A muy pocas personas les gusta hablar de sus sentimientos. Es obvio, quién quiere mostrar a los demás sus debilidades, si todo esto es finalmente un combate no hace ningún bien informar al enemigo de los quebrantos más hondos. En lo personal tampoco me gusta, sin embargo se me facilita, siempre puedo escribir con fluidez cuando de hablar de mí y de lo que siento se trata. Quién sabe, quizá eso de exponerme y dejarme susceptible sea lo mío, mi estrategia de batalla. Si es buena o no, es algo que la experiencia se ha encargado de mostrarme y a juzgar por todo mi entorno emocional no ha sido francamente la mejor.

Siempre he creído que los argumentos sostenidos por esos libritos baratos que pretenden ofrecer la panacea sentimental en frases prefabricadas y lugares comunes son sencillamente risibles, absurdos, poco inteligentes “…Encuentra el amor en ti mismo y lo encontrarás en los otros…” Sí, claro, desde luego, el remedio a cualquier mal se encuentra en mi interior, sólo que soy lo suficientemente idiota para lastimarme voluntariamente. Si supiéramos la respuesta, si la cura estuviese en cada uno, si haciendo caso a la veleidad del corazón todo fluyera con tranquilidad y sosiego pleno, nadie dudaría un minuto en aplicar lo consabido con tal de llevarla mejor. Pero en realidad no es tan fácil. Placer y dolor, así se conduce la vida misma. Insisto, parece fácil, si duele lo desechamos y si gusta lo hacemos cotidianamente, nadie confundiría el sentimiento devenido de una situación placentera con algo doloroso. Pero sólo parece, pues la confusión acontece y mucho más a menudo de lo que un sano sentido común podría aceptarla. Hay cosas que irremediablemente duelen y que no se pueden desechar aunque así se quiera  “…Si quisieras, podrías…” Otra frase más, pero que quede claro que voluntad no representa omnipotencia. Duele y aquí está o me causa placer y lo único que quiero es que se mantenga alejado. Así, de la única manera en que puede vivirse es agónicamente, agonía como la que escribe Unamuno, agónico de lucha, de pugna, de contrariedad. No existen tales respuestas, tales instrumentos, no hay solución a los males, si los hubiese de verdad hace años habría terminado la soledad, la desilusión, el dolor, pero no, estas podredumbres rondan sempiternamente nuestra parsimonia.

La modernidad trajo consigo mucho de lo que ahora se ha denominado la parte emocional y/o afectiva del hombre, mas contrariamente trajo también las ganas de no hablar de ella, pues la concepción de la vida como campo de batalla vino con la idea moderna de lo que es el hombre también. Hablar de lo que uno siente de verdad es quedar voluble, presentarse a sí mismo frente a la pared de fusilamiento. Para qué expresarle a alguien o a algo lo que se siente realmente por tal, si lo único que vendrá de vuelta será desdén, abucheo o rechazo. Los libritos baratos aquí dicen que no hay que temer “…Mientras yo me quiera a mí mismo, qué importa lo que sienta el mundo por mí…” No, no es posible, claro que importan los demás, claro que debo temer a lo que sienta o dejen de sentir los otros. Animales políticos al fin. Me debo –subrayo: debo– manifestar aterrada de sentir algo por alguien y que ese alguien no sienta lo mismo por mí, debo temer profundamente su rechazo y si sucede tal, debo entristecer tanto como me sea  posible. Por favor, que tire la primera piedra aquél que nunca se ha sorprendido a sí mismo en una tristeza por algo que en cierto momento representó placer. Abandonar o ser abandonado del cómodo lugar del placer es triste, verdaderamente triste.

El dolor es perjudicial precisamente por eso, porque duele. Cualquier ser humano –que presuma ser tal– está condicionado a sentir dolor. Duelen muchas cosas porque deben doler. No somos los demás y toda nuestra vida no puede girar en torno a los demás, cierto,  pero sí debemos adolecer por los  demás. No todas las respuestas, los consuelos ni las fortalezas las tenemos nosotros mismos, qué sentido tan fútil tendría una vida así. Muchas están allí afuera, en los demás y si yo esperaba que determinado sujeto me ofreciera una respuesta, un consuelo o una fortaleza y eso no sucede, me debo sentir mal por ello. Estoy en todo mi derecho de sentirme muy mal, es mi naturaleza pues. De lo contrario no sería humano, un remedo de humano cuando más. Debe doler, debe doler tanto como la situación lo amerite.

La cigarra

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