Hoy es el centenario de la Revolución mexicana, y ante esta fecha hay, al menos, cinco posibles actitudes:

a)      Indiferencia. Que quizá sea el sentimiento que domine a la mayoría de los mexicanos en tanto que no ven nada festejable.

b)      Indignación ante los festejos organizados por las autoridades gubernamentales. Que sería el sentimiento dominante entre aquellos cuya percepción de la realidad les indica que no hay de qué sentirse orgulloso cuando se vive en un país en el que la violencia y la pobreza abarcan cada vez más terreno.

c)      Algarabía. Sentimiento propio de aquellos que siguen gozando de los beneficios que trajo consigo el movimiento de 1910, tales como las posibilidades de acceder al poder, tan criticadas por aquellos que se sienten indignados.

d)     Fastidio. Que sería el sentimiento dominante entre aquellos que ven en esta fecha, la obligación de festejar algo que no les importa y parece no afectarles en lo absoluto, salvo por el hecho de tener que soportar el cierre de avenidas, debido a ciertos desfiles, o por tener que levantarse temprano para desfilar.

e)      Reflexión. Actitud menos presente, y quizá más sensata, pues ésta no pretende quejarse de lo perdido o vanagloriarse con lo ganado, más bien busca ver lo que sucedió en ese momento de la historia de un pueblo, y la forma cómo aquello lo ha moldeado o lo ha mantenido siendo lo que es.

De estas posibles maneras de percibir el centenario de la Revolución mexicana, las primeras cuatro se caracterizan por plantarse en el presente, es decir, juzgan lo sucedido en función de sus resultados. El amor al progreso que se mantuvo a pesar, o gracias, a la revolución, nos deja pensar que lo pasado no importa o que no ha servido de nada si no hemos progresado todos al mismo paso; o nos deja ver que comparados con la situación pasada ahora hay más seres que pueden acceder a las delicias del progreso; de ahí que muchos vean a la revolución como algo digno de alabanza o como algo que no sirvió de nada.[1]

La última actitud ante el centenario de la Revolución mexicana, emerge desde una visión a lo que constituye a un pueblo como tal, si bien presta atención al pasado, al presente o al futuro, no lo hace con la finalidad de aplaudir o aburrirse con la presencia o con la ausencia de cambios. Su finalidad es más bien ver lo que ha venido siendo el hombre, pero al tener una finalidad tan general no se pierde en las peculiaridades de lo que un solo movimiento muestra.

Observado al hombre reflexivo, notamos que si bien este ser no se viste de colores para acudir al festejo de un centenario, tampoco se viste de luto o desgarra sus vestiduras anunciando nuevos movimientos, más bien se mantiene con la sobriedad que ha de tener un buen observador, sobriedad que hace falta cuando se pretende conmemorar algo en las justas proporciones.


[1] Peculiar resulta que aquellos que consideran que la revolución de 1910 no ha servido de nada, pretendan llamar a una nueva revolución, como si la medicina y el agente que causa una enfermedad fueran iguales.