Normalmente una de las facultades del hombre más estimadas, apreciadas y defendidas por doquier y por casi todos, es la libertad. Existen múltiples discursos acerca de si la libertad es o no un derecho natural e inalienable que tienen todos los hombres, si implica responsabilidad y qué tanta, si tiene o no límites, si estos límites son impuestos o naturales, si es necesario que alguien la reconozca para ser tal, si juega un papel importante dentro del desarrollo de la personalidad humana, o bien simplemente de si existe o no existe. Quienes se ocupan de reflexionar todo esto dan argumentos a favor o en contra de cada una de las posibilidades. Podemos decir que de la libertad se ha dicho prácticamente todo.

Sin embargo, en la vida cotidiana todos suponemos que somos libres de unas y otras cosas, prácticamente hablando. Negar la libertad sería una osadía, pues quien lo hiciese seguramente sería tachado de imperialista, tirano, injusto, inhumano, o cualquier otro epíteto de la misma clase. Además, quienes llegan a ponerla en entredicho, parten del hecho de que, por lo menos aparentemente, ella sí existe. En fin, unos y otros discursos parten del supuesto de que efectivamente hay algo así como la libertad, y que es la facultad que tiene el hombre para obrar de tal o cual manera, de decidir entre varias opciones, de elegir una de ellas; por ello, se le asume como íntimamente relacionada con la voluntad, entendiendo a ésta como la gana o el deseo de algo, de cualquier cosa; de vivir como se quiere vivir.

Por todo lo dicho, es común abordar la cuestión de la libertad, a partir de visiones éticas o políticas, o inclusive antropológicas, es decir, con límites claramente dentro del ámbito del humano hacer.

Sin embargo, lo más probable, a mi parecer, es que todos ellos se equivoquen, pues es algo evidente que la libertad es un asunto que compete a otro tipo de seres. No a las plantas ni los animales; no a los microbios ni a los macrobios; no a los demonios ni a los ángeles; ni siquiera a los minerales o a los monstruos voladores. La libertad es algo que tiene su explicación, justificación y demostración en el reino de las formas abstractas, allí en donde habitan los números, las letras, las gráficas, las ideas, los conceptos, los rombos, trapecios y los signos de puntuación. La libertad es tan abstracta como todos los entes mencionados. Es por ello que no tiene sentido pensar en ella desde lo humano, aunque no deje de ser cierto que lo humano tiene que ver con conceptos, rombos y signos de puntuación.

Hay que aceptarlo de una vez por todas, eso de la libertad no tiene solución. No tiene sentido que nos peleemos unos con otros por eso de la libertad hasta la muerte. Ni que la defendamos en coloquios que reúnen eruditos al respecto. Ni siquiera que inventemos cuentos que a ella se refieran o que dediquemos nuestra vida, nuestros esfuerzos y nuestros desvelos, nuestra tinta y nuestro papel a encontrar respuestas a lo que ella es de una vez por todas. Lo único que importa, después de todo es seguir viviendo, o muriendo, o leyendo o sufriendo o nadando o cantando o aburriéndonos o divirtiéndonos o yendo o viniendo; o todo lo anterior e incluso más.

NOTA:

En relación con el título, sabemos que la Asociación de Discursos Inaugurales de los Festivales de nuestra ciudad seguramente encontrará ciertas contradicciones referentes al honor y a la guerra, así como a la memoria, a los caídos y al uso de los paréntesis (()); sin embargo, el Comité redactor del festival, por razones de espacio en la publicación original en la que apareció por primera vez, consideró necesario presentar un título más breve. El título completo del discurso arriba presentado es “Discurso inaugural del primer festival anual en honor de la memoria de los caídos en las guerras entre los libertarios, los deterministas y los libertinos (estos últimos con ventaja indiscutible debido a la carencia de compromisos con quimeras de ningún tipo, asunto que los otros dos grupos de personas no logra dejar de hacer ni entender)”. El fundamento legal  para la mencionada reducción se encontrará en los artículos 7°, 8°, 34°, 127° y 129°BIS, de la Ley Federal de Redacción de Discursos que Tengan que Ver con Algún Asunto de Interés Nacional (LFRDTVAAIN), publicada en el Diario Oficial, el 29 de febrero de 2154.