“Ah, sahib, después de ésa son todas tortugas”

Cuento hindú.

(Fragmento citado por Geertz [1987])

 

A continuación abordaré el problema de la cultura desde un marco tentativo en construcción para una investigación que tratará los problemas del poder y la dinámica social, sus problemas de sentido y las categorías en juego. Éste solo funcionará temporalmente como punto de inicio para aprehender y manejar una parte que podría ser el cimiento del marco final de la investigación, o un buen comienzo para saber por dónde no continuar; o, sí, pero bajo una selección de textos más certero.   

Mi proyecto de investigación trata acerca de movimientos sociales, sobre todo aquellos relacionados con la ciudad. Aunque no he determinado el sitio y las personas sobre las que se desarrollara la investigación, este trabajo comprende dos de las posturas que me llamaron más la atención. He decidido tomar estos dos autores, primero por el foco que ambos le dan al control social simbólico y sus implicaciones significativas, y segundo, por el acercamiento etnográfico que proponen, la descripción densa de situaciones micro y la atención que juegan los símbolos y códigos clasificatorios y clasificadores en la vida diaria.  Comienzo por revisar brevemente una definición de cultura que me es muy próxima pero que está en contante construcción.    

La diversidad de formas de entender la relación entre las teorías de la cultura y la antropología pone en práctica no sólo la dinámica al interior de la disciplina, también recrea la propia historia de la antropología y sus practicantes. En la historia de cada antropólogo, la categoría de cultura resulta una relación en continua tensión, en redefinición constante, a veces duradera con la propuesta de algún autor o corriente, a veces fugaz y provechosa.

En mi travesía antropológica, acudí los rasgos bastante generales que entresaqué de Sahlins, quien dice que la cultura es una cualidad distintiva de los humanos, la cual organiza tanto a las cosas como a la vida de los individuos, en una suerte de esquema significativo concebido por nosotros mismos y que “confiere a cada modo de vida las particularidades que lo caracterizan” [Sahlins, 2006:9]. Así se vuelve objeto teórico por excelencia de la antropología, llevándola al campo de la significación tanto de la experiencia como de las concepciones del mundo que caracterizan, entre ambas, cada modo de vida humana en colectivo. Tomando en cuenta que las condiciones materiales son indispensables, la cultura las objetiva y las hace necesarias. Les proporciona su unicidad y sus particularidades, no sólo para mitigar sus necesidades materiales de forma directa sino para reproducirse “[…] a sí mismos como determinados tipos de hombres o de mujeres, clases y grupos sociales, no como organismos biológicos o acumulaciones de organismos” [Sahlins, 2006:168].

De aquí quiero partir en una revisión de dos posicionamientos que se ubican en la frontera  de ambos proyectos propuestos, universalistas y relativistas, el de Mary Douglas y el de Clifford Geertz. Para establecer un marco mínimo de dialogo plantearé en dos aspectos los puentes teóricos entre ambos, la cultura y la clasificación social que emerge de ella.

Cultura y semiótica.

Las propuestas teóricas acerca de la cultura han vertido al discurso de las ciencias sociales una de las posibilidades de entender las relaciones de los seres humanos y las implicaciones simbólicas sobre su entorno. Para Geertz la cultura se puede caracterizar como tramas de significación” [Geertz, 1987:20],  que el hombre mismo ha tejido de significaciones superpuestas en estructuras jerarquizadas. En el concepto semiótico de la cultura, como “sistemas de interacción de signo [símbolos] interpretables”, dice que “no es una entidad, algo a lo que puedas atribuirse de manera causal acontecimientos sociales, modos de conducta, instituciones o procesos sociales, la cultura es un contexto dentro del cual pueden describirse todos esos fenómenos de manera inteligible, es decir, densa” [Geertz, 1987:27]. Así, el hombre está dirigido por estructuras culturales o sistemas de símbolos significativos, las cuales son la condición misma de su humanidad, podemos entender que éstas tienen una caracterización como  clasificación simbólica del entorno social que delimita al igual las posiciones de cada grupo y sus posibles acciones [Geertz, 1987:52]. 

