El gélido abrazo veló un engaño:
la dulce mirada de Amor y su faz
con esa expresión reveláronme más
que el triste rumor que hizo tanto daño.

Me había equivocado pensando que el fin
en árido monte fue a hallarme helado,
que cuando mi aliento volvió delgado
ya nada del mundo quedaba ante mí.

Culpable fui de mi grande ceguera,
oculto me fue que ese frío no es
ni un poco, después de muerte postrera

Y ahora que quiero sentir en mi tez
el hielo gozando la vida entera,
no hay frío ni calor, ni lozana vejez.

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