucho más amena su mención.

Para comenzar, la pregunta de siempre ¿qué es la belleza? Que diferirá bastante de qué nos parece bello o qué nos agrada, ya que es mucho más abstracta porque evoca generalidad. Para responder a esta cuestión la entrada del Diccionario de Filosofía de Abbagnano recuenta las formas en las que se ha entendido lo bello, rescato en particular la que envía hacia Cicerón y sus Disputaciones Tusculanas, cito: “… En el cuerpo existe una determinada conformación armoniosa de los miembros unida a una cierta suavidad de color, que recibe el nombre de belleza…” (IV, 31). Esa belleza como armonía, proporción y color parece estar ahora tan vigente como lo estuvo para Cicerón. Claro que comparar la proporción en épocas y que fuese la misma para todos los casos, ya es cosa harto distinta. No sé qué tan proporcionada sería Angelina Jolie al lado de la Venus de Milo, por ejemplo. Como sea, no cabe duda de que los estándares de belleza han sido trastocados y modificados infinidad de veces a lo largo de la historia y de aquí que no veamos tan próxima o semejante la belleza de la Venus de Milo a la de Angelina Jolie. El paradigma actual es: delgada en extremo, alta y voluptuosa. Modelo con el cual muchas mujeres salimos poco victoriosas al querer adecuarnos –sobre todo el cuerpo de la mexicana se aleja bastante del paradigma ya indicado– y comienzan los problemas, que van desde cómo comprar ropa extranjera hasta los de salud, como bulimia o anorexia. Y ni modo, lo hemos aceptado sin más, eso es lo que entendemos –o lo que entiende la mayoría– en la actualidad por belleza, aunque ¿qué tanto esta concepción obedece lo que dijimos con Cicerón acerca de la belleza? No creo que mucho si pensamos únicamente en el lado de la proporción y armonía, aunque sí mucho si lo que cambió fue precisamente nuestra visión acerca de proporción y armonía, lo cual está raro, pues modificar lo que se tiene como proporción y armonía ya suena absurdo.

Ahora, si sostengo que para decir de alguien: es bello, corremos a comparar su imagen con la de El David, ya se estoy en un error. Hasta donde sé en la vida cotidiana no sucede de este modo, sólo vemos a alguien y sabemos prontamente si es bello o no, sin necesidad de evocar ninguna escultura ni ningún poster –quizá no evocamos nada, conscientemente. Eso lo digo no sin reservas–. Mas, ¿cómo sabemos que alguien es bello o no? Muchos dicen que el gusto se rompe en géneros, así la belleza del sapo es la sapa y siempre hay un roto para un descosido; pero no sé qué tan verdadera sea esa moción, como lo dije, los paradigmas acerca de lo que será tomado por belleza corporal se han vuelto muy estrictos. Una respuesta laxa sería que se sabe que alguien es bello cuando ese alguien está de acuerdo al modelo. En la vida real basta con que se aproxime un poco, pues los cuerpos esculpidos, brillantes, proporcionados y demás no se encuentran fácilmente, es de suyo no hallarse en cualquiera. El paradigma implícitamente es lo ejemplar, lo perfecto. La belleza corporal es eso, el cuerpo humano con formas armoniosas, deseables, agradables a la vista, en una palabra: perfectas. Qué será tomado por perfecto ya es una pregunta más difícil de contestar.

Regresando a uno de los primeros puntos, en la Antigüedad, la belleza corporal no alcanzaba para fijar que una mujer o un hombre eran bellos o, más allá, se sabía que la belleza estaba ineludiblemente relacionada con lo bueno y lo verdadero. Es decir que lo que era bello, poseía además las virtudes del bien y la verdad. Cosa prácticamente contraria se sabe en estos tiempos, un cuerpo excesivamente bello guarda un interior poco sobrio, uno bobo, vacío quizá. El cuerpo, en algún momento inmemorable, rompió su vínculo con lo que sea que se encuentra en el interior del hombre y se hizo común prestar atención y cuidado a uno solo de estos dos polos, o se era bello o se era bueno y verdadero, se hicieron pues cosas distintas. Se procura uno a merced del malestar del otro y viceversa. La belleza de ahora, nada tiene que ver con ser bueno y verdadero, creo que incluso la vida misma tiene poco que ver con ser bueno y verdadero. Se sabe que alguien es bello porque luce bien y eso sólo abarca el aspecto físico. Luego entonces, la belleza que referimos líneas arriba con Cicerón ¿es aún o se asemeja a la belleza actual? Sí, en el sentido de proporción y demás, pero se aleja al querer verla integralmente con algunas virtudes. El asunto es que en la actualidad eso del lado interno del hombre o los valores y demás, ha sido hipócritamente desplazado por las meras apariencias, y digo hipócritamente porque se pide que todos seamos buenos al tiempo que se exige que debes lucir la belleza externa, y como lo dije, la ruptura entre ambas cualidades es insalvable.

La belleza actual comprende ropa, maquillaje, grandes músculos y cosas por el estilo porque la belleza de ahora se goza, se degusta materialmente también. Se disfruta cuando se da. La belleza por antonomasia –ahora– es la hechura plenamente constituida; la complexión de carnes con cadencia, de rostros alineadamente formados y de sonrisas de comercial. La belleza de ahora es superficial, de afuera. Y pocas cosas hacen menester para componer lo externo, lo verdaderamente complicado –razón por la que en lo personal creo que se ha tergiversado la idea clásica de belleza– es formar lo propio del interior, lo que señala al hombre como tal sin relacionarlo con su carne.

Entonces ¿cómo decidir si alguien es bello o bella? Nos haría mucho bien justificar la belleza al lado de El David o La Venus de Milo en cuanto a lo externo compete y en cuanto a lo interno, quién sabe qué tan bueno o en qué ocasiones se debe preguntar. Empresa titánica será encontrar a alguien con los atributos de tales modelos, estoy casi segura que no los habrá. Que quede claro, empero, que la belleza de bisturí o de ropa de exclusivos diseñadores no es belleza legítima, es belleza creada, falsa, irreal. Se supone que la belleza de verdad debe ser innata, se es bello de formas y de rostro o no y punto.

La cigarra

Anuncios