Abro los ojos. Me levanto y me dirijo al cuarto de baño; todavía estoy soñoliento. Me detengo frente al espejo que se encuentra sobre el lavabo y, recargando mis manos en éste, miro la imagen que aparece proyectada en aquél. Tengo el ojo morado y me duele todo el cuerpo. Anoche llegué muy tarde a casa. Creo que eran las 5.37 a.m. aproximadamente. La borrachera estuvo algo aburrida, además de que terminó en problemas por culpa mía, como siempre. De hecho a mí no me gusta todo ese desmadre. Únicamente voy porque insisten en que vaya. Supongo que les gusta que salga con ellos. A veces no me explico por qué esas ganas de estar conmigo ni la razón de su tolerancia. Siempre suelo estar de malas y quejándome de todo. Aunque las cosas cambian cuando el alcohol comienza a hacer efecto en mí. Anoche, tras tres caballitos bien servidos -la mujer de la barra nos sirve los tragos cargados porque hemos ido a ese bar varias veces y, en general, no somos presumidos con ella ni intentamos impresionarla como todos los demás- yo ya me sentía bastante ambientado, así que empecé a cruzar miradas con una chica que estaba del otro lado del establecimiento. Tenía el cabello lacio, algo corto y teñido de rojo, una hermosa cara y un cuerpo bastante aceptable. Después de unos instantes de observarla cuidadosa y sugerentemente, me volví hacia Francisco y le recordé una vez más cuánto odio la música electrónica y monótona que ponen en ese y en casi todos los lugares a los que solemos ir. Intercambiamos algunas impresiones acerca de la noche y bebimos un par de cervezas y un poco de tequila cada uno. Con eso me distraje y perdí de vista al blanco de mis miradas. De repente, sentí un par de manos de delicados dedos tomarme por la cintura, así que me volteé para averiguar de quién se trataba. ¡Era ella! La encantadora chica que estaba contemplando momentos antes. Acercó su rostro al mío, hasta rozarme con su nariz y labios, para decirme al oído: -¿Qué no este lugar es demasiado fresa para unos roqueros como ustedes?- Nunca falla, las cabelleras largas, los pantalones rotos y las camisetas negras siempre nos delatan. Antes que nada somos de raíces roqueras. Mi hermano, Carlos y yo somos roqueros desde siempre. A pesar de que con los años hemos expandido nuestros gustos, nunca podremos ocultar que nuestras raíces están en el rock. Intentando mirarla a los ojos (me cuesta un poco de trabajo pues ya estoy algo borracho) le respondo: – Sí, pero por esta zona de la ciudad no hay bares en los que haya barra libre y pongan rock todo el tiempo; por ello intentamos hacer un esfuerzo en sitios como este para poder tomar a gusto toda la noche- y añado- ¿a poco tú eres roquera? -No, francamente no -responde- por eso se me hizo raro verlos a ustedes en medio de todos los de siempre. Además, el que yo no sea roquera, no significa que no me gusten los roqueros… Nos vemos al rato. Me miró directamente a los ojos, acariciándome el abdomen y dándome un pequeño, pero cálido, beso muy cerca de mis labios; para después alejarse y perderse entre la multitud. Mis compañeros de fiesta me felicitan por mi conquista y seguimos tomando. De pronto, la mesera que pasaba detrás de Jaime se detuvo enfadada y, tras gritarle algo a mi amigo se apresuró hacia el tipo de seguridad que se encontraba en la puerta. Este individuo, gordo y mal encarado, se acercó a nosotros, y nos dijo: -¿Quién fue? Díganme ya o se salen los cinco. Yo lo ignoré y continué con mi sexto (creo) tequila; pero alcancé a notar que mi hermano acompañaba a Jaime afuera del lugar. Carlos, Francisco y yo nos dirigimos a la terraza del lugar, a esperar a que regresaran. Mi hermano tiene un estupendo uso de la palabra, por lo que nunca dudé que convencería a los del establecimiento de que se trataba de un error y volverían. Al llegar a la terraza me topé de nuevo con Cinthya, así se llamaba la chica, y me puse a bailar con ella. Después de un rato, Carlos me dijo: “Parece que no los van a dejar regresar, mejor vámonos” y salimos del lugar, no sin que yo me enojara demasiado al no haber conseguido el teléfono de la chica. Ya en el carro, a causa de la ebriedad y el coraje, le grité a mi hermano varias cosas acerca de la basura de lugares que frecuentamos y lo estúpidas que son las personas de allí; no sin dejar de decirle que él era un imbécil si es que se le había ocurrido rogarles algo. Además le recordé que, en el fondo, Francisco y Jaime me caen bastante mal y que no deberíamos llevarlos con nosotros. Todo esto, además de las muchas groserías e insultos de que me valí para dirigirme a él, sacó de quicio a mi hermano, por lo que detuvo el automóvil y me gritó algo, no se qué. En cuanto vi que me iba a reclamar, me bajé del coche y me eché a correr, aunque el carro ya se había puesto en movimiento otra vez. Entonces, él volvió a pisar el freno, se apeó y me persiguió un par de cuadras, discutimos, y después de conectarme un par de golpes y tirarme a la calle, toda mojada por la fuerte lluvia de la que todavía caían rezagos, Carlos intervino regañándonos a ambos y pidiendo que nos tranquilizáramos… No recuerdo el resto de lo que sucedió ni cómo llegamos a casa, más que el frío que invadió todo mi cuerpo por haberme empapado con la lluvia… Como ya dije aún tengo sueño y la cabeza me está matando, así que decido regresar a la cama y dormir otro rato.

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