“Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano?¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó “No te digo siete sino hasta setenta veces siete.”

Mt 18: 21-22.

Perdón es un término que escuchamos con frecuencia, con una naturalidad impresionante lo empleamos cuando interrumpimos el discurso de alguna persona que nos dirige unas palabras o cuando hemos realizado algo sin querer, como tropezar, por ejemplo. Así pues, pedimos y otorgamos perdones por lo voluntario, como la interrupción, y por lo involuntario, como el tropiezo. Tan cotidiano es el uso del perdón que podríamos juzgarlo a la ligera como algo que fácilmente se pide y que fácilmente se da, sin importar si el acto por el que se pide perdón y se perdona es voluntario o involuntario.

Esa ligereza de juicio respecto a la facilidad con la que se otorga el perdón, proviene de la consideración del mismo como una obligación, debemos perdonar para ser perdonados cuando así lo solicitemos. Así lo reza el Padre Nuestro cuando se pide perdón a Dios por las ofensas cometidas contra él, perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Y considerando que nuestra formación respecto al perdón es predominantemente cristiana, no es de extrañar que casi nadie se detenga a pensar respecto a los problemas que supone el perdón, en especial cuando éste es el fundamento de la anhelada paz con la cual la mayoría aspira a vivir algún día.

De hecho, vemos que incluso hay actividades realizadas para propiciar el perdón de las ofensas, como la Comisión para la verdad y la reconciliación en Sudáfrica, cuyo lema es “sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón” y que buscó sin muchos resultados la formación de una comunidad mediante la distribución de justicia. Que la víctima de una injusticia pueda perdonar a su victimario al grado de convivir con éste como si nada hubiera pasado, nos muestra algunas de las dificultades que hay tras el perdón, veamos lo que esto nos puede decir respecto al asunto que aquí nos ocupa.

Quienes acostumbran a dar y pedir perdones, suelen decir que perdonar es olvidar, es decir, no recordar las ofensas recibidas por parte del otro. Y en tanto que perdonar es no recordar, el perdón implica no traer una vez más al corazón el dolor provocado por una ofensa, ya sea esta voluntaria o involuntaria; pero si pensamos un momento en que el olvido no necesariamente es algo que de a voluntad podemos preguntarnos con justa razón qué tan voluntario es entonces el acto de perdonar.

Si pensamos al perdón como un deber al tiempo que lo asociamos con el olvido, entonces es claro que éste es imposible como un acto voluntario, es decir, que es un deber que sólo se puede cumplir en la medida en que la divinidad nos otorga la gracia de olvidar aquello que nos ha ofendido. Pero, si el perdón es algo que se concede por gracia, ¿acaso ha de ser la gracia divina la que nos lleva a pedirlo?

Quizá si no somos tan estrictos en lo que implica el olvido con el que se ha relacionado al perdón podamos comprender el aspecto voluntario del mismo; ante una ofensa recibida se pueden hacer tres cosas, resignarse a padecerla, perdonar y vengarse.

Mantenerse resignado a padecer algo no necesariamente es perdonar, simplemente es verse imposibilitado para cambiar las circunstancias que se están viviendo y llamar esto perdón, a menos que se tenga la posibilidad de dejar de ser ofendido se puede hablar del perdón como algo que otorga quien perdona, es decir como algo voluntario.

La venganza supone la posibilidad de no padecer más una ofensa recibida, y de hecho supone la búsqueda constante de justicia, es decir, que el otro pague los daños causados con sus actos ofensivos, sean estos voluntarios o no, y regularmente el pago por tales daños radica en recibir daños parecidos o mayores a los causados inicialmente.

El perdón, pensado como acto voluntario, tiene cabida en donde tiene cabida la venganza, pues supone la posibilidad de no padecer más una ofensa recibida y tomada como una injusticia y la decisión de no cobrar el daño recibido con dicha ofensa, la cual no supone olvido en tanto que dejar de recordar lo padecido, pero sí supone hacer a un lado la deuda contraída por el ofensor.

Así pues, el perdón que otorga quien decide ya no buscar venganza no supone una lucha contra la memoria y el recuerdo en una búsqueda constante del olvido, así como tampoco exige de la víctima el convivir con su victimario como si nada hubiera sucedido, es decir es limitado, pues quien perdona espera que el otro no lo vuelva a ofender.

Maigoalida.