… es lo que debe tener la vida…

¿Acaso no tienes miedo? ¿No es cierto que has sentido miedo? Puedes ser sincero conmigo, no te preocupes. Sea cual sea la respuesta que me des, no te juzgaré. No podría hacerlo, lo sabes bien. Además, los dos conocemos la respuesta, pese a tusmúltiples intentos por ocultarlo. Puede notarse en tu mirada esquiva que sí tienes miedo, demasiado miedo; y que siempre lo has tenido. Sientes un miedo infinito por lo que te espera, por lo que nos espera, como lo has tenido desde que comenzó la asunción, hace ya tanto tiempo. A decir verdad, yo también tengo miedo, mucho miedo. Y es que, ¿qué no es eso la vida? Un miedo constante e intermninable por todo. Todos vivimos temiendo. Sentimos un inmenso temor. Temor ante las pérdidas, ante las derrotas, ante los sufrimientos y las separaciones, temor por los fracasos. Tenemos miedo de los demás, de las consecuencias de nuestros propios actos y modos de ser. Le tememos a la soledad y le tememos al error. Tenemos miedo ante la muerte y miedo ante la vida. ¿Y existe algo más allá de estas dos? ¡Por supuesto que no! Por eso es natural que tengas miedo. ¡Mírate! Tienes ganas de gritar y de escapar corriendo ahora mismo. Pero no se puede escapar nunca del miedo, pues no hay nada más que él. La vida es miedo y la muerte también. Cierto, podemos fingir que no es así. Podemos pretender que la vida es hermosa y segura, que nada hay que temer en ella, y que, por su parte, la muerte no existe. Por supuesto que habrá muchos que acudirán a refugiarse en esta imagen del mundo, adornada con argumentos ficticios y multicolores que brindan tranquilidad a nuestros corazones. A nuestros vacíos y pavorosos corazones. Pero eso es puro miedo. Y es que el vacío nos es temible, el vacío que somos todos y cada uno de nosotros. Intentos frustrados de lograr una perfección inexistente. ¡Mentira infame ésta, que quiere orientar los caminos de nuestras vidas! Pero mentira, al fin y al cabo, pues no hay otra realidad que el miedo. Es éste el que nos da identidad y nos mueve, incluso a imaginar e inventar esos mundos de color rosado en que no estamos solos ni indefensos; en que todo tiene su razón de ser, asible por completo para nuestro entendimiento. Es el miedo el que nos constituye y nos hace ser quienes somos, lo que somos, en todo momento.

Es hora de que lo afrontes, eterno acompañante, pues no podemos seguir así siempre. Debemos dejarnos llevar por el miedo que nunca se ha ido desde el primer encuentro con ella y con nosotros mismos. Será mejor que lo enfrentes, de que asumas que ella es lo único que hay para ti, que el miedo es el camino que a ella conduce, y entregarte en un abrazo, eterno y lleno de miedo, así seremos dignos de ella, por fin.

(El desconocido levanta la cara y dirige la mirada al espejo que está colocado frente a él y en el cual se proyecta su imagen, que es quien le ha dicho todo lo anterior. De repente, la imagen desaparece del espejo y una obscuridad completa aparece en su lugar. En cuanto a él, cae de rodillas en el piso de la habitación con las manos cubriendo su rostro, emitiendo sollozos espantosos y repletos de miedo. Pasa un par de minutos sin que suceda nada, hasta que también él desaparece, junto con la habitación y todo lo que le rodeaba, en la obscuridad de otro espejo, ese en el que aparece la vida, reflejo deforme y cobarde de la hermosa y temible muerte).

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