La exposición de los avatares de la producción antropológica a través de la descripción etnográfica, me parece un paso excepcional para la antropología. El acento de la investigación en y no de comunidades o pueblos abre una crítica a la  pureza de la autoridad etnográfica. Hecho nada despreciable al revisar la historia de la disciplina pues, sumado a la intensión de entender los sistemas simbólicos en los propios términos de los actores, entonces la actividad etnográfica adquiere un peso ético diferente desde las implicaciones metodológicas hasta las conceptuales. Porque a su vez significa comprender cómo piensan y sienten aquellos que superficialmente están cubiertos por un halo de opacidad, colocándolos en una accesibilidad y contextualizándolos en sus propias trivialidades sin reducir sus particularidades. A esto se le puede llamar adoptar una posición donde las formulaciones sobre sus sistemas simbólicos están orientadas a la función del actor, es decir atendiendo a los valores e interpretaciones que asignan a su realidad.

La focalización en el actor por la conducta que le es significativa para tales o cuales acciones o cosas y del uso al que se orienten, demuestra que estos sistemas son accesibles empíricamente para la interpretación antropológica y son materia para realizar una lectura analítica. Esto conlleva  a una mirada de manera microscópica [Geertz, 1987:32-33], es decir imbuirse en cuestiones extremadamente pequeñas y concretas para poder abarcar contextos más amplios y análisis más abstractos. El movimiento de las verdades locales concretas a las visiones  generales y abstractas se encuentra un problema metodológico solo delimitable sí se ve a la acción social como significativa más allá de su apariencia misma. El traslado de la atención por el consenso de toda la humanidad hacia el detalle cultural implica un peligro de menor inteligibilidad en correspondencia con hechos estructurantes de la realidad social y sus implicaciones en el ambiente “micro”.

Para reflexionar, la cultura se puede comprender mejor como serie de mecanismos de control, ya sean planes, reglas, recetas, formulas o instrucciones, y no como esquemas concretos de conducta [Geertz, 1987:51]. La posibilidad de la cultura vista semiológicamente pone a los símbolos en un juego social fundamental puesto en práctica bajo las determinantes culturales. Como mecanismos de control, la cultura,  nos plantea que el pensamiento humano es social y público, y nos sugiere que el poder de la distinción y clasificación reclama su lugar.

La objetividad de la descripción densa de la cultura es para él un elemento que no está en duda, mientras signifique el producto de una actividad especializada y meditada a través de los conocimientos antropológicos. Esta herramienta metodológica del proceder etnográfico debe impulsarlo a la búsqueda de las correspondencias significativas entre lo que dicen los actores y lo que piensan de lo que hacen. Toda esa labor debe ponerse a prueba a través de la revisión etnográfica y su corroboración comparativa con aquellos trabajos que revisen los mimos lugares o temas, aunque la similitud entre elementos sea también un motivo de refelxión.

Símbolos, códigos y rituales como formas de clasificar.

La tensión en la clasificación de los órdenes del universo es contemplada por Douglas para determinar aquello que se encuentra fuera de clasificación, lo anómalo, aquello que está fuera de la regla. Ella busca la operación que implica a las categorías sociales y sus dinámicas, “la contradicción entre la santidad y la abominación que dé cabal sentido a todas y a cada una de las restricciones particulares” [Douglas, 1973:67]. Para Douglas los problemas que identifican la norma distanciadora con respecto al origen fisiológico del cuerpo, se encuentran en la dimensión social de las expresiones de funcionamiento y la actitud para con los residuos del cuerpo. Esta tendencia opera por medio del control físico, donde las funciones orgánicas se ocultan, se marginan, para revestir con la apariencia de dignidad.

Douglas ve al símbolo como convencionalismo, como un producto mental envuelto en un juego, un esquema para adquirir sentido solo en medio de otros símbolos; sus diferencias se ahondan entre ellos y su paso por la estructura social que los diversifica. Su propuesta se rebela contra el carácter autónomo con respecto a la estructura social que enaltecían los teóricos del signo lingüístico. Afirmando que las relaciones sociales ofrecen el prototipo para las relaciones lógicas entre los objetos, propone teóricamente que la percepción de los símbolos en general y la interpretación de ellos está sujetos a un determinante social. Así los símbolos no son independientes a la dinámica social, en ella se llenan de sentido y diferencia. Para ella, el sistema de símbolos naturales responde al tratamiento y actitud con respecto a la imagen del cuerpo que se muestra de diferentes formas para reflejar y acrecentar la experiencia social de cada persona. 

