Las siguientes elucubraciones rodearán los planteamientos de la obra nicoleana: El porvenir de la filosofía.

Los más de los capítulos, expreso a quemarropa, me parecieron puntuales  y acertados con sus razonamientos, estos permiten entrever esa franca preocupación nicoleana por lo que le compete ya no sólo a la filosofía peligrada, sino al pensamiento mismo. Más específicamente, en casi toda la obra la idea que permea trata las gravedades venideras por el cambio de fundamento al momento de pretender dar cuenta del Ser, hablará de lo propio de la ciencia y de lo propio del discurrir, así como lo que esta disociación le deparó al mundo contemporáneo. El filósofo retomará el significado de ciencia en su sentido más prístino y lo fundamentará como una suerte de inherencia al propio hombre. Sin embargo, poco le queda al hombre cuando esos objetos externos afectan a grado tal su modo de ser, que no se concibe como viviendo sin aquellas cosas -ajenas y desconocidas-que ahora decidió que lo cifran.

Y he aquí una de las visiones más pesimistas de lo que a la postre de las más prestigiadas creaciones tecnológicas o los alcances más vanguardistas, se guardan para la ciencia de verdad. Más que alejamiento del sólo hecho de hacer ciencia legítima, queda la duda por mirar qué es entonces o qué le queda al hombre, como creatura naturalmente científica, en un ambiente acosadoramente tecnológico. Si es que la ambición por generar cosas cada vez más especializadas o novedosas, no es sino una prueba de que la naturaleza, la que hace del humano un espécimen cuestionador y lo aleja de vivir básicamente para sus necesidades, está sucumbiendo ante las más viles tentaciones de la tecnología o queda acallada bajo el cúmulo de lucidos artefactos. O, peor aún, de que ni siquiera existe. La cuestión es que si, de la mano con el filósofo, concedemos que hay tal, las implicaciones venidas del cambio de metas en cuanto a hacer ciencia son mucho más peligrosas de lo que a un simple vistazo puede mirarse. Prontamente, si como lo he dicho, aceptamos que existe algo así como “naturaleza humana” pensando en ésta como la caracterización o ambición definitoria del hombre que apetece dar cuenta de lo presenciable, y sí dicha caracterización se tergiversa con intenciones laxas y poco convenientes, entonces ¿de qué remedo de hombre estaríamos hablando? O ese mismo ser, ¿se denominaría aún bajo el mote de hombre? Traigo a colación la tan afamada, y conocida por el común, definición de hombre como animal racional, pensar que con racional refiere necesariamente a esta condición de indagación sería obstinación mía, pero me parece que en cierta medida sí se relacionan, dicho así, el hombre dejaría de ser hombre.

Las bestias se someten a lo que sus imperantes necesidades les solicitan y el caso contrario, es justamente uno de los mayores méritos del hombre. Si nos retemos a atender las peticiones de nuestra necesidad no haríamos mucho más que los animales mismos. Dice Nicol, que aunque no podamos impedir el desvío de los hechos sí se puede impedir el desvío de los pensamientos: “… la ciencia auténtica es una vocación de saber, no es una voluntad de poder; no es una respuesta a la necesidad, sino una elevación de la vida al nivel de lo in-necesario”

La cigarra