Qué tristeza amaneció,

cómo de pronto las cosas tuyas,

los sitios que recorríamos

siguieron allí, deshabitados.

Elsa Cross

 

Recogido en un cuarto vacío, busco orden pensando. Nunca antes había encontrado sentido a la nostalgia navideña; sólo ahora, primeras fiestas sin mi abuelo, me acerco a entenderlo. Titilan en mí fugaces recuerdos que fingen una serie espiraloide de foquitos multicolores. En uno de ellos me veo con claridad junto al hombre que me educó. Es la primera navidad tras la muerte de su madre. Temprano, por la mañana, me pidió lo acompañara al panteón –él nunca dijo cementerio; dejo para un perspicaz filólogo la elucidación de la diferencia- para que después lo ayudara a cargar el vino de la cena. Fuimos a la tumba de la abuela; él no rezó, sino que practicó la fe más real que yo le vi: limpió la tumba de la abuela y sacudió el polvo con sus manos –yo veía caracoles. Terminó la limpieza, vio al frente, dejó flores. Camino al vino le pregunté si acaso no le daba tristeza que fuera navidad y no estuviera mi bisabuela; “no podemos hacer otra cosa”, me contestó, “con fe y adelante”, añadió. Después, la cena navideña fue, como todos los años, la misma; la familia reunida en la mesa por esa única noche parecía suspender el tiempo en el regocijo del acompañamiento; hubo allí, al menos, alguna razón para la fe.

Si acaso hay una imagen eterna de la nostalgia, esa es Odiseo. Nosotros, hombres que vemos diluir entre los dedos los restos mortales de la patria, no podemos sentir una nostalgia como la del itaquense: nuestro hogar ya no es político; habitamos momentos breves, estamos de paso en pocos poco variados sitios, recorriendo una vida más prestada que nunca. Nuestra nostalgia no es por la patria, quizá tampoco por los seres idos, sino que es por la vida, por la oportunidad de vivir acompañado en una pausa al menos breve en medio del trajín diario. La nostalgia navideña parece nostalgia por la verdadera fiesta, como si fuésemos sabedores que, de darse realmente el regocijo del acompañamiento, tendremos que volver a la misma triste vida de quien no se recrea en lo que hace. Al tiempo, sin embargo, la nostalgia navideña también es la oportunidad de reencontrar alguna razón para la fe, para que se nos muestre el principio de la oportunidad de recrearnos en las actividades diarias, para que tenga sentido seguir adelante.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla: Hemos visto durante los últimos días la descarada construcción de una tiranía en Venezuela, bien haríamos en apoyar en lo posible a los grupos opositores al chavismo, tan duramente reprimidos en su patria. Por otro lado, pasó casi desapercibida la muerte de don Valentín García Yebra; que encuentre feliz recuerdo. Y por último, ¡qué falta nos hiciste este diciembre, Germán Dehesa, que no hubo nadie que nos avisara sobre el peligroso recorrido de esa horrible mezcla de aserrín y melaza que es el fruit cake!

Anuncios