Su discusión acerca del ritualismo y el anti-ritualismo viene al caso para entender la implicación del habla, las condiciones sociales y culturales que clasifican los papeles a reproducir entre colectivos humanos, interactuando constantemente dentro de estas clasificaciones. El ritual es parte de los fenómenos que atañen al mundo moderno y a las sociedades pequeñas y aparentemente primitivas. Es una “apreciación exaltada de la acción simbólica, apreciación que se manifiesta, primero, en la creencia en la eficacia de los signos instituidos, y segundo en la sensibilidad con respecto a los símbolos condensados.” [Douglas, 1978:27], o, “se interpreta como una preocupación por manejar los símbolos correctamente y por pronunciar las palabras indicadas en el orden adecuado.” [Douglas 1978: 29] 

Vemos entonces al ritual como una forma de comunicación, transmisor de cultura que se engendra en las relaciones sociales a través de procesos de selección que ejerce un efecto restrictivo sobre la conducta social. Esta comunicación está basada en la uso de símbolos que pueden clasificarse de varios modos. Los símbolos condensados son la simbolización de estructuras sociales complejas, de un sistema de símbolos denso y articulado que se ocupa de la organización y orquestación a una escala cósmica. El símbolo difuso es el que abarca una amplia gama de referencias que producen respuestas altamente emotivas y lleva a dificultar las connotaciones precisas.

En la cosmología del control que atiende Douglas, la correspondencia entre códigos lingüísticos y las formas de su uso por los individuos expone la capacidad de estos como símbolos reguladores o canales de poder. La variación entre las legitimaciones sobre la eficiencia del ritual o de las de la estructura del sistema de creencias expone la capacidad de los sujetos por interactuar con las clasificaciones que les son dadas. Las formas de habla en estas condiciones, son expresiones de tipos de códigos lingüísticos que están enraizados en la estructura social inmediata y sus diferencias son según la relación de cada código con el contexto social. Encuentra que sus articulaciones tienen una doble función, primero, transmitir información, segundo, expresar la estructura social para embellecerla y reforzarla. Para aclarar su cuadro presentado basándose en el de Bernstein, pone al los códigos de lenguaje y las formas de habla como una coordenada X vertical continua que va de los códigos restrictos (arriba), compartidos por los sujetos más próximos, que no necesitan explicación, llenos de símbolos condensados; cargados de la función reforzadora; a los códigos elaborados, (abajo) especializados y profesionalizados, producto de la división social del trabajo, donde están presentes símbolos difusos, liberado y hasta controlando la estructura social [ Douglas 1978:76-82].

Así, el ritual es una modalidad del código restricto. Es una forma de articulación verbal o no cuyo significado está implícito. Para interpretarlo hay que observarlo en la relación de actos simbólicos y contexto social ya que está codificado en extremo, cada elemento se organiza de acuerdo a categorías preestablecidas. En su léxico encontramos significados que son locales y particulares. Sintácticamente es asequible a todos los miembros de una comunidad. Sintaxis rígida y de poca variación. Cada ritual realizado reafirma las categorías sociales de forma externa y física. Cuando lo encontramos en la familia posicional del extremo donde se encuentra con el código restricto se expresa en símbolos condensados usados como orientaciones cósmicas y directrices morales, donde el culto religioso es familiar y fijo, dios es conocible por sus atributos manifiestos socialmente ya que no hay códigos que verbalicen la relación.

La causa del antiritualismo la define entonces, como el proceso de socialización donde educación no interioriza un esquema de status social ni experimenta un control autoritario que exalte la propiedad evidente de todo sistema social que consista en exigir obediencia. No se ha educado en contacto con los símbolos de solidaridad y jerarquía, y en consecuencia, se le ha aislado de una experiencia estética. Hay una búsqueda de religión ética a través del vocabulario amplio y apropiado para la introspección y la expresión de los sentimientos. Y la justificación en obras en beneficio de ya sea la humanidad, personal profesional. 

