Por A. Cortés:

No recuerdo cuándo comenzó, sólo sé que un instante de aquellos ya estaba yo inmerso en las palabras de la discusión como si fueran el cauce rapidísimo de un río furioso, y no tuviera tiempo ni fuerza de asirme de alguna rama salvadora. Esta conversación iba a terminar conmigo, ya podía escuchar entre las salvajes bocanadas de aire y agua cómo rompía cercana la cascada.

Creo que me gritó pidiendo respuesta, pero sólo resonaba el tono agudo con el que había pronunciado después: “¡Si no tenías ni idea entonces ¿por qué volteaste a verme como si supieras?! ¡¿No te das cuenta de lo que pude hacer?!” Pero no lo hizo. No entiendo ni nunca entendí de qué forma podía ser yo responsable por el fin de tan escabrosa escena, pero sé que si las cosas hubieran salido de otro modo habría sido yo a quien se le doblara la espalda de culpa. Él, Azahim, con la daga empuñada y el filo sediento bebiendo a escasas gotas de la tacaña piel, temblaba acaso más que el hombre que habíamos capturado. Un antiguo soldado de la Orden, debía de ser: su gesto grave y su porte orgulloso no eran de la estatura de un cobarde a quien se le acerca la muerte, y Azahim era exactamente el retrato opuesto, con su semblante quebradizo y sus brazos flacos tensándose como las sogas de un barco velero. El captor asediaba con el filo de su miedo al severo cautivo; pero algo tenía en sus ojos este extraño, algo como una confianza que se transparentaba dentro, más allá de los dos puntos negros quietos y pesados. El suelo terroso escondía con vergüenza las gotas del frío sudor que caían de la frente de Azahim.

“Calma, le dije, nadie dio la orden. Déjalo allí.” Con un retraso ceremonial, pero inútil, la hoja fue alejada del cuello por muy poco hendido, ¡y con un suspiro cortado por la mitad cayó al suelo! En un salto felino, el soldado asió por la boca la cara de Azahim, a quien no podían abrírsele más los ojos sin escaparse, y un crujido me conmovió; los nudos malhechos de las sogas que debían apretar las muñecas habían cedido y ahora yacían recostadas y revueltas, queriendo ocultar su fracaso. Corrí a salvar a mi amigo pero fue tarde. “Nikaff…” alcanzó a decir por último. El soldado repitió mi nombre con la puntería para decir el “kaff” con el cuerpo cayendo secamente al suelo. Estaba por irse sin prestarme ninguna atención, y le pregunté “¿por qué lo mataste si no era una verdadera amenaza?”

Volteó a verme resuelto, y por segunda vez me nombró. “Tu nombre me suena hueco, como todos los nombres del norte. Quizá debiste mentirle a tu amigo y salvarlo. Ahora en vez de ser yo, ustedes terminarán secos por el Sol y comidos por los perros.”

“¡No puedes hacerme daño, soy un hombre de fe!”, le dije mientras daba pocos pasos hacia atrás. “Soy lo mismo que un santuario, y tus amenazas son sacrilegio.”

La frase molestó profundamente al soldado. Del suelo recogió la daga pintada con su color y su gesto se torció con el disgusto. “No existe tal cosa como la fe, no eres nada.”, dijo.

“¡Te salvé la vida, es justo que respetes la mía y te vayas de aquí!”

“¡¿Acaso sabes lo que mereces mejor que lo sabía tu amigo, o mejor que lo sé yo?!” Cerró el puño con fuerza sosteniendo el arma.

Titubeé.

“Si tus supersticiones te van a servir de algo, más vale para ti que sea ahora mismo. Si hay vida después de la muerte, te probaré con la tuya que tus cuentos no salvan a nadie.” Y gozando su propio chiste, hizo una mueca que pronunció todas las líneas de su cara.

“¡Detente, no es mi ira la que provocas!” Escupió en el suelo. Como leche hirviente subió por mi espalda un cosquilleo violento que confundía la desesperación con la esperanza: tenía que sostenerme sabiendo que nada había que este hombre pudiera hacerme, y no habría protección más efectiva; pero cuando dije eso observé el velo negro en sus ojos que se divertían más con cada espasmo mío. Lo supe entonces: yo tampoco creía en los dioses.

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