Casi cualquier lector de Aristóteles conoce los inconvenientes de cambiar las reglas y las leyes con frecuencia; ese mismo lector, seguramente, también sabe que no es del todo bueno relegar las revisiones a la legislación al punto que se anquilosen y ridiculicen. De alguna u otra manera, el secreto del arte de legislar tiene el rostro de la sensatez. Más o menos en el mismo tenor es asunto de sensatez nuestra relación con la ley y las buenas costumbres. Los sensatos no necesitan leyes, pero son buenos legisladores porque se dan cuenta de la necesidad de las leyes. Las leyes son necesarias, porque no todos son lo suficientemente sensatos.

Así como las leyes de una sociedad, la Gramática, el Diccionario y la Ortografía, deberían ser producto de los sensatos de la palabra, de quienes de una u otra manera pueden hablar sensatamente por el valor mismo de la palabra, porque el acto de hablar es bueno, es decir kalós, por tanto bello. Cuando se vuelve necesario defender la belleza de la palabra, nos encontramos en una situación semejante a cuando se debe defender la actuación sensata: cuando nos hemos vuelto desdichados, cuando hemos perdido totalmente la perspectiva del buen vivir.

Mayor problema que la insensatez y la desdicha será pensar en quienes siguen las leyes sin siquiera saber que eso es preferible, pues son como esos eruditos que relativizan todo concepto, lo reducen a visiones del mundo y señalan aquí y allá círculos de la comprensión que cancelan la evidencia de la propia vida. Ellos, ni pueden, ni quieren, vivir bien: ¿serán acaso como el infeliz Schopenhauer celoso del amor ajeno?

Námaste Heptákis