Pone a los códigos de lenguaje y las formas de habla como una coordenada continua que va de los códigos restrictos, compartidos por los mas próximos, que no necesitan explicación, a los códigos elaborados, especializados y profesionalizados, atravesada por una cualidad social variable de formas familiares desde las que aplican a la educación de los vástagos a través del sometimiento total a la estructura social. De ahí, el individuo juzgara el bien y el mal en función del mantenimiento de los rasgos de equilibrio en los roles asignados sistemáticamente, la sociedad estará sobre el individuo, esta familia es la posicional. La más personal es la caracterizada por la falta aparente de estructura en sus acciones, el punto de decisión es el individuo, educado proactivamente con complejas series argumentativas encubiertas de manipulación emocional a través de reflexión de actos y sus consecuencias, el individuo actúa según pensamientos y sentimientos abstractos, subrayando la sensibilidad ética.

 Conclusiones

 Es interesante ahondar en las posibilidades de una antropología que dé cuenta de las hebras significativas para la construcción del día a día  de los sistemas simbólicos. La distancia frente a la dependencia de la teoría del signo, ha puesto en discusión la materialidad del significante y la fuerza del símbolo sobre la conducta. Y plantea un terreno movedizo para la significación, el cual está en tensión continua. 

Para los fenómenos culturales vistos desde una perspectiva del poder, la clasificación ritual y la significación de los posicionamientos que recrea, confieren a la antropología un terreno de partida a una focalización de los códigos que se entrelazan en la significación cotidiana y que configura la posibilidad humana de acción, constreñida o posibilitada por las configuraciones del control social. Las complejidades culturales y las formas de vida de estas exigen der cuenta de realidades móviles y dinámicas. Por ello entender los procesos de simbolización social implica conformar marcos teóricos que ubiquen:

1) que la antropología es una disciplina interpretativa pero a la vez sensible a ser reinterpretada por los sujetos a los que estudia.

2) que las posibilidades de utilizar sus herramientas etnográficas nos deben acercar a una dimensión significativa de la diversidad de formas de vida humana.

3) que la cultura es el elemento conceptual que nos da cuenta de los procesos significativos de ordenar el mundo. Entendiendo que la búsqueda por universales podría ser una discusión desviada de la intensión de profundizar en significaciones compartidas.

Acerca del control vale puntear lo siguiente:

1)  que los distintos ordenamientos del mundo simbólico y sus puestas en práctica no son realidades inconmensurables, pues conviven en un juego de equilibrio significativo continuo.

2) que la pregunta por el origen de la significación debe ser atendida desde la visión de quien la ejecuta. No desde una pregunta ontológica, sino significativa de los símbolos de control y ubicación social que implican.

3) que en la actualidad la pregunta por las condiciones estructurales del mundo debe estar acompañada por las repercusiones de éstas en la reproducción simbólica de los individuos y grupos. 

Los colectivos humanos muestran una gran capacidad de ritualizar su entorno y con ello posicionarse frente a éste. Pero la capacidad de ubicar socialmente a las personas y a los objetos pasa por un complejo proceso para conformar sentido dentro del imaginario de control social. Las contradicciones de sentido son enormes en muchos conflictos sociales y de éstas el equilibrio semántico que da certidumbre a los actores se encuentra en constante prueba. Es por eso que es imprescindible ahondar en los procesos simbólicos que marcan la vida.  ¿Por qué ciertos cambios bruscos del entorno social en ciertas circunstancias se enfrentan a resistencias tan álgidas o beligerantes, mientras otras son adoptadas con regular indiferencia? ¿Cómo operan las colectividades que invierten, en parte, en la eficiencia del ritual, o, en la estructura del sistema de creencias?       

Bibliografía.

Douglas, Mary.

1973 Pureza y Peligro. Siglo XXI. Madrid.

1978 Símbolos naturales. Ed. Alianza Universidad, Madrid.

Geertz, Clifford.

 1987 La interpretación de las culturas. Ed. Gedisa, México.

Sahlins, Marshal.

2006.Cultura y razón práctica. Contra el utilitarismo en la teoría antropológica.Gedisa. Barcelona.